¿Qué darías por satisfacer tu curiosidad?

Cuando era niño recuerdo que en clase me hacían la pregunta: “¿Qué es mejor? ¿Tener mucho dinero o saber muchas cosas?”. Hubo un compañero que afirmó: saber muchas cosas porque así, las explicas y puedes ganar dinero con ello (yo pensé ¿y por qué no tener dinero, pagar y así aprender cosas? Pero bueno, eso es otro tema). Ahora, dando un paso más allá: ¿Qué darías por satisfacer tu curiosidad? Copio y pego los primeros párrafos de un libro que es maravilloso y dice algo relacionado con este tema.

Mi padre me habló en cierta ocasión de un escuálido preso del campo de concentración de Buchenwald que tenía conocimientos de matemáticas. Lo que a una persona le viene a la cabeza cuando oye la palabra pi [En inglés, la letra griega pi se pronuncia igual que pie, tarta] nos dice algo sobre ella. Para el matemático era la relación entre la circunferencia de un círculo y su diámetro. Si le hubieran preguntado a mi padre, que apenas tenía educación primaria, me habría contestado que era un círculo de masa de harina rellena de manzana.

Un día, a pesar del abismo que los separaba, el preso matemático le propuso a mi padre que resolviera un problema. Mi padre le dio vueltas durante unos cuantos días, pero no logró desentrañarlo. Cuando volvió a ver al preso, le preguntó por la solución. El hombre no se la quería dar, le decía que tenía que descubrirla por sí mismo. Pasó algún tiempo, y mi padre volvió a preguntárselo, pero el otro preso se aferraba a su secreto como si fuera un lingote de oro. Mi padre intentó reprimir su curiosidad, pero no pudo. En medio del hedor y la muerte que lo rodeaban, se obsesionó con la respuesta. Por fin el otro preso le propuso un trato: le revelaría la solución si le daba su mendrugo de pan.

No sé lo que pesaría mi padre por aquel entonces, pero cuando lo liberó el ejército estadounidense no llegaba a los cuarenta kilos. Pese a ello, su anhelo de saber era tan fuerte que se había desprendido de su mendrugo de pan a cambio de la respuesta.

Fue al final de mi adolescencia cuando mi padre me contó este episodio, que me afectó profundamente. La familia de mi padre había desaparecido, sus posesiones habían sido confiscadas y su cuerpo privado de alimento, debilitado, golpeado. Los nazis los habían despojado de todo lo palpable, pero su deseo de pensar y razonar y conocer había sobrevivido. Era prisionero, pero su mente era libre para vagar, y lo hizo.

Comprendí entonces que la búsqueda del conocimiento es el más humano de nuestros deseos, y que, por diferentes que fueran nuestras circunstancias, mi propia pasión por entender el mundo tenía su origen en el mismo instinto que la de mi padre. Cuando me dediqué a estudiar ciencias, en la universidad y después, mi padre no me preguntaba tanto sobre las cuestiones técnicas de lo que aprendía como sobre su significado subyacente: de dónde venían las teorías, por qué me parecían hermosas, qué nos decían sobre nosotros como seres humanos.

Este libro, escrito décadas más tarde, es mi intento de dar por fin respuesta a aquellas preguntas.

Y, obviamente, voy a leer ese libro. Ya os contaré.

Leonard Mlodinow, Las lagartijas no se hacen preguntas.

Abbe y la ciudad de Jena

Recuerdo haber estudiado el númer de Abbe en óptica que nos permitía clasificar los vidrios en flint y crow. También recuerdo que una lente evitaba la aberración cromática si estaba hecha de dos vidrios enganchados, uno de cada tipo. Pero ese apellido desapareció hasta que leí el libro Los lógicos, de Jesús Mosterín, que explica muchos detalles de su vida y rápidamente nos damos cuenta de que fue un hombre fascinanta. Os copio lo leído sobre él. Espero que lo disfruéis.

Hasta mediados del siglo XIX, Jena era una pequeña y somnolienta ciudad universitaria de carácter casi medieval. Sin embargo, hasta allí llegó el impulso industrial de la mano de Carl Zeiss (1816-1888), un mecánico de precisión de buena formación y notable empuje. Su ciudad natal de Weimar le negó la licencia para ejercer (pues ya había otros dos mecánicos allí), por lo que la solicitó en Jena, que se la concedió. Allí abrió su taller en 1846, y pronto tuvo abundante trabajo. Animado por el botánico Schleiden a construir microscopios, en seguida se puso a fabricarlos, cada vez más complejos y en mayores cantidades.

Zeiss fue ampliando su negocio, cambiando de locales y contratando a más obreros. Recibió premios y distinciones académicas por la calidad de su trabajo. De todos modos, Zeiss, un hombre culto e inteligente, se daba cuenta de que su mercado de fabricación de microscopios se basaba en copiar lo que hacían los demás y en mejorarlo por ensayo y error, hasta obtener resultados aceptables. Eso es lo que hacían los fabricantes de instrumentos ópticos y no le garantizaba una ventaja duradera sobre sus competidores.

Él soñaba con una manera distinta de trabajar: la aplicación del método científico al diseño y producción de los instrumentos. La física más avanzada debería conducir a un diseño racional de productos que colocase a su empresa por encima de las demás por la calidad inigualable de sus productos y la eficacia de sus métodos de fabricación. Para eso estuvo buscando un científico a la ve teórico y práctico, riguroso e intuitivo, que le permitiese realizar su sueño. Y finalmente lo encontró en la persona de Abbe.

