[Libro] Historias de Nueva York

Lo primero que hay que hacer si vas a EEUU a vivir es conseguir el Social Security Number. No tiene nada que ver con lo que se entiende por él aquí. El número sirve para conocer el crédito de cada uno, su capacidad de endeudamiento, y vendría a servir también como número de identificación personal, al estilo del DNI español. Te solicitan el número al contratar cualquier tipo de servicio, al comprar a plazos, en el banco.

El problema es que no es nuevo: se reutiliza. Cuando alguien muere, su 0284-22-86, por poner una cifra al azar, vuelve a las oficinas federales y es reciclado y adjudicado a un ser vivo recién estrenado como residente en los Estados Unidos de América. Y si has pillado el de alguna persona que estaba endeudada hasta las orejas tendrás problemas, como lo pasó al autor cuando intentó comprar un teléfono móvil con tarjeta de crédito.

Nueva York, que debería haber sido Nueva Amsterdam, nació en el extremo sureste de Manhattan, donde se instalaron unos cien emigrantes holandeses llegados en mayo de 1623, tres años después de que el Mayflower descargara la primera colonia de puritanos en Massachusetts. Los holandeses imprimieron a su trocito de isla un carácter comercial que resultó imborrable, aunque en 1664 el duque de York conquistara la plaza para la corona británica y cambiara el nombre por el suyo.

El autor conoció a Oliver Sacks. No sabía qué esperar u se encontró:

un hombre muy robusto, antiguo levantador de pesas, ligeramente tartamudo, tímido y de gestos titubeantes, con una sonrisa bondadosa en los ojos. Ese hombre, que perteneció a los Angeles del Infierno, que en 1965 estuvo a punto de morir por su adicción a las anfetaminas, que escaló montañas escandinavas y exploró las regiones vírgenes del Amazonas, que no pudo dedicarse a la investigación en laboratorio porque sus despistes causaban frecuentes catástrofes y que en aquel momento tenía ante mí, vestido con traje y sandalias, era Oliver Sacks.

Habla de Rudolph Giuliani, un exalcalde de Nueva York que en su campaña electoral que le hizo ganar intentó demostrar que la ciudad era un infierno de drogadicción y, disfrazado con chaqueta de cuero y gafas oscuras y seguido por un grupito de periodistas, compró cinco dosis de cocaína en cinco esquinas distintas.
Los titulares del día siguiente fueron tremendos: la «manzana podrida» y demás. Años después se supo que cuatro de las cinco papelinas adquiridas contenían talco, y que sólo con mucha generosidad se podía catalogar como cocaína lo que, mezclado con yeso y anfetamina, contenía la quinta.

Bajo el lema «Los enfermos mentales son buenos vecinos» se optó por no encerrar en hospitales a las personas perturbadas que, en principio, no parecieran entrañar peligro para sí mismas o los demás. Esas personas, sin embargo, podían hacer cosas muy raras si dejaban de tomar la medicación. Cosas como sacar un arma y tirotear a unos cuantos prójimos, o empujar a alguien a la vía del metro. Entre 1990 y 1997 hubo una media de treinta y cuatro incidentes anuales de ese tipo, muertes causadas por perturbados; antes, la media era de veintitrés por año.

Nueva York es la capital mundial de los cocineros. Ninguna otra ciudad dispone de tantos. Pasee por cualquier calle y vaya contando restaurantes: no se acaban nunca.

¿Por que existen torres tan altas? Simplemente porque pudieron hacerse. Los primeros rascacielos fueron creados para impresionar, para demostrar el poderío de una empresa o de un magnate y para atraer clientes con la singularidad del edificio. Las cosas funcionan más o menos igual hoy día.

Explica cómo la cúpula del edificio Chrysler se diseñó con un mástil para evitar que el edificio del Banco de Manhattan, también en construcción, lo rebasara en 60 centímetros y no fuera el más alto. Chrysler tuvo una intuición brillante: había que hacer algo grande para coronar el edificio, algo que fuera excepcional y que no sólo quedara por encima del Banco de Manhattan, sino de la torre Eiffel.

