Los genes que nos hacen ser deportistas

Una pregunta que podríamos plantarnos es si aspectos como el trabajo o la tendencia a hacer deporte son rasgos totalmente adquiridos o realmente tienen un componente genético importante. Theodore Garland, un fisiólogo de la Universidad de California Riverside, con su equipo, hizo una serie de experimentos en los que pudo demostrar, precisamente, que hay una importante influencia genética.

Los ratones normales corren entre 4 y 6 kilómetros aproximadamente cada noche. Garland tomó unos grupo de ratones y los separó en dos grupos: los que decidieron, por su propia voluntad, correr menos de un kilómetro cada noche, y los que decidieron correr más de lo normal. Los ratones sólo podían reproducirse con los de su mismo grupo. De esta forma Garland estaba seleccionando ratones “corredores de élite”.

Después de sólo una generación de cría, la progenie de los aquellos corredores, por su propia voluntad, corrían aún más en promedio que sus padres. Y así, generación tras generación, cuando se llegó a la decimosexta generación de cría, los ratones corrían voluntariamente 10 kilómetros cada noche. Pero hubo más cambios asociados a aquellos ratones: tenían huesos más simétricos, menor grasa corporal y los corazones más grandes. Por si fuera poco, los cerebros de aquellos ratones también eran diferentes y Garland sospechaba que tenían que serlo en aquellos centros que tenían que ver con la motivación y la recompensa.

De hecho, hicieron otro experimento: les dieron Ritalin, un estimulante que altera los niveles de dopamina, que es un neurotransmisor. Los ratones normales, una vez habían tomado el Ritalin, al parecer, sentían una mayor sensación de placer al correr, así que empezaron a hacerlo más. Pero los ratones corredores corrían igual. Hiciera lo que hiciera el Ritalin en el cerebro de los ratones normales ya se estaba produciendo en los cerebros de los ratones corredores. Podemos decir que eran, literalmente, adictos a correr.

Investigadores de todo el mundo han comenzado a explorar lugares en el genoma que difieren entre los ratones corredores y los normales, sobre todo en la parte que tiene que ver con la relacionada con la dopamina en el cerebro. Pero, por supuesto, no lo hacen simplemente para entender por qué los roedores quieren correr: su objetivo final es aprender sobre ello en humanos.

Obviamente, estos experimentos no pueden hacerse con humanos, pero tenemos algún ejemplo de familia particularmente deportista. El día después de hacer 11 horas, 20 minutos y 49 segundos en una triatlón, una marca lo suficientemente buena como para ir al campeonato del mundo de Hawaii, Pamela Reed tomó un avión para hacer un viaje. El vuelo se retrasó y Pamela escondió su equipaje en una esquina y se puso a correr dando vueltas de unos 200 metros. Estuvo así durante una hora. Necesitaba hacer aquel ejercicio.

Una semana antes había participado en una carrera de relevos consistente en aguantar ocho horas continuas corriendo alrededor de una pista, y dos semanas antes de esta última había corrido durante 31 horas para finalizar en segunda posición en la Badwater Ultramarathon, una carrera de 135 millas que empieza en el Valle de la Muerte y que ya había ganado dos veces.

Su padre era incansable. Se levantaba a las 3:30 para ir a trabajar a una mina de hierro y cuando volvía a casa se ponía a hacer cosas en ella o arreglos en su coche. Según la propia Pamela Reed, su abuelo tuvo un día una discusión familiar y se fue de allí hecho una furia. Volvió andando a casa que estaba nada menos que a 300 millas.

Fuente:
David Epstein, The Sports Gene.

Cuando juegas a la lotería sabiendo que ganarás

Imagina por un momento el siguiente juego de apuestas. Hay 5 números y cada número que compras vale 1 euro. Si te toca el premio son 20 euros. Si no te toca, pierdes el euro. Al ser 5 números, uno de ellos toca seguro. ¿Qué harías? Fácil: compra todos los números. Te habrás gastado 5 euros, pero el premio de 20 euros te lo llevarás, con lo que es una apuesta segura. Por cada euro invertido hemos ganado 4 euros. Pero si el premio, en vez de 20 euros, fueran 3, la cosa cambiaría, porque aunque los compráramos todos el premio sería menor a la cantidad invertida.

