La gallina de los huevos de oro

[Texto publicado en el diario La Rioja con fecha 10 de mayo de 2008]

En las frías montañas del noroeste de Suecia, donde el invierno es una oscura noche de ventisca que se alarga durante meses, vive un superviviente nato. Un campeón de la longevidad que ha sido capaz de soportar los rigores del clima subártico durante casi diez milenios y que sigue en pie con buena salud. Un ser vivo extraordinario con un aspecto nada particular; si se diesen un paseo por el bosque donde habita, no lo reconocerían. No verían más que un abeto rojo de unos cuatro metros de altura que no se diferencia en mucho de los jóvenes vecinos que le rodean. Pero, ya saben, las apariencias engañan. Bajo tierra es donde hay que buscar su secreto de la eterna juventud: un sistema de raíces que llevan vivas 9.550 años y que han tenido la capacidad de levantar sucesivos troncos, de una expectativa de vida de unos 600 años, que han ido relevándose en su imprescindible tarea fotosintetizadora.

Diez mil años de vida. Casi nada. Cien siglos de parsimoniosa existencia que abarcan innumerables generaciones de industriosos y voraces Homo sapiens. Y es que nuestra especie ha recorrido un largo camino durante este mismo período. Háganse una idea; más o menos al mismo tiempo que nuestro héroe germinaba, los habitantes de Oriente Próximo daban un paso trascendental en la evolución cultural del ser humano: las primeras domesticaciones de plantas silvestres y animales salvajes. Y si seguimos la sinuosa senda que lleva desde los albores del Neolítico hasta nuestra sociedad científico-tecnológica, nos topamos con que otros lejanos momentos estelares de la humanidad, como el nacimiento de la escritura o el descubrimiento del hierro, llegaron cuando nuestro protagonista ya era un vetusto árbol con una edad de cuatro mil años.

No sé a ustedes pero esta tremenda diferencia en escalas temporales me da que pensar. Porque, aunque este abeto rojo tenga el honor de ostentar el record de longevidad de un ser vivo, no es un caso aislado. En la misma cordillera sueca donde habita se han encontrado hasta una veintena de árboles de la misma especie que rondan los ocho mil años de edad, en Nueva Zelanda se están estudiando varios especímenes de otro tipo de coníferas de parecida edad y en el libro Guiness de los récords todavía aparece, con una marca de 4.800 años, un venerable pino erizo de las Montañas Blancas de California al que con toda justicia se le apoda Matusalén.

Lo que estos datos me dan que pensar es que el ser humano no es más que un recién llegado al desfile de la vida y que debería aprender de los que llevan en él mucho más tiempo. Nuestra especie ha progresado muy rápido y ha sido capaz de colonizar prácticamente cada rincón de la tierra firme del planeta pero su triunfo le está saliendo caro; se está produciendo a costa de la buena salud de la biosfera, que cada vez es más vulnerable. Y esto es algo que nos debería preocupar. Pero no por un sentimiento altruista hacia el resto de especies que pueblan La Tierra sino por puro egoísmo. Deberíamos recordar que para que el éxito de una especie sea duradero, no puede producirse a costa de la destrucción del ecosistema donde habita y del que obtiene los recursos que le permiten perseverar en la continua lucha que es la existencia. Eso es tanto como matar a la gallina de los huevos de oro.

¿Qué proporciona al ser humano esa gran gallina de los huevos de oro que es la biosfera? Hagamos un rápido recuento siguiendo la lista confeccionada por el naturalista norteamericano Edward O. Wilson en su libro «El futuro de la vida»: la regulación de la atmósfera y el clima, la purificación y la retención de agua dulce, la formación y enriquecimiento del suelo, el reciclado de nutrientes, la detoxificación y la recirculación de los desechos, la polinización de los cultivos y la producción de leña, alimento y combustible a partir de biomasa. Todos ellos bienes imprescindibles para la continuidad de nuestra sociedad y que solamente podremos seguir obteniendo mientras el medio ambiente no esté excesivamente deteriorado. Pero el problema de conseguir algo gratis es que uno olvida rápidamente su valor y eso es lo que nos ocurre. No nos damos cuenta de que dependemos totalmente del buen estado del resto de la vida del planeta que nos acoge ya que no hay manera de que nuestra ciencia y tecnología puedan reemplazar todos los servicios que la biosfera nos regala.

