Lo que nos perdemos si solo miramos

Marcgravia evenia
Fuente: Science

Creemos que lo más importante es lo que se ve. Y eso es solo porque somos primates. Si fuéramos murciélagos (he estado a punto de decir quirópteros, su nombre científico) lo más importante sería lo que oyéramos. Pero, ¿y si fuéramos un murciélago vegetariano, que se alimenta de néctar y que vuela en la oscuridad? El olor podría servir, pero el viento lo dispersaría de modos poco predecibles y eso significaría un precioso tiempo perdido y, con él, energía malgastada.

La solución procede de la planta, Marcgravia evenia. Mejor dicho, de sus hojas con forma de platillo. Y es que resulta que ella, como otros cientos de especies tropicales, quieren ser visitadas por alguna de las cuatro decenas de especies de murciélagos que se alimentan de néctar. Porque dependen de ellos para la polinización.

Y la solución que ofrece la planta a un murciélago es a la vez extraña y obvia. Sus hojas hacen que el sonido emitido por ellos les devuelva un eco característico aunque reciba la señal desde ángulos muy diversos.

Es un excelente caso que ejemplifica la coevolución. Que es más una norma que una excepción. De hecho, se pueden estudiar relaciones ecológicas del pasado mirando características de una especie que, en el presente, son inexplicales. Es el caso del berrendo, un antílope norteamericano cuya extraordinaria velocidad hace que carezca completamente de depredadores. En el pasado, era la presa del extinto guepardo norteamericano. Sin esa paleorelación, no se podría entender por qué es como es, más veloz de lo que realmente necesita.

Así, que nos quedamos con dos ideas. Una, que hay muchas más cosas de las que vemos. Otra, que los ecosistemas son seres vivos, sí, pero también sus relaciones. Un zoológico conserva diversidad biológica, pero no relaciones, no diversidad ecológica. Y es que la diversidad no es solo genes, no es solo especies. Es también, y sobre todo, relaciones. Si realmente queremos conservar, tienen que ser espacios naturales, no artificiales.

Con plantas por sombrero (las casas)

ResearchBlogging.org

Francisco Javier Neila González y sus colaboradores publicaron un artículo en 2008 y un comentario en el número de septiembre de 2009 de Investigación y Ciencia. Y te traigo aquí un pequeño comentario porque creo que te puede interesar. Si lo que quieres es imaginar un mundo mejor, vamos. Porque un mundo con más superficie cubierta por más seres vivos tiene mejor pinta.

Se trata de dar respuesta a una crisis global desde muchos frentes. La construcción incluida. Porque la vivienda es uno de los lugares donde más energía se consume, en la que hay que sacrificar suelo para construir, desde donde se marcan las prioridades para infraestructuras (la vivienda no va sola, sino acompañada de carreteras, iluminación, abastecimiento de agua, suministro de electricidad, etc.). Por eso siempre he visto una barbaridad dejar la política de construcción al mercado. ¿Qué sabrá el mercado de todas esas cosas si con externalizaciones le ocultan información?

Casa con cubierta vegetal en clima húmedo

Fuente: http://tinyurl.com/yz7w6tf

Pues Neila y el equipo con el que trabaja se ocupan de dar respuesta a algunos problemas que genera la vivienda. Con cubiertas ecológicas sostenibles. Que influyen tanto en el consumo de energía como en la eliminación de contaminantes, pasando por el bienestar y el control de nuestro impacto sobre el microclima urbano. Y es que una superficie vegetada raramente difiere más de 2ºC de la temperatura de su entorno, mientras que otra sin vegetar puede estar 30-40ºC más caliente en verano y 10ºC más fría en invierno. ¿No te lo crees? Ve a Sevilla y pasea en agosto al mediodía. Y toca el asfalto o el acerado de una calle.

Bueno, eso son beneficios de cara a nosotros. Que a los insectos, y a los que comen insectos no les va a venir nada mal contar con cubiertas vegetadas en los edificios.

Y, oye, que queda bonito ver las cubiertas de los edificios verdes. Que, por cierto, no es un invento de ahora, no. Ya era habitual en el antiguo Egipto, o en Persia hace milenios.

Cubierta vegetal de edificios adaptada a clima seco

Fuente: http://tinyurl.com/yl27jk6

Han hecho un repaso por la evolución de su trabajo y las conclusiones intermedias a las que han ido llegando. Sobre qué plantas emplear, qué sustrato utilizar, que drenaje habilitar, cómo suministrar agua a los componentes de la cubierta, qué cubiertas tienen mejor resultado en invierno y cuáles en verano. Una evolución en la que se partía de las tradicionales cubiertas vegetales europeas, tratando de adaptarlas a climas más secos como el nuestro, intentando lograr una mejor imagen exterior y una mayor funcionalidad ecológica.

