Los expertos

Me encanta el análisis que se hace en el libro Freakonomics. Los párrafos que leeréis a continuación están sacados y convenientemente modificados de dicho libro. Espero que os hagan reflexionar sobre cómo corre la mentira por este mundo.

A medida que el mundo se ha ido especializando, los incontables expertos, se han hecho a sí mismos indispensables. Médicos, abogados, contratistas, agentes de Bolsa, mecánicos del automóvil, asesores hipotecarios y financieros… todos ellos disfrutan de una ventaja informativa enorme. Y utilizan esa ventaja para ayudarnos, a nosotros, las personas que les contratan, a conseguir exactamente lo que queremos al mejor precio. ¿No?

Nos encantaría creerlo. Pero los expertos son humanos, y los humanos responden a incentivos. El modo en que un experto determinado nos trate dependerá de cómo se fijan sus incentivos. En ocasiones estos últimos pueden actuar a nuestro favor. Por ejemplo: un estudio sobre mecánicos de coches de California descubrió que con frecuencia éstos dejaban pasar una factura de alguna pequeña reparación dejando que automóviles con problemas superasen las inspecciones técnicas; la razón es que un mecánico individual se ve recompensado con un nuevo negocio. Según un estudio médico, en las zonas con índices de natalidad descendentes resultaba mucho más probable que los tocólogos realizasen partos con cesárea que los de las zonas en proceso de crecimiento, lo que sugiere que, cuando el negocio va mal, los médicos tratan de registrar (en caja) procedimientos más costosos.

Una cosa es elucubrar acerca del abuso de posición dominante por parte de los expertos y otra cosa demostrarlo. La mejor forma de hacerlo sería comparar cómo nos trata un experto y cómo llevaría a cabo el mismo servicio para sí mismo.

Los delitos que cometen los economistas o políticos son, en el fondo, delitos de información. Por ejemplo, WorldCom y Global Crossing inventaron ingresos de miles de millones de dólares para inflar el precio de sus acciones. Otros empresarios se deshacían de sus acciones por conocimiento de informes negativos, pero luego daban otras razones. A pesar de la extraordinaria diversidad de esos delitos, todos poseen un rasgo común: eran delitos relacionados con la información. La mayor parte de ellos concernía a un experto o grupo de ellos que difundía información falsa u ocultaba información verdadera. En cualquier caso, los expertos trataban de mantener esa asimetría informativa todo lo asimétrica posible.

Los responsables de dichas actividades, especialmente en el campo de las altas finanzas, se defendían invariablemente con el mismo argumento: Todos los demás lo hacían.

Otra de las características de estos delitos es que muy pocos son detectados. No van a punta de cuchillo por la calles y no dejan un herido o un cadáver tras de sí, por lo que son muy difíciles de probar. Para que un delito relacionado con la información salga a la luz, ha de ocurrir algo drástico. Y otra característica es que cuando esto sucede, los autores del delito no pensaban que sus actividades privadas llegaran a hacerse públicas.

Podríamos pensar que si el experto tiene más incentivos, entonces procurará más por nuestros beneficios. Tampoco es siempre cierto. David Hillis, especialista en cardiología intervencionista del Southwestern Medical Center de la Universidad de Texas en Dallas, explicó al New York Tmes que un médico puede contar con los mismos incentivos económicos que un vendedor de coches, director de una funeraria o el gerente de un fondo de inversión inmobiliaria: Si eres cardiólogo intervencionista y Joe Smith, el especialista local en medicina interna, te envía pacientes, y les dices que no necesitan la intervención, en breve Joe Smith dejará de enviarte pacientes.

Incluso un agente inmobiliario que obtenga un 3% de beneficios intentará obtener cuanto más beneficio mejor, ¿no? Pues no siempre. Si vende una casa por 350.000 euros su beneficio será de 10.000 dólares, pero ese agente no peleará mucho más por venderla por, por ejemplo, 360.000 dólares, ya que ese incremento de 10.000 dólares en el precio se transforma sólo en 150 dólares en su bolsillo. Así que, ¿para qué luchar más?