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Normalmente, los sorteos están hechos de manera que aunque fueras capaz de comprar todos los números acabarías perdiendo dinero. Esto es casi siempre así, excepto en situaciones que, o bien no se han dado cuenta los organizadores, o bien hay un bote acumulado que hace que esta posibilidad exista. Claro está, eso lo puedes hacer siempre y cuando tengas suficiente dinero y capacidad de comprar todos los números.

La primera vez de la que se tiene referencia de una situación así y que alguien la aprovechara fue un famoso pensador llamado François-Marie Arouet más conocido como Voltaire. Para sufragar la deuda municipal París anunció una lotería que, por un error de cálculo, el valor del premio era superior a lo que costaba comprar todos los números de la lotería.

Junto a su amigo matemático Charles Marie de La Condamine, el que se había dado cuenta, así como otros compradores, empezaron a a comprar todos los números. Esto sentó las bases para que Voltaire iniciara su fortuna. El negocio les duró hasta que se dieron cuenta del error. Para entonces Voltaire ya se había hecho con más de 7,5 millones de francos de la época.

Podríamos pensar que esto son cosas del pasado y que en la moderna sociedad esta cosas no pasarán. Lejos de la realidad. En 1992, en Melbourne, unos inversores se dieron cuenta de que había una situación en la que el premio tenía un valor superior a la compra de todos los boletos. Y con diferencia. La lotería consistía en escoger 6 números del 1 al 44, y el premio era un bote acumulado de más de 27 millones de dólares. La cantidad de boletos que pueden presentarse con 6 números es de poco más de 7 millones. Comprar todos los números era bastante más barato que el premio total.

Los inversores, para intentar comprar todas las combinaciones, contrataron rápidamente a 2.500 personas dispuestas a hacer una media de 3.000 apuestas cada una. Existían riesgos: podía ser que el boleto premiado estuviera repetido con otro, con lo que habría que repartir el premio. Y había otro problema: una fecha límite en la que entregar todas las apuestas y el plan se puso en marcha 72 horas antes de la fecha límite. Aunque trabajaron a destajo, no pudieron completarlo llegando a los 5 millones de los más de 7 que había.

Finalmente, uno de los boletos era el ganador, pero los funcionarios descubrieron lo que había hecho el consorcio y se negaron a pagar. Tras un mes de riñas en juzgados concluyeron que no tenían motivos para no pagar, por lo que salió bien.

Aquí podemos hacer una trampa: que el premio sea infinito. Eso es lo que decía Blaise Pascal sobre si creer en Dios o no y tomarlo como una apuesta. Debes creer en Dios, porque si existe ganarás el cielo, lo que es el premio infinito. Si no existe, no pierdes nada. A este razonamiento se le llama Apuesta de Pascal.

Sea como sea, ganar el premio de la Tierra implica más cálculos que ganar el premio del cielo, pues un premio infinito nos obligará siempre a comprar todos los boletos.

Leonard Mlodinow, El andar del borracho.

El puño del Morse

Todas las personas tenemos una cierta entonación o forma de hablar diferente y, aunque no conozcamos un idioma, muchas veces somos capaces de saber quién está hablando si lo conocemos y hemos oído suficientes veces. Pues lo mismo sucede con la gente que hace mensajes en morse, o más bien que hacían. La forma de hacer los puntos y las rayas es diferente de persona a persona al igual que las personas hablan diferente como comentábamos. ¿Y qué importancia puede tener? Pues mucha en ciertas ocasiones.

Resulta que en la Segunda Guerra Mundial, los británicos reunieron a millares de interceptores (sobre todo, mujeres). La labor de estas personas era sintonizar y escuchar día y noche las transmisiones de radio de las distintas divisiones del ejército alemán. Obviamente, las transmisiones estaban encriptadas, al menos al principio de la guerra, de modo que los británicos no podían entender lo que decían.