El arquitecto Van Allen ideó un remate de acero inoxidable en forma de lanza, inspirado en la parrilla del radiador de un coche, y empezó a construirlo, en secreto, dentro del propio edificio. Llegado el momento, en noviembre de 1929, la cúpula fue alzada desde el interior e instalada, a la vista de los neoyorquinos, en menos de dos horas. Un golpe maestro. El Banco de Manhattan quedó burlado y empequeñecido.

El golpe de efecto del Chrysler duró poco, sólo dos años. Lo que tardó otro magnate del automóvil, John Raskob, fundador de General Motors, en terminar su rascacielos.

Groucho Marx contaba en Broadway un chiste sobre la Gran Depresión: «No entiendo de economía, pero sé que cuando los neoyorquinos alimentan a las palomas de Central Park, las cosas van bien; cuando las palomas de Central Park alimentan a los neoyorquinos, como ahora, las cosas van mal»

El Empire State se mantuvo durante 40 años como el rascacielos más alto del mundo y se convirtió en el símbolo de Nueva York.
Por cierto que en 1945 un bombardero B-25 de 10 toneladas se dirigía a Newark y se perdió en la niebla. Cuando el piloto logró ver algo, descubrió que se encontraba en un bosque de rascacielos. Esquivó varios, pero no pudo evitar el Empire State. Intentó elevarse y se estrelló contra el piso 79, donde se alojaban las oficinas de ayuda a los combatientes de la Conferencia Nacional Católica. Once oficinistas y los tres tripulantes murieron carbonizados. El edificio resistió perfectamente.

Según dice el autor, el capitalismo ha sobrevivido a todas las alternativas porque, al final, se basa en un vendedor y un comprador que se ponen de acuerdo en un precio. El marxismo, mucho más racional que el capitalismo, fracasó como sistema económico porque carecía de mecanismo de fijación de precios e ignoraba, por tanto, lo que la gente quería y lo que no.

El “que se jodan” tampoco es originario de nuestro país. Lo dijo también el gran monopolista ferroviario William Henry Vanderbilt cuando le sugirieron que el transporte público requería un poco de planificación pública, o sea, política, y un poco de interés por las necesidades de la ciudadanía.

Habla de más ricos en la historia de la gran ciudad. No sé si haciendo sus negocios empobrecieron a muchas personas, pero al menos dos de ellos fueron grandes filántropos. Andrew Carnegie creó una fundación dedicada a «la mejora de la humanidad» y el mantenimiento de la paz, financió 3.000 bibliotecas públicas y estableció varios institutos de investigación científica. Por otra parte, John Davison Rockefeller (quien decía que el dinero “se lo había dado “Dios”) dedicó sus últimos 30 años a crear universidades y organizaciones filantrópicas, y le dio tiempo a ver terminado el Rockefeller Center.

Y finalmente destacar a Teddy Roosevelt. En 1904 topó con el problema de un secuestro. Un ciudadano estadounidense llamado Ion Perdicaris fue secuestrado por el bandido marroquí Mulah Ahmed al Raisuli y la demanda de rescate fue expedida a la Embajada de Estados Unidos. Cuando la noticia llegó a Roosevelt, éste envió unos cuantos barcos de guerra cargados de marines a las costas de Tánger, con un mensaje escueto: «Quiero a Perdicaris vivo o a Raisuli muerto». Bastó la amenaza. Perdicaris fue liberado de inmediato. Desde que esa frase fue pronunciada y surtió efecto, los americanos supieron, mucho antes del suicidio europeo en 1914, que el mundo era suyo.

Para quien quiera viajar a Nueva York o quien guste la historia de la Gran Manzana.

Título: Historias de Nueva York
Autor: Enric González