Lo que nos perdemos si solo miramos

Marcgravia evenia
Fuente: Science

Creemos que lo más importante es lo que se ve. Y eso es solo porque somos primates. Si fuéramos murciélagos (he estado a punto de decir quirópteros, su nombre científico) lo más importante sería lo que oyéramos. Pero, ¿y si fuéramos un murciélago vegetariano, que se alimenta de néctar y que vuela en la oscuridad? El olor podría servir, pero el viento lo dispersaría de modos poco predecibles y eso significaría un precioso tiempo perdido y, con él, energía malgastada.

La solución procede de la planta, Marcgravia evenia. Mejor dicho, de sus hojas con forma de platillo. Y es que resulta que ella, como otros cientos de especies tropicales, quieren ser visitadas por alguna de las cuatro decenas de especies de murciélagos que se alimentan de néctar. Porque dependen de ellos para la polinización.

Y la solución que ofrece la planta a un murciélago es a la vez extraña y obvia. Sus hojas hacen que el sonido emitido por ellos les devuelva un eco característico aunque reciba la señal desde ángulos muy diversos.

Es un excelente caso que ejemplifica la coevolución. Que es más una norma que una excepción. De hecho, se pueden estudiar relaciones ecológicas del pasado mirando características de una especie que, en el presente, son inexplicales. Es el caso del berrendo, un antílope norteamericano cuya extraordinaria velocidad hace que carezca completamente de depredadores. En el pasado, era la presa del extinto guepardo norteamericano. Sin esa paleorelación, no se podría entender por qué es como es, más veloz de lo que realmente necesita.

Así, que nos quedamos con dos ideas. Una, que hay muchas más cosas de las que vemos. Otra, que los ecosistemas son seres vivos, sí, pero también sus relaciones. Un zoológico conserva diversidad biológica, pero no relaciones, no diversidad ecológica. Y es que la diversidad no es solo genes, no es solo especies. Es también, y sobre todo, relaciones. Si realmente queremos conservar, tienen que ser espacios naturales, no artificiales.

Tras la poesía de los colores del otoño

Tomado de pachd.com/free-images/nature-images.html

Naranjas, amarillos, marrones… los colores de la caída de la hoja, del otoño. Pero tras la habitual (y bonita) imagen, lo que hay son proteínas y ARN. La otoñada sucede porque existen ORE1, miR164, EIN2.

Eso no significa que haya menos poesía, o que debamos tener una visión reduccionista. La otoñada es preciosa y pasear pisando hojas caídas, con el olor a bosque a punto de dormir, es un privilegio.

Pero como el aprendizaje es emoción, deberíamos poder aprender algo, interrogarnos acerca de lo que nos gusta, de lo que nos conmueve. Conocer más no provoca que pierda belleza lo que miro. A mí no. El encanto de lo no sabido es mucho menor que la impresión de profundidad, de historia, que hay en cualquier rincón de la biología.

Lo primero, que los amarillos, marrones, naranjas, están ahí, han estado siempre. Sólo que ocultos por el verde. Antocianos tapados por clorofila.

Esa es un cuestión que aporta belleza. El otoño revela lo oculto. A mi me parece bonito.

Además, la caída de la hoja sucede porque existen células capaces de morir por el bien del conjunto. Eso, ya le da mucho sentido al otoño. No hace falta ser biólogo para comprender que la hoja, cayendo, protege al resto de la planta. Con la hoja perdería mucha agua en una época en la que hay poca. Porque el agua helada no es agua. Con la hoja ganaría menos de lo que gastaría, ya que los días son cortos. Y la hoja, de todas maneras moriría, en la primera helada. Mejor hacerla caer y tratar de recuperar lo que se pueda, en vez de usar la hoja, apostar por ella, y verse sorprendido por la primera helada. Esa, ya, es una cuestión que me impresiona. Me refiero a que lo vivo haya inventado la muerte de partes para que un conjunto más grande sobreviva. No hay nada menos adaptativo que la muerte… salvo si formas parte de algo mayor.

Esa ya es una cuestión llamativa. Tanto como admirar los colores. Por lo menos para mí.

¿Que hay árboles que no pierden la hoja? Pues claro. Pero su forma foliar se ha adaptado. Reducen tanto como pueden la superficie. Apuestan por una hoja que gane poco, pero que pierda poco. Y así pueden vivir donde otros no. Son hojas aciculares, con forma de aguja. Como la de los pinos. Los que tienen hojas planas, anchas, con formas múltiples pero siempre dispuesta a interceptar la luz del sol, esos no. Esos no pueden vivir en invierno. Sólo pueden sobrevivir.

Los hay que afrontan pocas heladas. Para ellos merece la pena inventar el anticongelante (es fácil, pueden usar algunos azúcares). Es decir, fabricar algo que poner dentro de la hoja para aguantar el hielo las pocas veces que ataque. Pero los árboles de más al norte o más alto no. A esos no les merece la pena gastar tantos días, uno tras otro, en anticongenlante. Sale más barato perder la hoja unos meses y, cuando vengan buenos tiempos fabricar las nuevas, las de esa temporada.

Vale, el otoño es poesía, pero también es un balance entre costes y beneficios. ¿Usar anticongelante o no? ¿Crear hojas de grandes ganancias o de grandes pérdidas? Esas preguntas tienen respuestas diferentes en función de dónde vivas, de cuánto frío haga allí, de cuánto sol te dé en los días buenos. No hay, en lo vivo, nada bueno o malo, nada acertado o equivocado. Todo es cuestión de contexto.

Esa ya es otra cuestión llamativa. Tanto como admirar los colores. Por lo menos para mí.

Ahora que vendrá la primavera, me apetecía acordarme del otoño. Porque no hay una buena primavera si no se hicieron los deberes del otoño. Porque, económicamente, estamos en un duro otoño. A lo mejor, los árboles, con su capacidad de aprovechar lo que se pueda, de revelar lo oculto, de sacrificar partes por el bien del conjunto, de hacer buenas y sensatas cuentas, a lo mejor los árboles son un modelo.