Ernst Abbe (1840-1905) era hijo de un obrero textil que se daba cuenta de la extraordinaria inteligencia de su hijo e hizo cuanto pudo para proporcionarle estudios, cosa muy difícil, dada la penuria en que vivían por entonces los obreros. De todos modos, el mismo Ernst desde muy joven se ayudaba sí mismo y a su familia dando clases particulares y obteniendo una serie de becas creadas para él por su obvia brillantez. En 1857 finalizó sus estudios de matemáticas en la Universidad de Jena, que luego prosiguió en Göttingen, donde se doctoró sobre un tema de física matemática. Establecido más tarde como profesor de matemáticas en la Universidad de Jena, en 1866 fue abordad por Carl Zeiss, que acababa de festejar la fabricación de su microscopio número 1.000, para que le ayudase a racionalizar la producción y mejorar la calidad de los microscopios.

Animado por tal encargo, durante los años siguientes, Abbe alternaba su tiempo entre la fábrica de Zeiss y la Universidad, y se interesaba más y más por la óptica. Desarrolló nuevas fórmulas y teorías relacionadas con la trayectoria de la luz a través de las lentes, introdujo nuevos métodos de producción y control de calidad, inventó y diseñó nuevos microscopios, que al principio funcionaban peor que los antiguos, pero pronto los superaron. Carl Zeiss, dándose cuenta de que el futuro de la empresa dependía de Abbe, y temiendo que pudiera marcharse, en 1876 lo hizo copropietario de la empresa, al 50%, como él.

Dos años más tarde empezaron a lloverle a Abbe las ofertas de cátedras. Helmholz vino a verlo para pedirle que fuera a Berlín, donde le crearían una cátedra e instituto de óptica a su medida, pero Abbe rechazó todas las ofertas y permaneció al timón de la empresa de Zeiss, cuyo continuo crecimiento siguió pilotando con éxito. Los microscopios Zeiss ya eran los mejores del mundo.

Abbe se dio cuenta de que no se podían mejorar ya más con los vidrios disponibles. Había que crear vidrios nuevos con propiedades ópticas diseñadas en función de las necesidades de la óptica de precisión. Se trataba de una tarea inédita y difícil, para cuya solución buscó la ayuda de Otto Schott, hijo de un vidriero y científico. Las empresas de Zeiss y Schott fueron el motor de desarrollo de Jena. Entre 1885 y 1910, Jena pasó de los 11.600 habitantes a los 36.500; la Zeiss pasó de 315 a 2.542 obreros, y la Schott de 6 a 1.150.

La Zeiss se había convertido en la primera empresa de instrumentos ópticos del mundo y producía pingües beneficios a Ernst Abbe, que se encontraba con mucho más dinero de lo que nunca habría podido imaginar. Abbe era un hombre profundamente preocupado por el progreso social y científico, y en seguida empezó a hacer donaciones, sobre todo a la Universidad de Jena, a la que estaba agradecido, pero cuyas limitaciones y carencias conocía desde dentro.

Aunque siguió ejerciendo de profesor y director del observatorio, renunció a su remuneración. Además, empezó a subvencionar cada año a la Universidad con cantidades crecientes de dinero. En 1889 fundó la Fundación Carl Zeiss (su modestia le impedía darle su propio nombre), a la que cedió la totalidad del capital de su empresa. Con el tiempo, la fundación Carl Zeiss acabó poseyendo la totalidad de la empresa Carl Zeiss y la mayor parte del capital de la Schott. Ernst Abbe puso mucho cuidado en la redacción de los estatutos de la Fundación, finalmente aprobados en 1896.

Por un lado, y en recuerdo de las dificultades experimentadas por su familia durante su infancia, la fundación desarrollaría un completo programa de protección social de los obreros de sus empresas, proporcionándoles pensiones de vejez e invalidez, mejorando sus condiciones de formación y trabajo, reduciendo su jornada laboral, etc.

Por otro lado, la Fundación ayudaría a las instituciones de investigación científica, sobre todo a la Universidad de Jena, que fue remozada por cuenta de la Fundación, recibiendo nuevos edificios, bibliotecas, laboratorios, etc., así como cantidades importantes de dinero para promocionar a docentes valiosos. Incluso tras la muerte de Abbe, la Fundación siguió actuando conforme a sus intenciones y estatutos.

Hay muchos más detalles interesantes en la entrada de Abbe en la wikipedia pero, por lo con lo que nos cuenta Jesús Mosterín, ya tenemos una idea de quién fue este fascinante personaje.

Ernst Abbe

Fuente:
Jesús Mosterín, Los lógicos.

Lo que la ciencia plantea con la genética

La ciencia nos obliga a plantearnos cuestiones que, de no ser conocidas, simplemente, pasaríamos por la vida ignorándolas. Os copio unos párrafos, convenientemente modificados, del libro citado al final que involucran la política, la genética, la religión y la mente.

En 1999 el conocimiento de la genética había crecido enormemente y los legisladores de Pensilvania, inquietos ante la inminente revolución del ADN le pidieron a un experto en bioética llamado Arthur Caplan que les asesorara sobre cómo se debía regular la genética a través de la legislación. (…) Para conocer a su audiencia comenzó con una pregunta:

- ¿Dónde tienen sus genes? ¿Dónde se encuentran en el cuerpo?

La flor y nata de Pensilvania lo ignoraba. Sin vergüenza ni ironía, una cuarta parte equiparó los genes con las gónadas. Otra cuarta parte, igualmente segura de sí , decidió que los genes residían en el cerebro. Otros habían visto dibujos de hélices o algo por el estilo pero no estaban seguros de su significado. A finales de los años 1950 el término ADN formaba parte del espíritu de los tiempos hasta tal punto que podía encontrarse en una insignia de un puesto callejero. Eso es el gen. Desde entonces el conocimiento de la gente se había quedado estancado. Caplan decidió más tarde que, dada su ignorancia:

Pedir a los políticos que escriban normas y reglas sobre la genética es peligroso.