Pero los expertos ejercen una influencia gigantesca: el miedo. Nos pueden decir que nuestros hijos nos pueden encontrar muertos en el suelo del cuarto de baño si no nos sometemos a una angioplastia o que nuestro coche más barato se estrujará como un juguete mientras que otro mucho más caro envolverá a nuestros seres queridos en una impenetrable burbuja de acero.

La policía también se implica en estas cosas. Una investigación descubrió que a principios de los años 1990 la policía de Atlanta dejó de informar debidamente sobre la delincuencia. Dicha práctica empezó cuando la ciudad estaba trabajando para ser sede de los Juegos Olímpicos de 1996. La ciudad necesitaba deshacerse de su imagen violenta de forma rápida. Miles de delitos violentos pasaron a estar en la categoría de delitos no violentos o sencillamente no se registraron.

Y si alguien cree que esto de no ser sincero no va con él sólo debe pensar cómo nos comportamos en una entrevista de trabajo o en una primera cita. Para que resulte más divertido, podemos comparar esa primera cita y lo que se dice en ella con una conversación con la misma persona después de 10 años de matrimonio.

El abismo entre la información que proclamamos públicamente y la información que sabemos que es cierta es a menudo inmenso. En otras palabras, que decimos una cosa y hacemos otra. Esta tendencia puede observarse en las relaciones personales, en transacciones comerciales y, por supuesto, en la política.

Fuente:
Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, Freakonomics.

Lo que Asimov decía sobre la creatividad

En 1959, un científico llamado Arthur Obermayer trabajaba en un proyecto en el que buscaban posibles efectos de las armas nucleares sobre las estructuras de los aviones. Dicho científico sugirió integrar a Isaac Asimov en el proyecto porque era un buen amigo suyo y encontraba que podría aportar ideas. Asimov aceptó y asistió a las primeras reuniones, pero posteriormente decidió que no quería continuar porque ello le haría conocer información secreta y clasificada, y aquello pondría un límite en su libertad de expresión. No obstante, posteriormente escribió un ensayo (no publicado) sobre cómo pensaba él que eran las personas creativas y qué debía haber para que surgiera la creatividad. Os dejo con el ensayo del gran Asimov.

Sobre la Creatividad

¿Cómo la gente tiene nuevas ideas?

Presumiblemente, el proceso de la creatividad, sea lo que sea, es esencialmente el mismo en todas sus variedades, por lo que la evolución de una nueva forma de arte, un nuevo invento o un nuevo principio científico, todos involucran factores comunes. Estamos sobre todo interesados en la creación de un nuevo principio o una nueva aplicación de un viejo principio, aquí podemos generalizar.

Una forma de investigar el problema es considerar las grandes ideas del pasado y ver cómo surgieron. Por desgracia, el método de generación nunca es claro, incluso para los mismos generadores. Pero ¿y si la misma idea revolucionaria se le hubiera ocurrido a dos hombres simultánea e independientemente? Quizás, los factores comunes asociados nos lo aclararían.

Consideremos la teoría de la evolución por selección natural, creada independientemente por Charles Darwin y Alfred Wallace. Hay muchas cosas en común. Ambos viajaron a lugares lejanos, observaron especies desconocidas de plantas y animales así como la forma en que variaban de un lugar a otro. Ambos estaban muy interesados en encontrar una explicación y ambos fracasaron hasta que cada uno de ellos leyó Ensayo sobre la Población, de Malthus. Ambos, entonces vieron cómo el concepto de superpoblación y desaparición (que Malthus había aplicado a los seres humanos) encajaría en la doctrina de la evolución por selección natural (si se aplica a las especies en general).

Entonces, obviamente, lo que se necesita no solo son personas con una buena formación en un campo particular, sino también gente capaz de hacer una conexión entre el punto 1 y el punto 2 que normalmente no parecerían conectados.

Indudablemente en la primera mitad del siglo XIX, muchos naturalistas habían estudiado la forma en que las especies se diferenciaban entre sí. Muchos habían leído a Malthus. Quizás algunos habían estudiado las especies y habían leído a Malthus. Pero lo que se necesitaba era alguien que hubiera estudiado las especies, leído Malthus, y hubiera tenido la capacidad de hacer una conexión.