En poco tiempo, aquellos interceptores empezaron a distinguir los puños o estilos personales de los operadores alemanes y, con ello, algo casi igual de importante, a saber quién enviaba aquellos mensajes. Por ejemplo, empezaron a ver que tenían tres o cuatro operadores en la unidad en cuestión, que trabajan por turnos y que cada uno tenía sus propias características. Afirma Nigel West, un historiador del ejército británico, que todos tenían ciertos preámbulos: “Hola, qué tal” o “Cómo va eso”. De manera que rápidamente podían identificar al operador que estaba escribiendo el mensaje.

Una vez que tenían la información de quién enviaba el mensaje, el siguiente paso era localizar desde dónde lo enviaba. Y es que llegaron a conocer tan bien a aquellos operadores alemanes que les dieron nombres e hicieron perfiles muy detallados de sus personalidades. Eso significaba más información. Nigel West continúa:

Los interceptores llegaron a conocer tan bien las características de transmisión de los radiotelegrafistas alemanes, que prácticamente podían seguirlos por toda Europa, dondequiera que estuviesen. Algo de sumo valor para elaborar un orden de batalla o gráfico que refleja lo que hace cada unidad militar en el campo y cuál es su posición.

Supongamos que hubiera un radiotelegrafista en concreto en una unidad determinada que transmitiera desde Florencia. Si tres semanas más tarde reconocías a ese operador, y en esta ocasión se encontraba en Linz, podías deducir que la unidad se había trasladado del norte de Italia hacia el frente oriental.

O sabías que cierto telegrafista pertenecía a una unidad de reparación de tanques y que todos los días transmitía a las doce en punto. Pues bien, si tras una gran batalla se le escuchaba a las doce, a las cuatro y a las siete, se podía deducir que esa unidad tenía mucho trabajo. Y, en un momento de crisis, cuando alguien de rango superior preguntaba: “¿Tenéis la certeza absoluta de que este Fliegerkorps de la Luftwaffe [escuadrón de las fuerzas aéreas alemanas] está a las afueras de Tobruk y no en Italia?”, podías responder: “Sí, ése era Óscar, estamos totalmente seguros”.

La clave es que tanto la forma de hablar como los puños del Morse es que surgen de modo natural. Los telegrafistas no tienen intención de que se les reconozca. Pero acaba por pasar, ya que una parte de su personalidad parece expresarse automática e inconscientemente en la manera en que trabajan con las señales codificadas del Morse, al igual que en la forma de hablar.

Otra cuestión con respecto a los puños que se pone de manifiesto incluso en la muestra más pequeña de código Morse. Basta con escuchar unos pocos caracteres para detectar el patrón de una persona en concreto. No cambia ni desaparece en ciertos tramos, ni aparece sólo en algunas palabras o frases. Por eso los interceptores británicos no tuvieron más que escuchar unas cuantas señales para poder afirmar con absoluta certeza: “Es Óscar, lo que significa que, en efecto, su unidad está a las afueras de Tobruk”. El puño de un operador no varía.

¿A quién se le hubiera a ocurrido que podían detectar la posición de una unidad enemiga sólo por la forma en la que transmitían en Morse sus operadores?

Fuentes:
Malcolm Gladwell, Inteligencia emocional.
Nigel West

¿Qué información pueden saber de ti por llevar un móvil?

¿Qué pensarías si se pudiera saber en todo momento dónde estás, cómo y adónde viajas, dónde paras, si estás en una manifestación, si frecuentas más unos lugares que otros? ¿Te parecería bien? ¿O pedirías que se eliminara inmediatamente esa información? ¿Cómo la obtienen? La verdad es que no tenemos ni idea de la cantidad de información tienen y que pueden saber de nosotros. Todos (o casi todos) llevamos un teléfono móvil y, por tanto, accedemos mediante una compañía telefónica que nos conecta con el mundo digital.