La mayoría de los humanos miraron la oveja Dolly boquiabiertos, pero sin importarles nada más allá; pero a otros acrecentó los temores de que se pudiera hacer con un ser humano. Pues bien, Arthur Caplan recibió una llamada telefónica en la que alguien, preso de gran excitación, le preguntó por la posibilidad de clonar al mismísimo Jesús. Lo que querían hacer era extraer el ADN del sudario de Turín. Caplan recordo haber pensado:

Intentáis traer de vuelta a una de las pocas personas que de todos modos se supone que han de volver.

No hemos de preocuparnos. Los clones humanos, esos monstruosos seres existen. Los llamamos habitualmente gemelos idénticos. Un clon y su progenitor no se parecerían más de lo que se parecen los gemelos, con sus diferencias epigenéticas, y hay razones para pensar que serían incluso más distintos.

Aun así, si pudiéramos hacer una copia exacta de una persona, átomo por átomo, ¿qué podría pasar?

Los filósofos griegos debatían la idea de un barco cuyo casco y cubiertas se iban pudriendo gradualmente y reemplazándose. Tablón a tablón, a lo largo de las décadas, hasta que quedan reemplazadas todas y cada una de las piezas de madera. ¿Sigue siendo el mismo barco? ¿Por qué o por qué no? Los seres humanos plantean el mismo dilema: los átomos de nuestro cuerpo se reciclan muchísimas veces antes de la muerte, de modo que no tenemos el mismo cuerpo durante toda la vida. No obstante, pensamos que somos la misma persona. ¿Por qué? Pues porque a diferencia de un barco, cada ser humano posee un archivo ininterrumpido de pensamientos y recuerdos.

Personalmente, esa respuesta no me deja satisfecho, pues un ser humano copiado átomo a átomo y su original tendrían el mismo archivo.

Lo dicho: para pensar.

Fuente:

Sam Kean, El pulgar del violinista.

Mendeléiev i Dostoievski

Si tenéis la suerte de no haber leído alguna biografía de Dimitri Mendeléiev os recomiendo hacerlo. Ya os hablé hace tiempo de él. Fue, entre otras cosas, el padre de la tabla periódica; pero no sólo fue un científico excepcional sino un personaje fascinante con una personalidad fuera de lo común. En el artículo de hoy os comento algunas anécdotas de este personaje. Los párrafos están extraídos del libro que cito al final en fuentes.

Si llegó donde llegó, fue entre otras cosas, gracias a su madre, Maria Dímitrievna. Cuando era muy pequeño, esta buena señora empezó a ahorrar dinero para que su hijo pudiera ir a la Universidad. En 1848, un año después de la muerte de su padre y de su hermana Apolinaria, un incendio destruyó la fábrica de vidrio con la que subsistían. La madre podría haber dedicado el dinero ahorrado para rehacer la fábrica, pero prefirió invertirlo en la formación universitaria de su hijo.

Así que tomó a sus dos hijos pequeños y se dirigió a Moscú que estaba a nada menos que 2.000 kilómetros. Fue un durísimo viaje que hicieron con sus enseres en carretas de caballos. Cuando llegaron encontraron un clima de descontento político y social, que se traducía en no admitir a nadie que no fuera de Moscú. Tras inútiles tentativas, Dimitri fue rechazado, pero su madre, de nuevo, tomo cartas en el asunto y se dirigió con sus hijos esta vez a San Petersburgo, que estaba a 650 kilómetros, en otro tremendo viaje. En esta ocasión, Dimitri, por fin pudo entrar con brillantez. Ingresó en la Universidad el 9 de agosto de 1850. A los tres meses, la señora Maria Dímitrievna moría de tuberculosis y agotamiento. Y dos años después lo hacía su hermana de la misma enfermedad. Con 18 años se quedó solo. Antes de morir su madre le bendijo en un icono de la Virgen, en cuyo reverso había escrito:

Yo te bendigo, Mitenka. En ti descansaba la esperanza de mi vejez. Te perdono tus errores y te suplico que vuelvas los ojos a Dios. Sé bueno para con Dios, con el zar y con tu patria, y no olvides que en el día del juicio final tendrás que responder de tus actos. Adiós, recuerda que tu madre te ha querido más que a todos sus demás hijos. María Mendeleiéva.

Sorprende la predilección tan marcada de una madre por uno de sus hijos, ¿no?

El recuerdo de su madre marcó la vida de Mendeléiev quien, en 1887, en el prólogo de su libro Estudio de las soluciones acuosas según sus pesos específicos le dedicó estas maravillosas palabras:

Este trabajo de investigación lo dedica a la memoria de su madre el menor de sus hijos. Dirigiendo una fábrica, ella pudo educarme sólo con su propio trabajo. Me enseñaba con su ejemplo, corregía con amor, y con el fin de que me dedicara ala ciencia salió de Siberia conmigo, agotando sus últimos recursos y fuerzas.

Cuando se disponía a morir me dijo:

Apártate de las ilusiones, persevera en el trabajo y no en las palabras. Busca con paciencia la verdad divina y científica.

Ella entendió con cuánta frecuencia los métodos dialécticos suelen decepcionar, cuánto queda todavía por aprender, y cómo con la ayuda de la ciencia, sin violencia, con amor pero con firmeza, toda superstición, falsedad y error son extirpados, trayendo en su lugar la seguridad de la verdad desconocida, la libertad para descubrimientos venideros, el bienestar general, y la felicidad interior. Dimitri Mendeléiev considera sagradas las palabras de su madre en el lecho de muerte.