Este es el punto crucial que es la extraña característica que se debe encontrar. Una vez hecha la conexión se hace evidente. Se supone que Thomas H. Huxley exclamó después de leer El origen de las especies, “Qué estúpido por mi parte no haber pensado en esto.”

Pero ¿por qué no pensó en ello? La historia del pensamiento humano nos induce a pensar que es difícil tener una idea aunque todos los datos están sobre la mesa. Hacer una conexión requiere un cierto atrevimiento. Una conexión que no requiera osadía llevada a cabo por muchos a la vez no la tratamos como una nueva idea, sino como un mero corolario de una vieja idea.

Es sólo después cuando la idea parece razonable. Al principio, por lo general, no lo parece. No parecía razonable suponer que la Tierra era redonda en lugar de plana, o que se movía en lugar del Sol, o que los objetos requieren una fuerza para detenerlos cuando están en movimiento y no para mantenerlos en movimiento, etc.

Una persona dispuesta a ir en contra de la razón, la autoridad y el sentido común debe ser una persona con una gran confianza en sí mismo. Como se produce sólo en raras ocasiones, parece excéntrica (al menos en ese aspecto) para el resto de nosotros. Y una persona excéntrica en un aspecto suele serlo también en otros. Por tanto, la persona más indicada para tener nuevas ideas debe ser una persona con una buena formación en el campo de interés y que no sea convencional en sus hábitos. (Ser excéntrico no es válido por sí solo.)

Una vez que tienes la gente que quieres, la siguiente pregunta es: ¿Los reunirnos para que puedan discutir el problema entre ellos, o deberíamos explicarles a cada uno el problema y dejar que trabajen aislados? En lo que se refiere a la creatividad creo se requiere estar aislado. La persona creativa, en cualquier caso, está trabajando en ello continuamente. Su mente está barajando la información en todo momento, aunque no sea consciente de ello. (Es muy famoso el ejemplo de Kekulé cuando elaboró la estructura del benceno en un sueño.)

La presencia de otras personas sólo puede inhibir este proceso, ya que la creación es embarazosa. Por cada buena nueva idea, hay otras cien, diez mil ridículas que, naturalmente, no quieren que se vean.

Sin embargo, una reunión de estas personas puede ser deseable por otras razones. Dos personas no duplican exactamente sus esquemas mentales. Una persona puede saber A y no B y otra puede saber B y no A, y aunque ambas supieran A y B podrían tener la idea pero una antes que la otra. Por otra parte, la información puede no ser sólo de elementos individuales A y B, sino de combinaciones tales como A-B que individualmente no serían significativas. Sin embargo, si una persona menciona la inusual combinación A-B y otra persona la igualmente inusual A-C es muy posible que la combinación A-B-C, en la que no se había caído, pudiera dar una respuesta.

Creo entonces que el objetivo de estas reuniones no sería tener ideas, sino educar a los participantes en los hechos, en las conexiones, en teorías y vagos pensamientos.

Pero, ¿cómo convencer a la gente creativa para hacer eso? Primero y más importante, debe ser fácil, relajado y debe haber sensación general de permisividad. El mundo, en general, desaprueba la creatividad y ser creativo en público es particularmente malo. Incluso especular en público es bastante peligroso. Los individuos, por tanto, deben tener la sensación de que los demás no se opondrán.

Si además son indiferentes a las alocadas ideas que pudieran surgir, los demás se quedarían parados. La indiferencia es una mina de oro de información. Me parece necesario que toda la gente en la reunión esté dispuesta a decir tonterías y escuchar a los demás aunque parezca que digan igualmente tonterías.

Si un individuo tiene más reputación que los demás, mayor facilidad de palabra o más dotes de mando podría tomar el protagonismo de una reunión reduciendo al resto a poco más que una obediencia pasiva. Esta persona podría ser muy útil, pero también podría trabajar en solitario.

