Anémicos pero inteligentes

El asadito del domingo es un clásico de la cultura argentina. La gran mayoría de los argentinos come carne casi todos los días, y mira con cara rara a quienes se proclaman vegetarianos. Pero pese lo que les pese a estos últimos, la carne es la que nos hizo realmente humanos. Nuestro cerebro es el más grande del reino animal, en relación con el tamaño de nuestro cuerpo, y es un devorador de energía. Algo había que darle, y lo mejor que teníamos cerca, hace 1,5 millón de años, eran las sobras de carne que dejaban los grandes depredadores.
El primer humano más parecido a nosotros fue el llamado Homo erectus, que evolucionó hace 1,8 millón de años en Africa. Fue el primero en disfrutar de nuestro cuerpo adaptado a correr grandes distancias sin cansarse, fue el primero en dominar el fuego y también nos inició en la ingesta habitual de carne.
Paleoantropólogos españoles al mando de Manuel Domínguez-Rodrigo, de la Universidad Complutense de Madrid, descubrieron unos fragmentos fósiles de Homo erectus en la famosa Garganta de Olduvai, Tanzania, Africa. Esta es una región que ha develado grandes claves para el conocimiento de estos antepasados. Los fragmentos son partes de un cráneo que –se cree– pertenecieron a un infante que falleció a los 2 años.

VITAMINAS PARA LOS NIÑOS

Lo que llamó la atención de los paleoantropólogos no fue su corta edad, sino unas marcas porosas que descubrieron en los restos fósiles. Marcas típicas de hiperostosis porosa, que aparecen cuando el individuo sufre anemia por insuficiencia de vitaminas B12 y B6. Suele ser el resultado de no consumir suficiente carne, rica en esas dos vitaminas. Animales tan cercanos a nosotros como los chimpancés, que no son dependientes de la carne, no sufren de este problema, razón por la cual los investigadores concluyen que la carne ya era una parte más que importante de la dieta de Homo erectus.
El cráneo del niño se había adelgazado tanto por la falta de nutrientes que dejó expuesta la parte esponjosa del interior del hueso, por lo que siguió creciendo de forma anormal. Según los investigadores, esto debe haber ocurrido por una falta de ingesta de carne de la madre del niño, que seguramente todavía seguía amamantando. Puede haber ocurrido porque el grupo de la mujer estaba pasando un período de escasez. Si bien éste sería el caso más antiguo de anemia descubierto hasta la fecha, las implicancias de este hallazgo van más allá de saber que ya nos afectaba a los humanos hace 1,5 millón de años. La ingesta de carne se ha relacionado muchas veces con el desarrollo del cerebro y de la inteligencia entre los humanos.

CEREBRO, ESE GLOTON ENERGETICO

Si un científico extraterrestre se pusiese a mirar fotografías de cada una de las especies de primates de la Tierra, una le llamaría poderosamente la atención, no sólo porque es la única desnuda, sin pelaje, sino por el gran tamaño de su cabeza. Y sí, somos cabezones, ¡qué se le va a hacer! Así nos cuesta, también, ya que el cerebro se lleva entre el 18 y el 25 por ciento de nuestro presupuesto energético, a pesar de representar apenas el 2 por ciento del peso total del cuerpo. Piensen en sus ojos, que siguen estas palabras, en los músculos del cuello que mantienen la cabeza erguida, en la gran cantidad de órdenes que hay que coordinar para poder leer este artículo. De todo eso se ocupa el cerebro, y sin siquiera molestarnos.
Nuestros científicos extraterrestres podrían ver una serie de postales para seguir el camino evolutivo del cerebro humano. Primero verían a los Australopithecus, que ya se diferenciaban del resto de los primates con un cerebro de unos 400 cm3. Luego, el Homo habilis, hace 1,6 a 2,5 millones de años, que ostentaba un cerebro de entre 650 y 800 cm3. Y más cerca el Homo erectus, que caminó la Tierra en el período que va entre 1,8 y 500 mil años, con un tamaño cerebral de entre 850 a 1000 cm3.
Ese punto final estaría marcado por el crecimiento de los pliegues exteriores del cerebro, tan característicos, que parecen las arrugas de nuestras manos cuando las tenemos mucho tiempo bajo el agua. Es la corteza cerebral, que comenzó a crecer hasta llegar a su tamaño actual, superando al resto de las partes del cerebro. La corteza es la responsable de los procesos de aprendizaje y es la que nos permite relacionar causa y efecto de manera más eficiente. Es decir, la que nos da esta inteligencia superior a la de cualquier otro animal.
Una de las teorías que explican cómo y por qué evolucionó el cerebro de esa forma ubica al potencial para la inteligencia como algo secundario. Creció tanto de tamaño como parte de una adaptación general de nuestro cuerpo para correr mucho tiempo sin cansarnos. ¿De qué nos sirve para correr? Es que si se sobrecalienta, el cerebro puede dañarse, pero al tener más células resulta más fiable y resistente al calor de una carrera en la sabana africana de hace 2 millones de años.
Ahora bien, todas esas células de más crearon también muchos caminos neuronales que permitieron un poder de asociación mayor y más rápido, de manera que ambas adaptaciones pueden haber ocurrido en paralelo: la necesidad de neuronas para vencer el recalentamiento y la de una mayor organización.

CALORIAS PARA EL CEREBRO

¿Y cómo entra el tema de la carne en todo esto? Su incorporación como alimento debe haber generado grupos más complejos entre los Homo erectus y un tipo de interacción social que requería un intelecto maquiavélico mayor. A la vez que fue la única forma de conseguir la energía para alimentar a ese glotón que nos gobierna. Fue toda una serie de adaptaciones las que nos hicieron humanos, y la carne fue clave.
Como vimos, el costo energético de tener un cerebro grande es importante, y la energía la obtenemos principalmente de las calorías del alimento. Se cree que la única forma de que el cerebro pudiese haber crecido tanto fue gracias a la gran cantidad de proteínas y calorías que aportó la carne, potenciado con el inicio del arte de cocinar.
Al menos hace unos 800 mil años se sabe que los Homo erectus dominaban el fuego, y ahora se tiene en claro que eran comedores habituales de carne desde hace 1,5 millón de años. Ya en los años ’90, el primatólogo Richard Wrangham, de la Universidad de Harvard, había propuesto que la rápida expansión del cerebro en Homo erectus, iniciada hace 1,5 millón de años, y potenciada hace unos 600 mil, sólo podía deberse a que estos antiguos humanos aprendieron a cocinar los alimentos, y en especial la carne.
Diferentes descubrimientos arqueológicos, fósiles y genéticos, y prácticos, han terminado por darle la razón de que la energía necesaria para alimentar a los 86 millones de neuronas que tenemos en el cerebro sólo podría aportarla la carne cocida. Si no fuese así, deberíamos pasar 9 horas al día comiendo para conseguir las calorías necesarias a partir de alimentos sin procesar, como hacen los otros primates, como chimpancés o gorilas.
¿Qué tiene que ver la cocción en todo esto? Es que digerir los alimentos requiere también energía, y si no están procesados ni cocinados, le cuesta más trabajo al estómago. Al estar cocidos, es más eficiente y rápida la absorción de las calorías, por lo que en menos tiempo conseguimos más calorías para el glotón ese que está manejando sus ojos ahora. Es todo cuestión de eficiencia energética. Así es que ustedes pueden estar aquí leyendo gracias a que el Homo erectus empezó a comer carne de forma habitual, se puso a jugar con el fuego y terminó inventando la cocina.
Fuente: Suplemento Futuro de Pagina12