Octubre, 1887.

Fue un hombre que dedicó su vida a la ciencia, pero en aquellos tiempos en que había descontento social, se involucró también en el terreno de la desigualdad política y social. Sus palabras no eran aptas para hacer amigos entre los poderosos:

El más penetrante de todos los espíritus, ante el cual se abrirán todas las posibilidades de inclinar no los muros, sino los planetas, es el espíritu de indagar la libertad humana. Creed únicamente en esto.

En el curso 1890-1891 se produjeron protestas estudiantiles con reivindicaciones sobre las disciplinas que cursaban y la democratización de la Universidad. Queriendo evitar males mayores, Mendeléiev les propuso llevar sus peticiones al ministro de Instrucción Pública, Delianov. El ministro se negó a admitir las demandas y Mendeléiev presentó inmediatamente la dimisión de su cátedra. Fue apartado de la docencia para evitar que estuviera en contacto con los estudiantes y la política. El día 3 de abril de 1890, con la clase y los pasillos llenos de estudiantes de todas las facultades, Mendeléiev impartió su última clase en la Universidad de San Petersburgo, que fue interrumpida por la policía al temer que pudiera conducir a un levantamiento de los estudiantes. En aquella clase, Mendeléiev dijo:

He conseguido una libertad interior. No hay nada en el mundo que tema decir. Nada ni nadie puede hacerme callar. Es un buen sentimiento. Es el sentimiento de un hombre. Quiero que vosotros tengáis también este mismo sentimiento es mi responsabilidad el ayudaros para que logréis esta libertad interior—. Soy una persona evolucionista y pacífica. Proceded de manera lógica y sistemática.

Y añadió refiriéndose a la búsqueda de la verdad:

No se trata de descerrajar la puerta del templo y arrancar la cortina detrás de la que se ocultaría la verdad. No hay nada, eso son fábulas, palabras vacías. La verdad no está oculta a los hombres, está entre nosotros, esparcida por todo el Universo.

En 1901, cuando escribía sus últimos pensamientos sobre la educación en Rusia, decía:

En la actualidad, podemos vivir sin Platón, pero se necesita un número dos veces mayor de Newtons para descubrir los secretos de la Naturaleza, y acercar la vida en armonía con las leyes de la Naturaleza.

Parece mentira que este personaje fuera del siglo XIX, cuando en el siglo XXI no le llegamos a la altura de los zapatos.

Transmitía a sus alumnos conocimientos científicos y un comportamiento ético intachable, pues sabía estar a la altura de los acontecimientos sociales. En enero de 1881, al enterarse de la muerte de Dostoievski, quedó consternado y manifestó su admiración y respeto a sus alumnos. Uno de ellos escribió:

Un día Dimitri Ivánovich llegó trastornado, pálido; durante un rato se paseó de arriba abajo en silencio, después empezó a hablar de Dostoievski, que acababa de morir. Bajo la impresión de esta muerte no pudo impedir expresar sus sentimientos. Habló de tal manera, pintó un retrato tal del desaparecido que, según los estudiantes, nunca se ha dicho nada más profundo, más intenso y más inspirado antes ni después. Los estudiantes, estupefactos, escucharon sin decir una palabra, se dispersaron sin ruido y conservaron siempre el recuerdo de aquella clase en la que un genio hablaba de otro genio.

Lo dicho: si podéis haceros con una biografía de él, devoradla.

Fuentes:
Pascual Román Polo, Mendeléiev. El profeta del orden químico.
http://blogs.publico.es/ciencias/general/5/la-madre-de-mendeleev/

El método Puluj

En cierta ocasión, en clase de Mecánica Cuántica, el profesor nos estaba explicando la Fase de Berry. El detalle técnico (desgraciadamente) se me ha olvidado, pero lo que no se me olvidó fue una frase que dijo: y como todo lo que tiene nombre, tiene su cierta gracia. Me considero una persona curiosa, sin embargo no me interesé por saber quién es el tal Michael Berry. Por suerte, hay gente más curiosa que un servidor, como Harold J. Morowitz. A él le sucedió algo similar con otro desconocido personaje: Iván Puluj. Él sí se interesó en buscarlo. Os copio lo que nos explica en su libro referenciado al final del artículo. No tiene nada de especial, pero me ha gustado leerlo.

Hace unos años, con ocasión del cumpleaños de Murray Gell-Mann, escribí un ensayo en el que recordaba un laboratorio de prácticas de física donde él y yo habíamos lleva cabo un experimento descrito en el texto como equivalente mecánico del calor por el método de Puluj. El procedimiento consistía en hacer girar una manivela con un mecanismo de fricción y medir el aumento de temperatura en un calorímetro adosado. En el ensayo me disculpaba por no haber podido averiguar más sobre el tal Puluj, el presunto diseñador de este experimento clásico. Y mi ignorancia se mantuvo durante muchos años.

Hasta que un día (…), esa maravilla que es el correo electrónico me trajo una nota de Roy Schmeltzer, quien había leído el ensayo original y me remitía un mensaje de Ethnic Newswatch que hacía referencia a un artículo del número 8 de enero de 1995 de la revista Ukrainian Weekly sobre el 150 aniversario del nacimiento del físico Iván Puluj. De entrada no estaba del todo seguro de que fuera la persona que estaba buscando, pero le fecha, la disciplina y el nombre poco corriente lo hacían más que probable. En cualquier caso, Iván Puluj es lo bastante interesante por derecho propio para no dejar pasar esta oportunidad de compartir mi información recién obtenida y relatar mi indagación sobre el método que lleva su nombre.