La vida se ha desarrollado en el planeta Tierra siguiendo su lenta pero continua evolución durante 3.700 millones de años; el Homo Sapiens sólo ha sido parte de ella durante los últimos doscientos mil, poco más que un suspiro a escala geológica. Como dejó escrito el científico y poeta Omar Khayyam «El mundo no era incompleto cuando nacimos,/ nada cambiará tampoco con nuestra ausencia». Pero nuestra especie sí que depende del medio ambiente en el que habita y de los recursos que la biosfera le brinda. Si queremos que nuestra estirpe tenga un futuro halagüeño deberemos frenar nuestra voracidad y comprender que el pan para hoy pero hambre para mañana de nuestro modelo de sociedad tendrá una pronta fecha de caducidad. La palabra clave en nuestro futuro tiene que ser desarrollo sostenible. No nos queda otra.


David Sucunza Sáenz

Categoría: Ecología, Biología, Ciencia, Noticias
Publicado en Sin categoría

La gallina de los huevos de oro

[Texto publicado en el diario La Rioja con fecha 10 de mayo de 2008]

En las frías montañas del noroeste de Suecia, donde el invierno es una oscura noche de ventisca que se alarga durante meses, vive un superviviente nato. Un campeón de la longevidad que ha sido capaz de soportar los rigores del clima subártico durante casi diez milenios y que sigue en pie con buena salud. Un ser vivo extraordinario con un aspecto nada particular; si se diesen un paseo por el bosque donde habita, no lo reconocerían. No verían más que un abeto rojo de unos cuatro metros de altura que no se diferencia en mucho de los jóvenes vecinos que le rodean. Pero, ya saben, las apariencias engañan. Bajo tierra es donde hay que buscar su secreto de la eterna juventud: un sistema de raíces que llevan vivas 9.550 años y que han tenido la capacidad de levantar sucesivos troncos, de una expectativa de vida de unos 600 años, que han ido relevándose en su imprescindible tarea fotosintetizadora.

Diez mil años de vida. Casi nada. Cien siglos de parsimoniosa existencia que abarcan innumerables generaciones de industriosos y voraces Homo sapiens. Y es que nuestra especie ha recorrido un largo camino durante este mismo período. Háganse una idea; más o menos al mismo tiempo que nuestro héroe germinaba, los habitantes de Oriente Próximo daban un paso trascendental en la evolución cultural del ser humano: las primeras domesticaciones de plantas silvestres y animales salvajes. Y si seguimos la sinuosa senda que lleva desde los albores del Neolítico hasta nuestra sociedad científico-tecnológica, nos topamos con que otros lejanos momentos estelares de la humanidad, como el nacimiento de la escritura o el descubrimiento del hierro, llegaron cuando nuestro protagonista ya era un vetusto árbol con una edad de cuatro mil años.

No sé a ustedes pero esta tremenda diferencia en escalas temporales me da que pensar. Porque, aunque este abeto rojo tenga el honor de ostentar el record de longevidad de un ser vivo, no es un caso aislado. En la misma cordillera sueca donde habita se han encontrado hasta una veintena de árboles de la misma especie que rondan los ocho mil años de edad, en Nueva Zelanda se están estudiando varios especímenes de otro tipo de coníferas de parecida edad y en el libro Guiness de los récords todavía aparece, con una marca de 4.800 años, un venerable pino erizo de las Montañas Blancas de California al que con toda justicia se le apoda Matusalén.