El número óptimo de los miembros de la reunión no debe ser muy alto. Supongo que no más de cinco. Un grupo numeroso podría tener más información, pero habría cierta tensión por esperar a hablar, lo que puede ser muy frustrante. Sería mejor tener cierto número de sesiones en las que haya diferentes personas más que una sesión en la que estén todos. (Esto implicaría cierta repetición, pero esto no es malo en sí mismo. No es lo que la gente dice en esas sesiones, sino lo que pueden inspirar a los demás).

Para obtener mejores resultados, debería haber un ambiente de informalidad. Jovialidad, llamarse por el nombre y no por el apellido, bromear, tomarse el pelo son, creo yo, la esencia — no en sí mismos sino porque fomentan el deseo de involucrarse en la locura creativa. Una reunión en la casa de alguno o en la mesa de un restaurante es quizás más útil que no en una sala de conferencias.

Seguramente una de las cosas que más impide tener ideas es el sentimiento de responsabilidad. Las grandes ideas de todos los tiempos vinieron de gente a la que no pagaban por tener grandes ideas sino que recibían dinero por ser profesores, empleados de oficinas de patentes, simples funcionarios o ni siquiera cobraban. Las grandes ideas llegaron de forma independiente.

Sentirse culpable por no haberse ganado el sueldo debido a que no se ha tenido una gran idea es la forma más segura, me parece, de hacer que no surja ninguna tampoco la próxima vez.

No obstante, este tipo de reuniones se está haciendo con dinero público. Cuando oímos que los científicos pierden el tiempo, gastando dinero en cosas innecesarias, explicando chistes verdes quizás a expensas del gobierno, es para romper el hielo. De hecho, los científicos tienen suficiente conciencia pública para no querer sentir que están haciendo estas cosas, incluso aunque nadie se entere.

Yo sugeriría que dieran a los miembros de estas sesiones pequeñas tareas como escribir o resumir sus conclusiones o dar breves respuestas a  preguntas sugeridas y que les paguen por ello, siendo el pago la tarifa que normalmente se pagaría por una sesión de trabajo. Dicha sesión sería, entonces, oficialmente no remunerada y permitiría una relajación considerable.

No creo que estas sesiones de trabajo deban hacerse sin un moderador. Debe ser alguien que desempeñe una función parecida a la de un psicoanalista. Como psicoanalista, quiero decir, haciendo las preguntas correctas (e interfiriendo lo menos posible), poniéndose a sí mismo como ejemplo para intentar comprender las cosas desde su propio punto de vista.

De la misma manera, un juez-árbitro tendría que estar allá, removiéndolo todo, haciendo la pregunta astuta, haciendo el comentario necesario, volviendo suavemente al centro de la cuestión. Dado que el árbitro puede no saber qué pregunta es astuta, qué comentar es necesario y cuál es el punto clave, su trabajo no será fácil.

En cuanto a las técnicas diseñadas para provocar la creatividad creo que deben surgir en las propias sesiones. Si están completamente relajados, libres de responsabilidad, hablando de temas de interés y siendo por naturaleza no convencionales, los propios participantes crearán esas técnicas para estimular la discusión.

Isaac Asimov
Isaac Asimov

Fuente:
Isaac Asimov, vía Arthur Obermayer en technologyreview

Atletas naturales, mutaciones y dopaje

No es este un artículo donde quiera justificar el dopaje, pero sí quiero poner de relieve que muchas veces hay gente cuyo físico tiene de forma natural lo que muchos otros buscan con técnicas que no consideramos ilícitas. Obviamente, no todos somos completamente iguales, ni por físico ni por las sustancias y las cantidades de ellas que maneja nuestro cuerpo. Lo dicho: no quiero justificar, sino explicar y plantear cuestiones éticas sobre el dopaje.

Durante la Primera Guerra Mundial, el Ejército de los EEUU notó un patrón desconcertante entre los jóvenes reclutados para el servicio militar: los soldados de ciertas partes del país tenían una alta incidencia de bocio (un bulto en el cuello causado por la inflamación de la glándula tiroides). Miles de reclutas no podían abrocharse el botón del cuello de su uniforme. Aquel detalle no parecía afectar a los que venían de las zonas más costeras. El promedio de su CI (Coeficiente de Inteligencia) variaba con el mismo patrón.