Iván Puluj nació en la región ucraniana de Ternopil el 2 de febrero de 1845. Como muchos científicos de Europa oriental de su época, hizo sus estudios superiores en uno de los centros de ciencia alemana en rápido desarrollo y se doctoró en Filosofía Natural por la Universidad de Estrasburgo en 1877. Luego se trasladó a Viena, donde ejerció de Privat-docent en la universidad.

En 1844 se le ofreció un cátedra en la Escuela Técnica Superior Alemana de Praga, puesto que parece ser que mantuvo hasta su jubilación en 1916. Murió en Praga el 31 de enero de 1918.

Una vez abierta la puerta, la maravilla de los buscadores electrónicos me ha ido proporcionando más referencias y me ha permitido tomar conciencia de la distinción de Puluj como físico. Durante el periodo de 1880 a 1882 llevó a cabo una serie de experimentos sobre los rayos catódicos. En 1889, la Sociedad Británica de Física publicó Physical Memoirs, una selección de artículos traducidos al inglés que incluía La termodinámica de los procesos químicos de H. von Helmholtz, Sobre la conducción de la electricidad de los gases, de H. Hittorf, La continuidad de los estados líquido y gaseoso de J.D. Van der Waals, y Materia radiante electródica y el llamado cuarto estado de J. Puluj (Puluj firmaba como Johann, la forma germánica de Iván).

ENvontramos a Puluj en compañía de algunos de los físicos decimonónicos más distinguidos. Helmholtz, Hittrof y Van der Waals son iconos de la física y la química física. En vista de su eminencia, me pregunto por qué Puluj no aparece en ninguna parte del Dictionary of Scientific Biography, cuando los otros tres figuran como personajes destacados. Las veleidades de la materia histórica son bien conocidas, por supuesto. En mi defensa, tengo que decir que durante mi búsqueda inicial pregunté acerca de Puluj a uno de los historiadores de la física más reputados del país. Él tampoco había oído hablar de Puluj.

El artículo de Ukrainian Weekly sugiere que Puluj fue codescubridor de los rayos X, junto con Wilhelm Roentgen. Puluj, que publicó su descubrimiento poco después de lo que lo hiciera Roentgen, se refirió a las radiaciones como Roentgen Strahlen.

Su carrera recibió tras ello algunos honores: el ingreso en sociedades científicas y el nombramiento de rector en la Escuela de Praga de 1885 a 1890. También desarrolló varias patentes de material eléctrico y se le considera un precursor de la energía eléctrica.

Junto a sus logros científicos, Puluj fue coautor de la primera traducción completa de la Biblia al ucraniano moderno. También fue un activo defensor de los derechos culturales y políticos del pueblo ucraniano.

El artículo de Ukrainian Weekly sugiere que las actividades no científicas de Puluj contribuyeron a la pérdida de su posición como científico importante. Se le mencionaba brevemente en la primera edición de la Ukraine Soviet Encyclopedia (1963), pero no en la segunda (1983). El semanario sugiere que esto se debió a la oposición de la KGB al renacimiento cultural del ucraniano y a la oposición soviética a las implicaciones religiosas de la traducción de la Biblia.

Más tarde, mi documentalista localizó un librito de Puluj en la biblioteca universitaria de Harvard, y también en dos bibliotecas de Lyon (…) La nota indica que el libro está escrito en cirílico y traduce el título como Prof. Ivan Puluy, descubridor de los rayos X. Es una pena que no haya traducción inglesa.

Pero aún no podía descartar la posibilidad de que el Puluj que yo buscaba fuera otro. Pregunté por correo electrónico al convocante de la conferencia del 150 aniversario, el doctor O. Derzhko, del Instituto de Física de la Materia Condensada en Lvov, Ucrania. Su respuesta fue: Muchas gracias por su carta concerniente a Iván Puluj. Se la he pasado al profesor Roman Gaida. Espero que se ponga en contacto con usted con la mayor brevedad.

Y me alegra decir que el profesor Gaida acaba de remitirme un artículo detallado sobre Puluj y su obra, incluyendo las tan anheladas referencias al experimento del equivalente mecánico del calor. Con gratitud hacia los profesores Derzhko y Gaida, ahí van:
1.º Johann Puluj: Über einen Schulapparat zur Bestimmung des mechanischen Warmeaquivalentes.

2.º J. Puluj: Beitrag zur Bestimmung des mechanischen Wärmeaequivalentes.

Bien, todas mis dudas se disiparon, He llenado un vacío pendiente desde mi segundo año de universidad y, durante el proceso, me he ido interesando por un científico fascinante. Creo que la mejor manera de describir esta experiencia es como “educación continuada”. En estos días de complejidad, a veces uno siente nostalgia de la absoluta certidumbre y simplicidad del equivalente mecánico del calor mediante el método Puluj.

Harold J. Morowitz, El filantrópico doctor Guillotin.

La fuerza de la evidencia experimental

Dicen que una imagen vale por mil palabras. Pues bien, extrapolo y afirmo: una prueba experimental vale por mil imágnes. Si no me creéis, os muestro un ejemplo de cómo puede ser así.

El septiembre pasado estuve en el evento Naukas 2013 donde tuve el placer y el honor de conocer en persona a Pere Estupinyà, quien nos dio la conferencia que tenéis en este enlace (os recomiendo mirarla). Lo que interesa de esa para la historia que os voy a explicar en este artículo es que el público está en modo parasimpático, mientras que el conferenciante está en modo simpático. ¿Y qué significa esto?

Cuando una persona está en modo parasimpático, está relajada, tranquila. Pero cuando una persona está en modo simpático está dispuesta para la acción. Según la wikipedia dilata las pupilas, aumenta la fuerza y la frecuencia de los latidos del corazón, dilata los bronquios, disminuye las contracciones estomacales, estimula las glándulas suprarrenales. Por ejemplo, podemos estar tranquilos en nuestra casa, en modo parasimpático, pero si aparece un ladrón por la puerta nuestro cuerpo entrará en modo simpático, o sea, que se prepara para la acción.