Lo que estos datos me dan que pensar es que el ser humano no es más que un recién llegado al desfile de la vida y que debería aprender de los que llevan en él mucho más tiempo. Nuestra especie ha progresado muy rápido y ha sido capaz de colonizar prácticamente cada rincón de la tierra firme del planeta pero su triunfo le está saliendo caro; se está produciendo a costa de la buena salud de la biosfera, que cada vez es más vulnerable. Y esto es algo que nos debería preocupar. Pero no por un sentimiento altruista hacia el resto de especies que pueblan La Tierra sino por puro egoísmo. Deberíamos recordar que para que el éxito de una especie sea duradero, no puede producirse a costa de la destrucción del ecosistema donde habita y del que obtiene los recursos que le permiten perseverar en la continua lucha que es la existencia. Eso es tanto como matar a la gallina de los huevos de oro.

¿Qué proporciona al ser humano esa gran gallina de los huevos de oro que es la biosfera? Hagamos un rápido recuento siguiendo la lista confeccionada por el naturalista norteamericano Edward O. Wilson en su libro «El futuro de la vida»: la regulación de la atmósfera y el clima, la purificación y la retención de agua dulce, la formación y enriquecimiento del suelo, el reciclado de nutrientes, la detoxificación y la recirculación de los desechos, la polinización de los cultivos y la producción de leña, alimento y combustible a partir de biomasa. Todos ellos bienes imprescindibles para la continuidad de nuestra sociedad y que solamente podremos seguir obteniendo mientras el medio ambiente no esté excesivamente deteriorado. Pero el problema de conseguir algo gratis es que uno olvida rápidamente su valor y eso es lo que nos ocurre. No nos damos cuenta de que dependemos totalmente del buen estado del resto de la vida del planeta que nos acoge ya que no hay manera de que nuestra ciencia y tecnología puedan reemplazar todos los servicios que la biosfera nos regala.

La vida se ha desarrollado en el planeta Tierra siguiendo su lenta pero continua evolución durante 3.700 millones de años; el Homo Sapiens sólo ha sido parte de ella durante los últimos doscientos mil, poco más que un suspiro a escala geológica. Como dejó escrito el científico y poeta Omar Khayyam «El mundo no era incompleto cuando nacimos,/ nada cambiará tampoco con nuestra ausencia». Pero nuestra especie sí que depende del medio ambiente en el que habita y de los recursos que la biosfera le brinda. Si queremos que nuestra estirpe tenga un futuro halagüeño deberemos frenar nuestra voracidad y comprender que el pan para hoy pero hambre para mañana de nuestro modelo de sociedad tendrá una pronta fecha de caducidad. La palabra clave en nuestro futuro tiene que ser desarrollo sostenible. No nos queda otra.


David Sucunza Sáenz

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Ciencia y Tecnología en 1810


En el período comprendido entre 1760 y 1830 se produjeron sucesos decisivos para la ciencia, sobre todo por sus consecuencias prácticas. Los primeros cuarenta años de ese período corresponden a acontecimientos sociales de gran magnitud: las revoluciones políticas de los Estados Unidos y Francia, y la Revolución Industrial en Inglaterra.
Podemos mencionar:

La máquina de vapor

Telégrafo de Chappe.

La conservación de los alimentos
A fines del siglo XVIII, un repostero francés llamado Francois Appert (1750-1841) recibió un premio de manos de Napoleón por inventar una técnica para conservar alimentos: los guardaba en botellas de cristal, que luego cerraba y sumergía en agua hirviendo. A continuación sellaba herméticamente la botella. El procedimiento permitía contar con comida en buen estado durante períodos prolongados En 1810 nació la lata de conservas
Varios años después, gracias a los estudios de Louis Pasteur, pudo entenderse por qué la técnica de Appert era efectiva: el calor del agua hirviendo mataba los microorganismos del interior de la botella y el contenido no se descomponía.