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Y más anécdotas

Cuando leo libros acostumbro a apuntar diferentes anécdotas más o menos cortas, más o menos extensas que me llaman la atención y acaban desparramadas por diferentes sitios. Desgraciadamente, las olvido; pero algunas veces los repaso y las intento ordenar. Y bueno, las pongo reunidas en artículos como el de hoy. Espero que os gusten.

Los franceses pasaron las botellas de litro a 75 cl porque un estudio determinó que era la cantidad prudente de vino por obrero que podía beber durante un almuerzo y regresar con dignidad. Bajaron el volumen, pero no el precio.

Los ingenieros franceses Jean Delhambre y Pierre Méchain fueron responsables de las mediciones topográficas del trozo de meridiano terrestre de París entre Dunquerque y Barcelona, para así poder hacer el patrón físico del metro como “diezmillonésima parte del cuadrante de meridiano terrestre”. Es decir, por definición, cualquier meridiano terrestre debería tener 40.000.000 de metros, pero el problema era determinar esta unidad. Delambre y Méchain sólo cometieron un error del 0,023%, lo cual, para 1799 fue todo un récord.

El 25 de febrero de 1991, durante la guerra del Golfo, un misil Patriot estadounidense no logró interceptar un misil Scud iraquí y este mató a 28 soldados e hirió a más de 100. Lo sorprendente de este fallo es que fue estrictamente numérico, ya que el software del Patriot estaba programado para cifras binarias con 24 bits y en el cálculo del propio misil se produjo un error de tan solo 0,34 segundos, pero como la criatura iba a 1.676 metros por segundo, el desvío fue de casi medio kilómetro… y pasó lo que pasó.

Oppenheimer, por ejemplo, fue seleccionado para dirigir el proyecto Manhattan. No era un candidato muy destacado. Sí, era inteligente, pero muchos de los que allí había lo eran mucho más que él. No obstante, hay una experiencia muy reveladora. Su profesora de matemáticas comprendió que el chico se aburría en clase de matemáticas y lo envió a hacer trabajo independiente. De niño era un apasionado recogedor de rocas.

A los 12 años empezó a mantener correspondencia con geólogos de Nueva York sobre formaciones rocosas que había visto en Central Park. Los impresionó de tal modo que le invitaron a pronunciar una converencia en el Club Mineralógico de la ciudad. Sus padres escribieron lo siguiente:

Intimidado ante la perspectiva de dirigirse a un público adulto, Robert pidió a su padre que les explicara que habían invitado a un chico de 12 años. Enormemente divertido, Julius animó a su hijo a aceptar tal honor. En la tarde designada, Robert se presentó en el club con sus padres, quienes con orgullo presentaron a su hijo como J. Robert Oppenheimer. El asombrado público de geólogos y aficionados se echó a reír cuando el orador desapareció detrás de la tribuna: hubo de traerse una caja de madera para que se le viera algo más que su fuerte mata de cabello oscuro sobresaliendo por encima del atril. Tímido y torpe, Robert leyó no obstante su conferencia, que levantó una cálida ronda de aplausos.

Sigmund Freud era muy consciente del peligro de que hitlerismo se extendiera a Viena, pero estaba resignado. “Si me matan, pues bueno Es una muerte como otra cualquiera.” Sin embargo, en 1934 admitió que si un lacayo de Hitler pasaba a gobernar el país, se marcharía de él. “El mundo se está convirtiendo en una enorme prisión, y Alemania [es] la peor de sus celdas.”

Freud, que sufría cáncer, permaneció en Viena hasta el Anschluss, cuando se aplicaron las leyes raciales alemanas a los ciudadanos austriacos. Después de muchas y complicadas negociaciones en Gran Bretaña, en Berlín y Viena, Freud recibió finalmente permiso para abandonar Austria y viajar a Inglaterra. Una vez allí, fijó su residencia en Londres. Pero antes de que se le permitiera ir a la estación para coger el tren con destino al exilio, llegaron unos agentes de la Gestapo con un documento en el que se hacía constar que había sido tratado correctamente. Freud estampó su firma en el documento como le ordenaron los hombres de la Gestapo y añadió: “Recomiendo cordialmente la Gestapo a todo el mundo”.