Pere nos explicaba que cuando estás en modo parasimpático (tranquilo, relajado) podemos tener una erección, pero si estamos en modo simpático (preparados para la acción), no podemos tenerla. Esto lo saben los científicos perfectamente y ahora también lo sabéis vosotros, con lo que puedo explicaros esta historia.

El investigador Giles Brindley ya había publicado varios estudios sugiriendo que la inyección directa de sustancias vasodilatadoras en el pene podía estimular la irrigación sanguínea y generar en segundos una rígida y duradera erección, pero su trabajo había recibido muchas críticas, y se escuchaban rumores de que las fotos de penes más o menos erectos en sus artículos de que las fotos de penes más o menos erectos en sus artículos podían estar amañadas.

Bien, allá por el año 1983 Brindley iba a dar una conferencia con el inocuo título “Terapia vasoactiva para la disfunción eréctil” (Vaso-active therapy for erectile dysfunction). Ya antes de la charla, Laurence Klot, uno de los residentes hambrientos de conocimientos que iba a asistir a la conferencia se encontró en el ascensor con el profesor Brindley. Notó que no iba apropiadamente vestido para dar una charla: vestía un chándal azul e iba algo nervioso. Debía haber alrededor de 80 personas en la audiencia, entre ellas las esposas de algunos urólogos.

La cuestión es que empezó su conferencia indicando que los agentes vasoactivos en los cuerpos cavernosos del pene podían inducir una erección. Utilizándose a sí mismo como sujeto de investigación había iniciado una serie de pruebas inyectándose diferentes vasodilatadores. Hoy día es algo habitual, pero en aquella época era algo inaudito. Las diapositivas que mostraba a la audiencia eran las de su pene en diferentes grados de tumescencia. Pero claro, esas fotos podían ser debidas a estimulaciones eróticas.

Entonces, Brindley explicó lo que os comentaba: que en medio de una conferencia no podía tenerse una erección, así que se apartó del estrado y se apretó el chándal para intentar demostrar que tenía el pene erecto. La sala quedó estupefacta. Bajó la vista con escepticismo hacia sus pantalones y sacudió la cabeza con disgusto. “Por desgracia, esto no muestra los resultados con suficiente claridad”, dijo. Así que se bajó los pantalones y calzoncillos dejando al descubierto un pene largo y delgado, claramente erecto. No había ni un ruido en la sala. Todo el mundo había dejado de respirar.

Pero la mera exhibición pública de su erección no era suficiente. Hizo una pausa, y pareció reflexionar sobre su siguiente movimiento. Luego dijo, con gravedad, “me gustaría dar algunos de los asistentes la oportunidad de confirmar el grado de tumescencia”. Con los pantalones en las rodillas, balanceándose por las escaleras, se acercó (para su horror) a los urólogos y sus esposas en la primera fila. A medida que se acercaba a ellos, meneando la erección delante cada uno de ellos, cuatro o cinco de las mujeres en las primeras filas levantaron sus brazos en el aire, al parecer al unísono, y gritaron en voz alta.

Los gritos parecieron incomodar a Brindley quien se subió los pantalones, volvió al escenario y acabó su conferencia. La audiencia se dispersó en estado de shock, y los urólogos que habían traído a sus esposas les tuvieron que darles unas cuantas explicaciones.

Brindley hizo grandes contribuciones al problema la disfunción eréctil, por lo cual merece una tremenda gratitud. Y también trabajó para otras áreas de la medicina. Tiene más de 100 publicaciones en diferentes áreas como la neurofisiología visual y otros aspectos de la neurofisiología, incluyendo la eyaculación y disfunción sexual femenina. También publicó un artículo notable estudio del efecto de 17 sustancias utilizadas para inducir la erección. Siete de ellas indujeron una erección. No está claro hasta qué punto el propio pene de Brindley sirvió como conejillo de indias para estos estudios.

Hay que reconocer que para hacer una cosa así hay que tenerlos muy bien puestos. En todos los aspectos.

Fuentes:
Me enteré de esta hstoria por el libro de Pere Estupinyà, La ciencia del sexo.
Hay más enlaces que la explican.

http://medtempus.com/archives/la-conferencia-medica-mas-apoteosica-de-todos-los-tiempos/
http://jralonso.es/2013/04/29/el-oxido-nitrico-la-viagra-y-la-charla-mas-asombrosa-de-la-historia/
http://naukas.com/2013/04/29/el-oxido-nitrico-la-viagra-y-la-charla-mas-famosa-de-la-historia/
http://elblogdebuhogris.blogspot.com.es/2006/03/experiencias-de-catedra-y-el.html
Y aquí está el original.

Científicos hasta el final

Quería mostrar unas pocas anécdotas de científicos alrededor de los momentos finales de su vida (antes y después). Me interesaban, sobre todo, aquellas en que el científico había estado dedicado a la ciencia hasta los últimos días o, mejor, el último día de su vida. Luego me interesé por cosas simpáticas que se habían comentado después de la muerte de dicho científico. Y esa era la idea. Era una de tantas excusas, como siempre busco, para explicaros anécdotas de científicos. El problema es que he encontrado otras entre mis apuntes que me han hecho esbozar una sonrisa, y no he podido resistir publicarlas, así que os las he puesto al final, con lo que me queda un artículo con unas cuantas anécdotas que considero curiosas y he dejado el título como estaba. Olvidando las excusas, os dejo con ellas.