Las primeras máquinas voladoras "más pesadas que el aire"
También hubo progresos en el campo de la aviación. En 1810 el inglés George Cayley (1773-1857) dejó caer su modelo de avión sin motor desde lo alto de una colina. Hasta este año los únicos artefactos que habían logrado volar eran globos que, por estar llenos de aire caliente, eran más livianos que el aire atmosférico. El planeador sin tripulación fue el primer objeto más pesado que el aire que logró mantenerse en vuelo, aunque sólo por unos pocos segundos.

Actividad científica de la época
La Revolución Industrial estimuló las actividades científicas, sobre todo aquéllas más ligadas a las demandas de un medio industrial en crecimiento, que verificaron una explosión notable en el transcurso de unas pocas décadas. Hacia 1810 los pasos más destacados se dieron en la producción de corriente eléctrica, en las aplicaciones de los gases y en una serie de conocimientos que se consideran la base de la química moderna.

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¿El primer europeo?

[Texto publicado en el diario La Rioja con fecha 5 de abril de 2008]

La semana pasada supimos que una nueva joya ha sido extraída de ese gran tesoro que esconde el yacimiento de Atapuerca. Nada menos que los restos humanos más antiguos encontrados en Europa: un fragmento de mandíbula que aún conserva varios de sus dientes y que perteneció a un homínido que vivió en esta sierra burgalesa hace más de un millón de años. Acaso uno de los primeros europeos. O una de las primeras europeas ya que el pequeño tamaño de la mandíbula parece indicar que se trató de una mujer.

Como todo gran descubrimiento, esta pequeña pieza arqueológica suscita un sinfín de preguntas. A bote pronto, ¿Cómo fueron los primeros homínidos que poblaron Europa? ¿De dónde vinieron? ¿Son antepasados nuestros directos o su linaje se extinguió en algún momento de la prehistoria? Adelantemos que no es fácil dar respuestas precisas a estas cuestiones. Los restos humanos encontrados en los múltiples yacimientos que hay esparcidos por el mundo no son lo suficientemente abundantes ni detallados y existen grandes saltos temporales entre ellos. Digamos que, de la gran película que es la evolución humana, solo tenemos acceso a unos pocos de sus fotogramas y hay que deducir el resto del metraje a partir de estos incompletos vestigios. Y, naturalmente, no todos los especialistas han llegado a las mismas conclusiones así que la controversia es grande.

A grandes rasgos, parece que la película transcurrió como sigue. Hace unos 7 millones de años el antepasado común de los seres humanos y los chimpancés habitaba en los bosques que se extendían por el África Oriental. Cuando un cambio climático transformó este entorno y provocó que el bosque fuese parcialmente sustituido por monte bajo y pradera, una fracción de aquel ancestro común comenzó a evolucionar hacia una forma de locomoción más eficiente en campo abierto: el bipedismo. Andar sobre dos extremidades permitía recorrer largas distancias con menor gasto energético, otear el horizonte para detectar posibles peligros y liberar las extremidades superiores. Esta evolución condujo hasta los conocidos Australopithecus, que consisten en no menos de una veintena de especies de homínidos que poblaron esa zona de África hasta hace un millón y medio de años y cuya capacidad craneana no difería a la de los grandes simios actuales. Este último detalle es importante ya que el incremento en el tamaño del cerebro fue precisamente lo que marcó el nacimiento de nuestra estirpe, el genero Homo. Los restos del primero de ellos, llamado Homo habilis, se han encontrado en Kenia y Tanzania y datan de hace unos dos millones y medio de años. ¿Por qué se dio este aumento de cerebro? No se sabe a ciencia cierta pero es probable que tuviese que ver con un cambio en la dieta, que pasó a ser más variada y rica en calorías. Lo que si está claro es que el aumento se tradujo en una mayor inteligencia ya que junto a los rastros de Homo habilis aparecen las primeras herramientas de piedra tallada.