Alexander Craig Aitken fue profesor de matemáticas en la Universidad de Edimburgo. Comenzó a calcular mentalmente cuando tenía 13 años. Aitken afirmaba que se necesita una capacidad innata para memorizar números a toda velocidad como ayuda del cálculo mental. Él mismo hizo gala de esta capacidad memorizando los primeros mil decimales de PI, simplemente porque no le costaba trabajo. Para ello, colocó los dígitos en filas de 50 y luego leyéndolas a un ritmo particular. Afirmaba que “de no ser tan fácil, habría sido una hazaña reprensiblemente inútil”. Dejó para la posteridad una conferencia pronunciada en la Royal Academy of Engineering titulada El arte de calcular mentalmente, con demostraciones.

Torsten Wiesel fue distinguido con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1981 por sus aportaciones en el estudio del área visual de la corteza cerebral. Pero posteriormente, se destacó por su defensa de los derechos humanos y formó parte del Comité de Derechos Humanos de la National Academy of Sciences de EEUU. En 2001 se le propuso para el Consejo de los poderosos Institutos Nacionales de Salud americanos, en tareas de asesoramiento a los países en desarrollo, pero su nombre fue vetado por razones políticas. ¿Sabéis cuál fue uno de los grandísimos argumentos? Que “había firmado demasiados escritos en The New York Times críticos con el presidente Bush”. Este incidente es uno de los ejemplos más citados contra la ciencia cometidos desde la Administración de Bush hijo.

Jean-François Pilâtre de Rozier (1754 – 1785) fue profesor de física y química francés y uno de los primeros pioneros de la aviación. Su globo se estrelló cerca de Wimereux en el Paso de Calais en el curso de un intento de cruzar volando el Canal de la Mancha. Él y su acompañante, Pierre Romain, pasaron a ser las dos primeras víctimas de un accidente aéreo. Pues bien, aparte de ello quiso comprobar la inflamabilidad del hidrógeno reteniendo en la boca cierta cantidad de éste y soplando sobre una llama; demostró así que el hidrógeno es, en realidad, explosivamente combustible. Pero también descubrió otra cosa en ese experimento: que las cejas no son forzosamente una característica permanente de la cara de los seres humanos.

El médico y matemático italiano Gerolamo Cardano se atribuía “el cultivo de las artes ocultas” y presumía de tener “facultades adivinatorias”. Pero llevó la cosa demasiado lejos y predijo el día de su propia muerte: el 21 de septiembre de 1756. Y así fue: ese día se suicidó.

Un día, el matemático catalán Francesc d’Assís Sales i Vallès  le dijo a un alumno que había sacado a la pizarra:

— Veamos si tiene usted talento de matemático; explíquenos paso a paso qué haría usted para freir un huevo, suponiendo que tiene el aceite, el huevo y las cerillas encima del mármol, y la sartén en el armario.

El alumno, asombrado, lo describió más o menos así:

— Cogería las cerillas, encendería el fuego, sacaría la sartén del armario, echaría aceite en la sartén, pondría la sartén al fuego, esperaría a que se calentara, rompería luego el huevo, lo echaría en la sartén … – y a cada paso explicado, el Sr. Sales iba diciendo:

— Bien, va usted bien, siga, siga.

Cuando acabó, le dijo al alumno:

— Ahora, explique de nuevo cómo lo haría si tuviese la sartén ya en el mármol.

El alumno, más asombrado aún, respondió, más o menos, como antes:

— Cogería las cerillas, encendería el fuego, echaría aceite en la sartén, pondría la sartén al fuego, …

Acabada la explicación, el Sr. Sales le dijo:

— No tiene usted talento matemático. Un matemático hubiera contestado: “metería la sartén en el armario y aplicaría el método del caso anterior”.

La lógica matemática es aplastante, ¿verdad?

Fernando Blasco, El periodista matemático.
Malcolm Gladwell, Fueras de serie.
Julio González, Biografía del Cerebro.
Byll Bryson, Una breve historia de casi todo.
Claudi Alsina, Asesinatos matemáticos.
Gregorio Doval, Anecdotario universal de cabecera.