Se ha dicho alguna vez que la historia del análisis matemático de la segunda mitad del siglo XIX ha consistido esencialmente en sacar partido de las herramientas que Riemann creó para solucionar problemas que él mismo planteó y empezó a resolver. También se dice de él que era tremendamente modesto. Se cuenta que una vez otro matemático se maravillaba delante de la viuda de Riemann sobre este punto. La mujer, que debía ser tan modesta como el propio Riemann, aclaró la razón:

— Si, era muy aplicado

El matemático Tarski era noctámbulo. Solía reunirse con sus alumnos de doctorado en un estudio que tenía en su “castillo”; allí tenían lugar verdaderos maratones de trabajo que empezaban no mucho antes de la medianoche. Las puertas y ventanas del estudio permanecían cerradas mientras Tarski empalmaba un cigarrillo detrás de otro en una secuencia que a muchos se antojaba infinita. Cuando llegaban las dos de la madrugada preguntaba si querían café. Como algunos decían que sí y las puertas estaban cerradas, Tarski chillaba: “¡Maria! ¡Mariaaaaahhhhh!”, tan fuerte como podía. Su esposa llegaba medio dormida y abría la puerta: ¿Sí, Alfred?. Tarski le pedía que trajera dos tazas de café y la mujer iba a la cocina y se las traía.

Antes que lo crucifiquéis por machista os diré que de las 24 tesis que dirigió, 6 lo fueron a mujeres, que era un número notable para le época. Y no fue casualidad: era un mujeriego. Hasta con 68 años intentó ligarse a una alumna besándola más tiempo del necesario. Esa mujer era Julia Robinson, quien supo mantener muy bien las distancias y llegaría más adelante a presidir la Sociedad Matemática Americana. No obstante, alguna otra sí cayó como una alumna llamada Wanda Szmielew, quien hacía lo que le apetecía sin reparar en lo que otros pensaran.

Se hicieron amantes, pero la relación se volvió tormentosa: esposa y amante viviendo bajo el mismo techo. Y es que era un liberal en lo que a sexo se refiere. Nunca le escandalizaban las relaciones sexuales, ya fueran homosexuales o heterosexuales (lo que no quiere decir que fuera homosexual), dentro o fuera del matrimonio.

Después de haber fallecido Tarski alguien visitó a Maria y le mostró su álbum familiar.

— Aquí está una de las novias de Alfred… y aquí otra.

Francis Crick podría ser el ejemplo de científico desde el inicio hasta el final. De niño, decía a su madre que quería ser investigador. Unos años más tarde se licenciaba en físicas, pero una bomba nazi destruyó su laboratorio en Londres. Se incorporó al servicio secreto británico y diseñó una mina especial para destruir los dragaminas alemanes. Al final de la guerra cambió de tema y descubrió la estructura del ADN, lo que le valió el Nobel de Medicina. A los 60 años decidió que el último territorio que quería explorar era el de la consciencia. En una edad en que la mayoría de la gente piensa en la jubilación él empezaba una nueva carrera como neurocientífico. Durante 30 años generó ideas y tuvo una poderosa influencia como pocos otros científicos de su tiempo. Pocas horas antes de morir, en 2004, acababa de corregir un manuscrito que sugería unas líneas de trabajo para los investigadores que quieran entender mejor qué es la conciencia.

Rita Levi-Montalcini tuvo una fuerte influencia de sus padres. A ellos les debió, según explicaba, la capacidad de mirar al prójimo con simpatía, falta de resentimiento y una natural inclinación a interpretar los hechos y las personas desde su lado más favorable. Como no iba a la iglesia muchas veces y le preguntaban, dada su ascendencia judía, cuál era la religión que practicaba, no sabía qué contestar. Así que se lo preguntó a su padre, quien explicó tanto a ella como a todos sus hermanos:

— Vosotros sois librepensadores. Cuando hayáis cumplido los veintiún años, decidiréis si queréis seguir así o si preferís convertiros a la fe hebrea o a la católica. Pero no te preocupes, si te lo preguntan, debes contestar que eres librepensadora.

Y eso es lo que dijo a partir de entonces, dejando perplejo a más de uno. Pero a quien temía decírselo era a su institutriz, que era católica y a quien apodaban Cincirla. Esta última, intento convencerla como nos explicaba la propia Montalcini:

— ¿Sabes por qué se produjo el terremoto de Mesina? El día del terremoto, dos señores israelitas entraron en una iglesia de Mesina y dijeron, en tono de burla, a la imagen de Nuestro Señor Jesucristo: “Si tú eres el Dios desconocido, mándales a todos un terremoto”. Y así sucedió veinticuatro horas después. Sin embargo, tú puedes salvarte de la maldición que pesa sobre la gente de tu religión para recibir del cura el agua bendita. Así te salvarás y, después de la muerte, tú también irás al paraíso.

— ¿Y papá y mamá?

— Por desgracia no —contestó Cincirla—. Ellos no podrán reunirse con nosotros hasta que una paloma que bebe una vez al año haya secado el mar.

— Entonces —contesté sin vacilar— me quedo con ellos.

De mayor, esta niña se llevó el premio Nobel de Medicina en 1986.

Seguía yendo, a sus cien años, al European Brain Research Institute de Roma donde supervisaba los nuevos experimentos científicos. Tenía la vista deteriorada y utilizaba un audífono, pero según decía, su cerebro funcionaba “mejor que nunca”. En una entrevista publicada en el País (18 de abril de 2009) decía que seguía haciendo descubrimientos. Nunca se jubiló. Dijo:

— El cuerpo se arruga, pero no el cerebro, excepto que exista inacción, desencanto y desmotivación.