El resultado es una cubierta que no se calienta, que absorbe contaminantes, que retira CO2 de la atmósfera, que aporta oxígeno. Aunque consume agua, requiere mantenimiento (poco) y pesa (poco). Pero es que el que algo quiere algo le cuesta.

Estructura de una cubierta vegetal en edificio

Fuente: http://tinyurl.com/yl27jk6

El modelo final, yo percibo que está por desarrollar aún. Que todavía falta. Pero que está ya bastante evolucionado. ¿Lo suficiente como para plantearse incluirlo de modo rutinario, como un elemento más de la vivienda? Pues económicamente parece que aún no. Pero para eso está la legislación. Para obligar, incentivar, subvencionar aquello que el mercado es incapaz de ver. Para abrirle lo ojos a golpe de normativa.

Porque el mercado no ha sido capaz de ver la contaminación, el calor y el frío que hace en el interior de una vivienda y que se combaten con estufas o aires acondicionados, el efecto invernadero, el cambio en los usos del suelo, la incomodidad urbana en momentos de calor o frío extremo, la pérdida de insectos y de insectívoros (incluida la pérdida de polinizadores)…

Uf… el mercado está muy ciego aún. Tan ciego que no sabe cuándo hay algo bueno a su alcance. Y las cubiertas vegetales, aunque les quede todavía evolución, lo son. Como te cuentan en Sitiosolar y en el magnífico blog Ison21. Pásate por ellos, que merecen la pena.

Neila, F., Bedoya, C., Acha, C., Olivieri, F., & Barbero, M. (2008). The ecological roofts of third generation: an new constructive material Informes de la Construcción, 60 (511) DOI: 10.3989/ic.2008.v60.i511.742

Ruderal, ahí al ladito y sí sirve

La actividad humana desprende energia. Eso lo saben muy bien las plantas ruderales. Esas que crecen en las escombreras, junto a los caminos, junto a las tierras removidas. Esas que están en territorios alterados por los humanos, en las que otras plantas han desaparecido y ellas triunfan.

http://tinyurl.com/cwfldc

Fuente: http://tinyurl.com/cwfldc

Por cierto. ¿Y qué es un campo de cultivo sino un lugar alterado? Pues allí también crecen plantas ruderales. Es un lugar al que se lanza mucha energía. Bajo la forma de trabajo, suelos removidos, abonos, agua. El ser humano intenta que todo ello vaya a una misma planta, llamada cultivo, pero muchas otras se las arreglan para aprovechar esa situación, llamadas “malas hierbas”. Es extraño que se las llame malas hierbas puesto que lo hacen muy bien, superan al cultivo, le ganarían si no fuera porque el ser humano lucha contra ellas sin parar.

¿Qué es lo que tienen que las hace tan buenas? Pues ciclos biológicos cortos. O lo que es lo mismo, que crecen rápido y alcanza también rápido la capacidad de reproducirse. Aún más. Generan muchas semillas, muchísimas. Que, además, aguantan mucho en el suelo, en el banco de semillas (es decir, en el conjunto de semillas que hay en el suelo esperando el buen momento para germinar; a veces década, a veces más). Como pueden reproducirse varias veces a lo largo del año, la evolución es rápida en ellas. ¿Y eso? Sencillo. En cada generación se seleccionan las variantes más adaptadas, las semillas más aptas. Y como hay varias reproducciones por año, la selección actúa veloz en ellas. Están, por tanto, bastante ajustadas, bastante afinadas a su entorno. Tanto que, si les aplicas herbicidas, en poco tiempo se pueden adaptar.

¿Qué plantas ruderales tenemos en España? Sobre todo leguminosas, compuestas y gramíneas. En total, unas 300 especies.

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Fuente: http://tinyurl.com/dzjaqj

Si lo hacen tan bien, ¿no sería lógico aprovecharse de ellas, de algún modo, en vez de luchar?

Y sí, es posible. Algunas tienen valor medicinal. La amapola Papaver somniferum produce la morfina. Otras son útiles para alimentación. ¿Te gustan las zanahorias? Pues Daucus carota (ese es su nombre científico) es una planta ruderal. ¿Te gusta la mostaza. Pues Brassica nigra también es ruderal.

Las hay ornamentales también. Y otras con capacidad de biorremediación, es decir, de restaurar daños ambientales usando elementos naturales. Hirschfeldia incana (un tipo de mostaza) es capaz de acumular en sus tejidos notable cantidad de metales pesados y quitarlos de los suelos, limpiándolos de contaminación. O muchas leguminosas aportan nitrógeno a suelos agotados por el cultivo. ¿Te sueña el barbecho? Una muy vieja práctica agrícola que permitió alimentar a la humanidad durante siglos.