La culpa la tenía la falta de yodo, que es un oligoelemento esencial. Sin él, el cerebro humano no se desarrolla normalmente y la tiroides comienza hincharse. En ciertas partes de los Estados Unidos en aquellos años no había suficiente yodo en la dieta local. Como los economistas James Feyrer, Dimitra Politi, y David Weil dijeron en un estudio para el National Bureau of Economic Research:

El agua del mar es rica en yodo, razón por la cual no se observa el bocio endémico en las zonas costeras. Desde el océano, el yodo pasa al suelo por la lluvia llegando solo a las capas superiores del suelo. Puede tardar miles de años en completarse el proceso. Las fuertes lluvias pueden causar la erosión del suelo, en cuyo caso el yodo de las capas superiores desaparece. El último período glacial tuvo el mismo efecto: los suelos ricos en yodo fueron sustituidos por suelos pobres en él. Esto explica la prevalencia de bocio endémico en regiones que fueron marcadas por una intensa glaciación, como Suiza y la región de los Grandes Lagos.

En 1924, la Morton Salt Company, a instancias de los funcionarios de salud pública, empezaron a añadir yodo a su sal e iniciaron una campaña publicitaria promocionando sus beneficios. Esa práctica se ha aplicado también con éxito en muchos países en vías de desarrollo y se ha visto también un aumento en su CI. Bien, cuando un estudiante de las montañas pobres en yodo de Idaho compite contra un estudiante de de una zona rica en yodo como la costa de Maine, pensamos que nuestra obligación moral es reparar su desigualdad natural. Sin embargo, en el mundo del deporte la cosa no está tan clara. ¿Qué pasaría si esos dos estudiantes compitieran en una carrera? ¿Habría que seguir manteniendo la natural desventaja por el yodo?

Muchos de los mejores fondistas del mundo proceden de Kenia y Etiopía. Para empezar, tienen la ventaja del peso, pero no sólo es cuestión de pesarse en la balanza, sino más específicamente deben tener los gemelos y los tobillos flacos porque el peso extra cargado en las extremidades cuesta más que ese mismo peso incrementado en el torso. Esta es la razón por las que unas bambas ligeras pueden tener efectos muy significativos. Se hizo un estudio comparando corredores daneses con los de la tribu kalenjin de Kenia. Resultó que estos últimos eran más bajos y tenían piernas más largas y más ligeras, lo que se traducía en un ahorro de un 8% de energía consumida por kilómetro. Parece ser que los entornos secos y calurosos favorecen a las personas delgadas y con piernas largas porque son más fáciles de enfriar, tal y como los climas fríos favorecen los cuerpos más recios y fornidos, que son mejores para conservar el calor.

Asbel Kiprop
El corredor de fondo Asbel Kiprop. Mide 1,90 m y pesa 56 Kg.

Los corredores de fondo también tienen muchas ventajas por entrenar en las alturas, pues el cuerpo está obligado a compensar la falta de oxígeno generando glóbulos rojos adicionales. Es bueno estar en las alturas, pero no demasiado alto pues en los Andes, por ejemplo, el aire está demasiado enrarecido como para hacer las rutinas necesarias para ser un corredor de nivel mundial. La altura ideal está sobre los 2.500 metros. De hecho, los mejores corredores de Kenia y Etiopía vienen del Gran Valle del Rift. Esos corredores de fondo tienen una gran ventaja antes de empezar respecto los europeos o norteamericanos.

Algo similar sucede con los jugadores de béisbol. El oftalmólogo Louis Rosenbaum examinó cerca de 400 jugadores de diferentes categorías y vio que tenían mejor vista: del orden de 20/13, lo que significa que lo que ellos pueden ver a 20 metros el resto de nosotros puede verlo a 13. Cuando examinó a los jugadores de Los Angeles Dodgers vio que la mitad de la plantilla tenía ese ratio en 20/10 y un pequeño número de ellos incluso en 20/9 rozando con el límite teórico del ojo humano. La habilidad para batear bolas que vienen a 160 km/h con giros y curvas pasa por tener una vista como la de estos atletas que sólo tiene una pequeña fracción de la población general.

