Cuentos de Asia

En el libro Retorno a la Patagonia, Bruce Chatwin se refiere a sí mismo como un viajero literario. Tal vez así, pensando en algún viaje imaginario, fueron naciendo en este blog los cuentos de Asia que se citan en los posts siguientes, ordenados de más reciente a más antiguo. En casi todos los casos, los cuentos populares que hay en ellos se han versionado libremente. Porque, como alguien dijo, cuando se cuenta una historia, el énfasis acostumbra a cambiar según la época en la que vive la persona que la cuenta…

Bruce Chatwin

Nasrudín y el asno del padre

Un día le robaron a Nasrudín el asno que había sido el compañero de su vida. Mediante los servicios de un pregonero, prometió una buena cantidad de dinero a quien le devolviese el asno. Pero nadie se presentó.

Entonces Nasrudín se decantó por las amenazas. Anunció que el ladrón sería duramente castigado, incluso azotado en la plaza pública.

Y nada. Nadie vino.

Entonces, mandó anunciar por todas partes que, si no se le devolvía su asno, haría lo que hizo su padre, sin precisar nada más.

Al día siguiente apareció el ladrón y le devolvió el asno. Le confesó a Nasrudín que aquella amenaza lo había intimidado e impresionado mucho: “Haré lo que hizo mi padre”. Y le preguntó:

-¿De verdad lo habrías hecho?
-Sin dudarlo.
-¿Y qué hizo tu padre?
-Se compró otro asno...

Cuentos del mulá Nasrudín

Si no preguntas, no aprendes

Nasrudín, además de una etiqueta o categoría de este blog, es el protagonista de cientos de historias populares de Oriente Medio y Asia Central. Su capacidad de supervivencia ha sido tan fuerte, que incluso se mantuvo de pie, sólo con las palabras, en la dictadura soviética.

Uno de los hijos de Nasrudín era muy curioso. Un día le preguntó a su padre:

-¿Cómo es posible que la madera flote en el agua? Eso es lo que le ocurre a una piedra o a un cuchillo.

Nasrudín, que siempre quería responder con seguridad, le respondió:

-Hijo, realmente no lo sé.
-¿Y cómo consiguen respirar los peces en el agua? Porque afuera se ahogan sin el aire...
-No tengo la menor idea -contestó Nasrudín después de otra larga reflexión.
-¿Y el misterio de las mareas? Pero, ¿a qué se deben? ¿Cómo es posible que los mares avancen y retrocedan, como si tuviesen vida propia?
-Hijo mío, tampoco lo sé.
-Pero no te molesta que te haga tantas preguntas, ¿verdad, papá?
-¡Claro que no, hijo! ¡Si no hicieras todas esas preguntas, nunca aprenderías nada!


Si no preguntas, no aprendes

Nasrudín, además de una etiqueta o categoría de este blog, es el protagonista de cientos de historias populares de Oriente Medio y Asia Central. Su capacidad de supervivencia ha sido tan fuerte, que incluso se mantuvo de pie, sólo con las palabras, en la dictadura soviética.

Uno de los hijos de Nasrudín era muy curioso. Un día le preguntó a su padre:

-¿Cómo es posible que la madera flote en el agua? Eso es lo que le ocurre a una piedra o a un cuchillo.

Nasrudín, que siempre quería responder con seguridad, le respondió:

-Hijo, realmente no lo sé.
-¿Y cómo consiguen respirar los peces en el agua? Porque afuera se ahogan sin el aire...
-No tengo la menor idea -contestó Nasrudín después de otra larga reflexión.
-¿Y el misterio de las mareas? Pero, ¿a qué se deben? ¿Cómo es posible que los mares avancen y retrocedan, como si tuviesen vida propia?
-Hijo mío, tampoco lo sé.
-Pero no te molesta que te haga tantas preguntas, ¿verdad, papá?
-¡Claro que no, hijo! ¡Si no hicieras todas esas preguntas, nunca aprenderías nada!


Nasrudín y las facturas

Cuando se  vuelve a contar una historia, la intensidad o el énfasis suele cambiar según el ánimo de la persona que la cuenta. Además, con los relatos se lleva a cabo siempre un proceso de regeneración continuo. Pues bien, en otro post ya hablé de Nasrudín Hodja, un personaje de los cuentos populares del mundo. Un amigo de Pontevedra me envió uno de esos correos que circulan por las redes, que critican algunas de las decisiones de nuestros políticos. No sé cómo, pero al leerlo empezó a transformarse…

Un día, Nasrudín se sentó al borde de un río para descansar. Poco después llegó una multitud con aires muy nerviosos. Le contaron que en algunos lugares del país se estaba entregando, o se iba a entregar, un nuevo tipo de factura, que no había que pagar de momento. Con ella, las autoridades informaban del coste de una visita al médico, o el precio de la asistencia de los servicios de urgencias, o el valor económico de una intervención quirúrgica, y, por supuesto, de todo gasto que los ciudadanos ocasionaban a la sanidad pública.

Nasrudín se asombró, ya que pagaban sus impuestos. “No entiendo”, dijo.

Alguien aseguró, para tranquilizar al gentío, que lo hacían con la "sana" intención de concienciarlos. Porque costaba mucho atenderlos, aunque fuesen ellos mismos, con sus impuestos y cotizaciones, los que pagasen los servicios públicos.

Pero Nasrudín no se tranquilizó nada, al contrario. Y dijo que si admitían esas cosas, acabarían pagando todo lo que se les ocurriese a los gobernantes: por la comida de los hospitales, por el uso de las carreteras y caminos, por disfrutar de parques y jardines, o por sentarse en los bancos de las plazas.

Seguidamente, Nasrudín propuso que elaborasen un escrito y que lo llevasen por todas las ciudades del país. En la propuesta se decía lo siguiente:

Cada vez que el rey, el presidente del gobierno, los ministros, los presidentes de comunidades autónomas, los diputados y senadores, los presidentes de las diputaciones, los alcaldes y los concejales, se suban a su coche oficial, que les de entreguen de inmediato la factura.
Cuando visiten centros de mayores, hospitales o colegios, engalanados especialmente para su visita, que les entreguen de inmediato la factura.
Cuando asistan a la multitud de fiestas, recepciones y comilonas que se organizan por cualquier cosa, que les entreguen de inmediato la factura.
Cuando se suban en trenes o aviones para viajar en clase especial, y con el mejor servicio, que les entreguen de inmediato la factura...

Todo ello, claro está, con la única intención de que "se conciencien" por lo que gastan; y de lo que les cuesta a los ciudadanos mantener a tantos cargos públicos. Y para que, si son gente honesta, pidan de inmediato la reducción de su número al ver el precio de las facturas.

El iPad de los diputados