¿Y las que no son útiles? Pues habrá que investigar más. A veces te llevas sorpresas, como en EE.UU. con Panicum virgatum. Que te contaba en “Biodiesel y errores económicos” que servía para producir bioetanol, y en grandes cantidades, mucho mayores que con maíz.

Las plantas ruderales, tan exitosas ellas, tienen buenos genes. Es su baza, con ellos ganan. Son, por tanto, una estupenda fuente para ingeniería genética. Deberíamos seguir mirándolas, buscando más cosas en ellas. Seguro que nos llevamos un montón de sorpresas.

De estas cosas me entero gracias a que me las han contado, en Investigación y Ciencia, Silvia Matesanz y Fernando Valladares.

Tras la poesía de los colores del otoño

Tomado de pachd.com/free-images/nature-images.html

Naranjas, amarillos, marrones… los colores de la caída de la hoja, del otoño. Pero tras la habitual (y bonita) imagen, lo que hay son proteínas y ARN. La otoñada sucede porque existen ORE1, miR164, EIN2.

Eso no significa que haya menos poesía, o que debamos tener una visión reduccionista. La otoñada es preciosa y pasear pisando hojas caídas, con el olor a bosque a punto de dormir, es un privilegio.

Pero como el aprendizaje es emoción, deberíamos poder aprender algo, interrogarnos acerca de lo que nos gusta, de lo que nos conmueve. Conocer más no provoca que pierda belleza lo que miro. A mí no. El encanto de lo no sabido es mucho menor que la impresión de profundidad, de historia, que hay en cualquier rincón de la biología.

Lo primero, que los amarillos, marrones, naranjas, están ahí, han estado siempre. Sólo que ocultos por el verde. Antocianos tapados por clorofila.

Esa es un cuestión que aporta belleza. El otoño revela lo oculto. A mi me parece bonito.

Además, la caída de la hoja sucede porque existen células capaces de morir por el bien del conjunto. Eso, ya le da mucho sentido al otoño. No hace falta ser biólogo para comprender que la hoja, cayendo, protege al resto de la planta. Con la hoja perdería mucha agua en una época en la que hay poca. Porque el agua helada no es agua. Con la hoja ganaría menos de lo que gastaría, ya que los días son cortos. Y la hoja, de todas maneras moriría, en la primera helada. Mejor hacerla caer y tratar de recuperar lo que se pueda, en vez de usar la hoja, apostar por ella, y verse sorprendido por la primera helada. Esa, ya, es una cuestión que me impresiona. Me refiero a que lo vivo haya inventado la muerte de partes para que un conjunto más grande sobreviva. No hay nada menos adaptativo que la muerte… salvo si formas parte de algo mayor.

Esa ya es una cuestión llamativa. Tanto como admirar los colores. Por lo menos para mí.

¿Que hay árboles que no pierden la hoja? Pues claro. Pero su forma foliar se ha adaptado. Reducen tanto como pueden la superficie. Apuestan por una hoja que gane poco, pero que pierda poco. Y así pueden vivir donde otros no. Son hojas aciculares, con forma de aguja. Como la de los pinos. Los que tienen hojas planas, anchas, con formas múltiples pero siempre dispuesta a interceptar la luz del sol, esos no. Esos no pueden vivir en invierno. Sólo pueden sobrevivir.

Los hay que afrontan pocas heladas. Para ellos merece la pena inventar el anticongelante (es fácil, pueden usar algunos azúcares). Es decir, fabricar algo que poner dentro de la hoja para aguantar el hielo las pocas veces que ataque. Pero los árboles de más al norte o más alto no. A esos no les merece la pena gastar tantos días, uno tras otro, en anticongenlante. Sale más barato perder la hoja unos meses y, cuando vengan buenos tiempos fabricar las nuevas, las de esa temporada.

Vale, el otoño es poesía, pero también es un balance entre costes y beneficios. ¿Usar anticongelante o no? ¿Crear hojas de grandes ganancias o de grandes pérdidas? Esas preguntas tienen respuestas diferentes en función de dónde vivas, de cuánto frío haga allí, de cuánto sol te dé en los días buenos. No hay, en lo vivo, nada bueno o malo, nada acertado o equivocado. Todo es cuestión de contexto.

Esa ya es otra cuestión llamativa. Tanto como admirar los colores. Por lo menos para mí.

Ahora que vendrá la primavera, me apetecía acordarme del otoño. Porque no hay una buena primavera si no se hicieron los deberes del otoño. Porque, económicamente, estamos en un duro otoño. A lo mejor, los árboles, con su capacidad de aprovechar lo que se pueda, de revelar lo oculto, de sacrificar partes por el bien del conjunto, de hacer buenas y sensatas cuentas, a lo mejor los árboles son un modelo.