Monógamos infieles y desconfiados

Hace no mucho leí el maravilloso libro La ciencia del sexo, de Pere Estupinyà. Es extenso, pero interesantísimo y suelta algunas historias muy curiosas y, a la vez, divertidas. La que os copio y pego de su libro no la había leído antes. Da para pensar.

Existen dos grandes misterios en la naturaleza sexual de las mujeres, por lo menos para los psicólogos evolucionistas que creen que nuestro comportamiento está condicionado por los instintos que favorecían las posibilidades de sobrevivir y dejar descendencia en nuestros ancestros.

El primer misterio es por qué las mujeres sienten deseos de aparearse fuera del período de ovulación. Por placer, claro, pero casi ninguna otra especie lo hace. Si lo pensamos bien, la selección natural no debería permitir que las mujeres sientan ansia de invertir tanta energía y riesgos cuando no hay posibilidad reproductiva (…)

El segundo misterio resulta todavía más intrigante: ¿por qué las mujeres son las únicas primates que no saben distinguir claramente cuando están en época fértil? Es obvio que pueden hacer cuentas, o intuir algunas señales en su cuerpo y temperamento, pero comparado con el resto de animales superiores, dichas señales son tremendamente sutiles. Los genitales de las monas babuinas se hinchan para mostrar a todos los machos que están inequívocamente receptivas. Las papagayas sienten algún impulso en su interior que las incita a gritar mucho más fuerte cuando están en celo. Y las lémures segregan un inconfundible perfume feromónico que vuelve loco a cualquier macho. Las señales de ovulación son exhibidas por todas las hembras; en cambio, en las humanas no hay ni un único indicio físico que indique de manera incuestionable que están en los días fértiles y que es el mejor momento para concentrar todos los esfuerzos en la reproducción.

Desde el punto de vista evolutivo parece no tener sentido alguno. En principio, conocer y mostrar de manera inequívoca los días concretos de mayor fertilidad sería muy ventajoso y evitaría malgastar energías; sin embargo, en algún momento de nuestro pasado evolutivo, las Homo sapiens empezaron a ocultar su ovulación. Y esto no es algo afectado por la cultura. En el debate de genes contra aprendizaje podemos discutir hasta qué punto la atracción por pechos voluptuosos fuera del período de lactancia quedó codificada cuando nuestra especie empezó a caminar erguida con el torso descubierto, o si es una preferencia que se ha visto exacerbada por influencias culturales en sociedades occidentales. Sin duda, muchos psicólogos evolucionistas y comunicadores abusan de la lógica evolutiva a la hora de interpretar nuestro comportamiento. Pero las señales de ovulación son un rasgo físico fundamental para una función tan básica como la reproducción, y que nuestra especie los haya ocultado no puede ser un accidente evolutivo.

Es cierto que durante el proceso de selección natural suelen aparecer rasgos por azar que no tienen función adaptativa alguna, o que la tienen sólo en unas condiciones determinadas, y como tampoco molestan, no tienen motivo para desaparecer. Pero, de nuevo, no estamos hablando de una adaptación como ser más o menos altos o tener un color de pelo u otro, sino de una característica esencial para la supervivencia de nuestros genes. Si bien durante la ovulación el cuerpo de la mujer puede mostrar señales sutiles que aumenten su atractivo, y estas pueden sentirse inconscientemente más receptivas a hombres con unos rasgos más masculinizados, las diferencias entre el momento de la ovulación y otras etapas del ciclo no son ni de cerca tan obvias como en el resto de mamíferos. Y esto es algo universal, que afecta a todas las mujeres de nuestra especie. Debe de ser algo intrínseco y favorecido por la selección natural. ¿Por qué?