“Poco” después, hace unos dos millones de años, la aparición del Homo erectus, al que le cabría la denominación de “el pionero”, inició la gran expansión del hombre. Previsiblemente evolucionado a partir del Homo habilis, aunque ambas especies convivieron en África durante unos cientos de miles de años, el Homo erectus tenía ya un tamaño corporal cercano al del ser humano moderno y un cerebro de aproximadamente la mitad. Suficiente materia gris para mejorar su fabricación de utensilios de piedra, y poder así complementar su dieta con carne, aunque no lo bastante para alcanzar otra gran conquista, el control del fuego, que tuvo que esperar hasta hace medio millón de años. En cualquier caso, armado con unas largas piernas que le permitían correr largas distancias y una gran flexibilidad en su alimentación, que le hacían capaz de soportar las penurias de los inviernos de climas más fríos, el Homo erectus comenzó su expansión por el resto de África, Europa y Asia.

¿Cuál fue su camino hasta Atapuerca? Desde luego no pasó por el estrecho de Gibraltar ya que sus capacidades cognitivas no le permitían una empresa de ese calibre. Generación tras generación fue poblando nuevos territorios y extendiéndose cada vez más. Hace 1,7 millones de años lo encontramos al sur del Cáucaso, en la actual Georgia, donde existe un magnífico yacimiento en el que se han desenterrado varias calaveras de este periodo. De ahí, puede suponerse que fue colonizando las zonas que rodean al mar negro y acercándose cada vez más al oeste de Europa. No existen fósiles que garanticen esta ruta pero sí han aparecido utensilios de roca tallada de hace un millón y medio de años en Francia e Italia. Y por el camino debió de ir evolucionando ya que los rasgos de la mandíbula encontrada ahora en Atapuerca, de una edad de 1,2 millones de años, son algo distintos a los de las de Georgia.

Dejemos el relato aquí. Ciertamente, aún quedan muchos avatares que contar hasta la llegada del moderno Homo sapiens pero creo que hemos tenido suficiente como para abrir boca. A los que todavía les pique la curiosidad, les recomiendo una pequeña excursión. Los riojanos contamos con la gran suerte de tener el yacimiento de Atapuerca a más o menos una hora en coche. Anímense y vayan alguna vez a su parque arqueológico<. Podrán ver en qué condiciones trabajan los paleontólogos que allí investigan y resolver muchas dudas sobre nuestros orígenes. Y lo que es mejor, les proporcionará un montón de nuevas preguntas que seguirán alimentando la innata curiosidad de todo ser humano.



David Sucunza

Categoría: Noticias, Ciencia, Antropología
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¿El primer europeo?

[Texto publicado en el diario La Rioja con fecha 5 de abril de 2008]

La semana pasada supimos que una nueva joya ha sido extraída de ese gran tesoro que esconde el yacimiento de Atapuerca. Nada menos que los restos humanos más antiguos encontrados en Europa: un fragmento de mandíbula que aún conserva varios de sus dientes y que perteneció a un homínido que vivió en esta sierra burgalesa hace más de un millón de años. Acaso uno de los primeros europeos. O una de las primeras europeas ya que el pequeño tamaño de la mandíbula parece indicar que se trató de una mujer.

Como todo gran descubrimiento, esta pequeña pieza arqueológica suscita un sinfín de preguntas. A bote pronto, ¿Cómo fueron los primeros homínidos que poblaron Europa? ¿De dónde vinieron? ¿Son antepasados nuestros directos o su linaje se extinguió en algún momento de la prehistoria? Adelantemos que no es fácil dar respuestas precisas a estas cuestiones. Los restos humanos encontrados en los múltiples yacimientos que hay esparcidos por el mundo no son lo suficientemente abundantes ni detallados y existen grandes saltos temporales entre ellos. Digamos que, de la gran película que es la evolución humana, solo tenemos acceso a unos pocos de sus fotogramas y hay que deducir el resto del metraje a partir de estos incompletos vestigios. Y, naturalmente, no todos los especialistas han llegado a las mismas conclusiones así que la controversia es grande.