Pues bien, se puede mejorar la vista con cirugía láser o implantaciones de lentes. ¿Habría que permitir hacerse operaciones de ojos a las promesas del béisbol? En este caso, las grandes ligas dicen que sí y que incluso permite a los pitchers (lanzadores) reemplazarse el ligamento colateral cubital de un cadáver o de cualquier otra parte del mismo atleta. Eso sería lo mismo: una versión mejorada de su ser natural. No obstante, en el béisbol como en otros deportes, no se puede tomar una hormona natural como la testosterona ni incluso en dosis que no serían dañinas para el cuerpo. Hay un ejemplo de estas dos circunstancias.

Alex Rodríguez fue uno de los jugadores que más defraudó a su generación, pues intentó recuperarse de una lesión por métodos ilícitos. Es difícil, entonces, no fijarse en el caso del pitcher Tommy John, quien se lesionó el ligamento lateral interno del cúbito y se sometió a una operación en que le pusieron otro tendón de su antebrazo. Fue el primero que lo hizo. Tommy John ganó 164 partidos después de su operación, muchos más de los que había ganado antes de aquella operación y tuvo una de las carreras más largas de la historia del béisbol. Se retiró a los 46 años.

Otra gran víctima del dopaje fue Lance Armstrong. Aparentemente se hizo extraer grandes cantidades de su propia sangre para luego transfundírsela de nuevo antes de la competición y así tener más glóbulos rojos. Él quería ser como Eero Mäntyranta, quien tenía una mutación genética por la que, de forma natural, su sangre contenía más glóbulos rojos de lo que tenemos el resto de población. Gracias a ello y, por supuesto, a su entrenamiento ganó un total de 7 medallas: 3 oros, 2 platas y 2 bronces en los Juegos Olímpicos de Invierno de los años 1960, 1964 y 1968 ganando, aparte, dos campeonatos del mundo en la carrera de 30 kilómetros de esquí de fondo.

Tyler Hamilton fue un compañero de Lance Armstrong que venía del esquí y no tenía un físico particularmente bueno para el ciclismo. Su forma de perder peso era quemar un montón de calorías, beber una enorme botella de agua con gas y tomarse dos o tres pastillas para dormir la cena y toda la noche. Decía Hamilton que cada viaje era un problema de matemáticas: cadencias, potencias, ácido láctico, hematocrito, etc. Esta última variable era con la que más cuidado se debía tener (Mäntyranta lo tenía muy elevado siempre). Hamilton tenía un hematocrito natural del 42%, pero en la tercera semana del Tour de Francia estaba a 36%, lo que implicaba un descenso en su potencia a la hora de dar pedales.

Para los miembros del equipo US Postal Service la solución fue utilizar la hormona EPO y las transfusiones de sangre y tener elevado el hematocrito (antes de 2000 no había controles de EPO, por lo que los ciclistas no podían pasar del 50% de hematocrito). Durante aquellas carreras se recogían bolsas de sangre de cada corredor y se escondían en lugares secretos. Hamilton decía que la gente piensa que el dopaje es para gente perezosa que quiere evitar el trabajo duro, pero que no es así, sino que te daba la capacidad para llegar más lejos en tu objetivo, pero siempre entrenando y sufriendo más.

Si Eero Mäntyranta hubiera sido ciclista en esa época hubiera tenido de forma natural las características que buscaban aquellos ciclistas. ¿Qué hubiera sucedido? Tal como hablábamos se tiene por lícito compensar la falta de yodo, el cambio en la vista o los tendones de los jugadores de béisbol o tener una mutación genética de Mäntyranta, ¿dónde está la diferencia en lo sucedido con Tyler Hamilton y Lance Armstrong?

Como comentaba: no justifico, sólo invito a reflexionar.

Fuente:
Malcolm Gladwell, The New Yorker
Foto all-athletics.com