Bueno, situémonos unos pocos centenares de miles de años atrás e imaginemos por un momento qué pasaría si fuera diferente. Si el macho homínido supiera de antemano cuándo la hembra está en periodo fértil, y además ella no tuviera ningunas ganas de tener sexo con él durante tres semanas seguidas, ¿qué ocurriría? Pues que, como el resto de sus parientes primates, el macho la dejaría en un rincón y se iría en busca de otras hembras que en ese momento sí le mostraran receptividad sexual y predisposición a ser portadoras de sus genes. Importante: claro que se iría de picos pardos impulsado por el instinto de maximizar su descendencia, pero también con la tranquilidad de que en su ausencia ningún otro homínido podría dejar embarazada a su pareja.

Tengamos en consideración que lo más dramático que le puede ocurrir a un macho en términos de selección natural —y les ocurre mucho más a menudo de lo que creen— es cuidar a los hijos de otro pensando que son suyos. Esto es lo peor, porque estaría comprometiendo todos sus recursos a la supervivencia de genes ajenos. La muestra más salvaje de este instinto egoísta es el infanticidio que cometen los machos de algunas especies cuando acceden a una nueva hembra y matan a todas sus crías anteriores para que se concentren sólo en procrear de nuevo con ellos.

Hablando de manera estrictamente evolutiva, nosotros, los hombres, estamos predeterminados a sentir celos ante la amenaza de una posible infidelidad sexual. No podemos tolerar un encuentro casual que pueda dejar embarazada a nuestra pareja y cuidar unos genes que no son propios. En cambio, que la mujer se vaya definitivamente con otro no es tan grave, pues por lo menos no se hace trabajo en balde. Para las mujeres, sin embargo, el riesgo mayor es —insisto, en términos estrictamente evolutivos— que los hombres cambien de pareja estando ellas embarazadas o con hijos jóvenes que todavía requieran el cuidado paterno. La verdadera preocupación es retener la colaboración del macho en el núcleo familiar, pero que dicho macho tenga un desliz de sexo esporádico con una hembra que está de paso en realidad no es tan pernicioso, aunque la deje embarazada.

Si sólo los instintos heredados rigieran nuestro comportamiento, los chicos deberíamos sentir celos del macho atractivo que sólo busca sexo casual y las chicas de la amiga que podría enamorarnos. Y esto está relacionado con otro matiz imprescindible para ir acorralando la respuesta sobre la ovulación oculta: lo de la proximidad evolutiva es un cuento. En ciertos aspectos somos más parecidos a los pájaros que a los chimpancés. Uno fundamental es que, como los polluelos, nuestros hijos también nacen indefensos y requieren de la colaboración de ambos progenitores para sobrevivir. Generalmente la madre les protege mientras el padre va en busca de alimento. Y esto condiciona que tanto aves como Homo sapiens tengamos el instinto de agruparnos en núcleos familiares formando parejas socialmente monógamas.

Pero, cuidado, porque monogamia social no es lo mismo que sexual. En un estudio se esterilizó a varios pájaros machos de especies monógamas y, misteriosamente, las hembras continuaban teniendo hijos. De hecho, otros estudios con pájaros (por cierto, ni siquiera en el caso de las aves las hembras están receptivas sexualmente fuera de la ovulación) demuestran que los machos que se distancian más de sus parejas suelen terminar cuidando un mayor número de crías que no son genéticamente suyas. Es decir, que por muy felizmente emparejadas que se vea a algunas familias de aves monógamas, si cuando él va de caza se encuentra una candidata receptiva no duda en proceder al escarceo, mientras su amada estará posiblemente haciendo lo propio.

Teniendo todas estas consideraciones en cuenta, el propósito evolutivo de esconder la ovulación y sentir deseo sexual en todo el ciclo parece muy obvio: mantener al macho cerca, atemorizado de que en cualquier momento su hembra pueda ser fertilizada por otro, y forzarlo a que colabore en el cuidado de unas crías que confía que son suyas. Estando receptivas al sexo y sin mostrar señales de ovulación, el macho tendrá estímulos para quedarse buscando la reproducción constante y vigilando que no aparezca otro primate en escena. En definitiva, que la selección natural nos ha perfilado como monógamos infieles y desconfiados.

Pere Estupinyà, La ciencia del sexo.