A grandes rasgos, parece que la película transcurrió como sigue. Hace unos 7 millones de años el antepasado común de los seres humanos y los chimpancés habitaba en los bosques que se extendían por el África Oriental. Cuando un cambio climático transformó este entorno y provocó que el bosque fuese parcialmente sustituido por monte bajo y pradera, una fracción de aquel ancestro común comenzó a evolucionar hacia una forma de locomoción más eficiente en campo abierto: el bipedismo. Andar sobre dos extremidades permitía recorrer largas distancias con menor gasto energético, otear el horizonte para detectar posibles peligros y liberar las extremidades superiores. Esta evolución condujo hasta los conocidos Australopithecus, que consisten en no menos de una veintena de especies de homínidos que poblaron esa zona de África hasta hace un millón y medio de años y cuya capacidad craneana no difería a la de los grandes simios actuales. Este último detalle es importante ya que el incremento en el tamaño del cerebro fue precisamente lo que marcó el nacimiento de nuestra estirpe, el genero Homo. Los restos del primero de ellos, llamado Homo habilis, se han encontrado en Kenia y Tanzania y datan de hace unos dos millones y medio de años. ¿Por qué se dio este aumento de cerebro? No se sabe a ciencia cierta pero es probable que tuviese que ver con un cambio en la dieta, que pasó a ser más variada y rica en calorías. Lo que si está claro es que el aumento se tradujo en una mayor inteligencia ya que junto a los rastros de Homo habilis aparecen las primeras herramientas de piedra tallada.

“Poco” después, hace unos dos millones de años, la aparición del Homo erectus, al que le cabría la denominación de “el pionero”, inició la gran expansión del hombre. Previsiblemente evolucionado a partir del Homo habilis, aunque ambas especies convivieron en África durante unos cientos de miles de años, el Homo erectus tenía ya un tamaño corporal cercano al del ser humano moderno y un cerebro de aproximadamente la mitad. Suficiente materia gris para mejorar su fabricación de utensilios de piedra, y poder así complementar su dieta con carne, aunque no lo bastante para alcanzar otra gran conquista, el control del fuego, que tuvo que esperar hasta hace medio millón de años. En cualquier caso, armado con unas largas piernas que le permitían correr largas distancias y una gran flexibilidad en su alimentación, que le hacían capaz de soportar las penurias de los inviernos de climas más fríos, el Homo erectus comenzó su expansión por el resto de África, Europa y Asia.

¿Cuál fue su camino hasta Atapuerca? Desde luego no pasó por el estrecho de Gibraltar ya que sus capacidades cognitivas no le permitían una empresa de ese calibre. Generación tras generación fue poblando nuevos territorios y extendiéndose cada vez más. Hace 1,7 millones de años lo encontramos al sur del Cáucaso, en la actual Georgia, donde existe un magnífico yacimiento en el que se han desenterrado varias calaveras de este periodo. De ahí, puede suponerse que fue colonizando las zonas que rodean al mar negro y acercándose cada vez más al oeste de Europa. No existen fósiles que garanticen esta ruta pero sí han aparecido utensilios de roca tallada de hace un millón y medio de años en Francia e Italia. Y por el camino debió de ir evolucionando ya que los rasgos de la mandíbula encontrada ahora en Atapuerca, de una edad de 1,2 millones de años, son algo distintos a los de las de Georgia.

Dejemos el relato aquí. Ciertamente, aún quedan muchos avatares que contar hasta la llegada del moderno Homo sapiens pero creo que hemos tenido suficiente como para abrir boca. A los que todavía les pique la curiosidad, les recomiendo una pequeña excursión. Los riojanos contamos con la gran suerte de tener el yacimiento de Atapuerca a más o menos una hora en coche. Anímense y vayan alguna vez a su parque arqueológico<. Podrán ver en qué condiciones trabajan los paleontólogos que allí investigan y resolver muchas dudas sobre nuestros orígenes. Y lo que es mejor, les proporcionará un montón de nuevas preguntas que seguirán alimentando la innata curiosidad de todo ser humano.



David Sucunza

Categoría: Noticias, Ciencia, Antropología
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