J. E. (John Edensor) Littlewood (1885-1977) fue uno de los más destacados matemáticos del siglo XX. En un cierto trabajo que escribieron juntos Hardy y Littlewood contenía una demostración en la que, como es habitual en cálculo, se hablaba de una expresión “menor que E donde E se puede hacer tan pequeño como se quiera”. Cuando el impresor envió a Littlewood las pruebas para su corrección lo que leyó es que fue “que es menor que .”, donde en el lugar del punto había algo que si se miraba con una lupa era la letra épsilon. El impresor había tomado al pie de la letra y con verdadero interés eso de hacer épsilon tan pequeña como se quiera.

Su dedicación y su productividad continuaron casi hasta su muerte. A los 89 años, Littlewood tuvo una grave caída e ingresó en una residencia de ancianos en Cambridge donde pareció perder todo interés por la vida. Un joven amigo, Béla Bollobás, le visitó y trató de distraerle con un nuevo problema  matemático.

En mi desesperación sugerí el problema de determinar la mejor constante en la desigualdad L2 débil de Burkholder (una extensión de una desigualdad en la que Littlewood había trabajado). Para mi gran alivio (y sorpresa), Littlewood se interesó por el problema. Nunca había oído hablar de martingalas [el tema central de la desigualdad de Burkholder]. Pero estaba deseando aprender sobre ellas de modo que estaba feliz de oír mi breve explicación y se mostró dispuesto a leer algunos capítulos introductorios. Todo esto a los 89 años y con mala salud.

Posteriormente fue capaz de dejar la residencia pocas semanas después.

Bollobás escribió que a partir de entonces trabajó duramente en el tema. El trabajo fue finalizado por el propio Bollobás y los resultados fueron publicados después de su muerte.

Isidor Rabi, nacido en Polonia en 1898, creció en un entorno pobre en Nueva York y llegó a ser uno de los más grandes físicos del mundo. Ganó un premio Nobel en 1944 por su descubrimiento de un fenómeno que conduciría finalmente a la espectroscopia por resonancia magnética nuclear, uno de los métodos más potentes para el estudio de la estructura molecular y, más tarde, para generar imágenes de tejido vivo. Esto suponía observar el salto en un campo oscilante de núcleos atómicos que, como se había descubierto, poseían un momento magnético como si fueran minúsculos imanes. Abraham Pais explicaba que, como Einstein, había estado preocupado por el significado físico de la teoría cuántica. Rabi estaba en su nonagésimo año y así es cómo se acercaba a su fin

Un día, en diciembre de 1987, un colega entró en mi despacho de la Rockefeller University para informarme de que acababa de ver a Rabi, el cual le había dicho que quería hablar conmigo. Yo sabía dónde estaba Rabi: al otro lado de la calle, en el Memorial Sloan Kettering’s Hospital, y también sabía el porqué: era un enfermo terminal de cáncer. Fui allí inmediatamente suponiendo que quería transmitirme algún mensaje final. Allí estaba, con un extraordinario buen humor. ¿De qué quería hablar? De los fundamentos de la mecánica cuántica que, como decía, le habían preocupado durante décadas y que en estas últimas semanas seguían en su pensamiento. Discutimos durante quizá media hora y luego me despedí de él para siempre. El 11 de enero de 1988, Rabi falleció.

Y ahora, las anécdotas que había encontrado que no tenían nada que ver con lo anterior.

Sewall Green Wright fue un genetista. En Chicago descubrió que no tenía dotes naturales para la enseñanza, pues era demasiado tímido y nervioso para hacer comentarios espontáneamente y bromear con los alumnos. Es más, se preparaba las clases minuciosamente y siempre las impartía con gran formalidad, incluso a los grupos más reducidos. Un estudiante le recordaba:

Un caballero sumamente afable que se quedaba parpadeando, como ofendido, cuando algún estudiante no llegaba a la conclusión correcta, tan evidente para él, según el análisis que había escrito en la pizarra. Wright hablaba sin dejar de escribir: En una sola clase, llenaba tres veces de arriba a abajo la pizarra de un aula de diez metros de anchura.

A pesar de verse obligado a realizar experimentos con moscas de la fruta, llevaba cobayas al aula siempre que le parecía justificable; en una ocasión se presentó con uno para enseñarle a la clase unas interesantes variaciones en el color del pelaje. Aquel conejillo de indias en particular era un poco más díscolo de lo normal y correteaba por la mesa sin la menor intención de quedarse quieto de modo que Wright lo atrapó y se lo colocó bajo la axila, donde solía colocarse también el borrador de la pizarra. Unos minutos después, como no le cabía la siguiente ecuación, quiso limpiar una parte de la pizarra y se puso a borrar con el conejillo de Indias, que no paraba de chillar.

Cuando Thomas Hunt Morgan vio en 1910 la mutación en una mosca por primera vez, lo hizo al mismo tiempo que nacía su tercera criatura, una niña. Cuando Morgan llegó al hospital a ver a la recién llegada, lo primero que le preguntó su mujer fue:

— Bueno, ¿y qué tal está la mosca?.

Entonces, con gran entusiasmo, Morgan se lanzó a explicarle los pormenores. Después de varios minutos, se acordó de hacer la pregunta que tenía que hacer:

— ¿Y cómo está la niña?

Fuentes:
Néstor Braidot, Cómo funciona tu cerebro para dummies.
C. P. Snow, Las dos culturas y un segundo enfoque.
Antonio J. Durán, Pasiones, piojos, dioses… y matemáticas.
Jesús Purroy, Todo lo que hay que saber para saberlo todo.
Rita Levi-Montalcini, Elogio de la Imperfección.
Béla Bollobás, Littlewood’s Miscellany.
Water Gratzer, Eurekas y Euforias.