Max Aub: el paradigma del exilio


Entre estación y estación de este viaje subterráneo del Metro-Barco del Exilio me detengo en un autor por el que siento especial devoción: Max Aub. Ya he dedicado en el blog varias sesquidécadas a sus obras y también ha tenido su nota en exclusiva. En este viaje por el exilio, recordar a Max Aub es un acto de justicia, aunque solo sea por el inmerecido olvido al que fue sometido en vida. Doble o triplemente exiliado, Max Aub es capaz de contar como nadie el drama humano que acompañó a los vencidos de la guerra civil, una ironía del destino esa que le hizo sufrir precisamente por una patria adoptiva que sintió como propia más que muchos de sus contemporáneos.
Esta parada momentánea del metro del exilio, me ha permitido seleccionar cinco de sus obras, cada una representativa de un género y todas relacionadas con el exilio. Comienzo recomendando Campo francés, la última novela -por cronología histórica, no por publicación- del Laberinto mágico, que narra en forma de novela dialogada las peripecias de un grupo de exiliados españoles en un campo de concentración francés. La viveza del diálogo y la desmitificación de algunos estereotipos acerca de los "republicanos" o del papel del gobierno francés en la posguerra son aliciente suficiente para que merezca lugar en este recordatorio.
Dentro del relato breve, son numerosos los cuentos relacionados con el exilio, casi todos en tono dramático, pero voy a destacar uno muy distinto porque emplea el humor como antídoto del horror histórico. Se trata de "La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco", un relato ambientado en un bar de México cuyo camarero está bastante harto de escuchar a los refugiados españoles contar batallitas de España. 
En el género memorialístico, imprescindible la lectura de La gallina ciega, un conjunto de reflexiones sobre el exilio en particular y sobre la vida y la literatura en general. Sobre este libro dijo Aub: "Lo malo es que este libro no se venderá en España, y cuando pueda circular libremente nadie sabrá de qué estoy hablando. Lo más imbécil: clamar en el desierto. Ser inútil".
En poesía, el Diario de Djelfa, escrito en su reclusión en diversas cárceles y en los campos de Vernet y Djelfa, aporta la visión amarga del destierro: "Ay viento, si yo muero / lleva mi polvo / más allá del Estrecho!"
Por último, destaco dentro de su producción teatral la tragedia San Juan, una alegoría de todos los destierros y exilios. El "San Juan", ese buque lleno de judíos que vaga por el Mediterráneo sin que ningún puerto lo quiera acoger, es la historia de nuestros pueblos, de lo que somos y de lo que no queremos ver. El San Juan, el Stanbrook, las barcazas de Lampedusa, las pateras del estrecho... barcos del exilio siempre navegando. 

Sesquidécada: julio 1998

En esta sesquidécada que recuerda algunas de mis lecturas de julio de 1998 habrá dos menciones muy breves y un largo extracto reseña. Cada cual que aproveche según sus intereses veraniegos.

En los confines del mundo es una antología de relatos de Lord Dunsany, un autor que redirigió la ficción fantástica hacia terrenos que supieron abrir otros genios como Lovecraft. Algunos de sus cuentos se pueden leer en la red.


Raymond Queneau es más conocido por sus Ejercicios de estilo que por sus novelas, aunque recomiendo la lectura de Zazie en el metro (acompañada si se quiere por su versión cinematográfica), una delirante ficción de una niña que quiere conocer el metro de París justamente un día en el que sus trabajadores están en huelga. Para los curiosos, Queneau  participó también en la Sociedad Matemática de Francia y fue fundador de OuLiPo, el taller de literatura potencial en que tantos experimentos literarios se cocinaron en los años 60 y 70.



Finalmente, vuelvo a mi venerado Max Aub, cuyos Diarios pude leer con fruición durante aquel verano. Creo que la edición de Manuel Aznar en Alba editorial está ya descatalogada, por lo que debe ser difícil encontrar una edición en la actualidad. Por ello, me he animado a recoger algunos extractos que tienen especial valor para mí. Espero que os gusten. Y recordad: "La certeza es la fe; la duda, la literatura".



  • 17 de enero de 1941


Ha habido dos pueblos elegidos: el judío y el español. Ambos han querido imponer su religión al mundo. Ambos lo han esperado todo del milagro - y en el fondo sus sentimientos lo esperan todavía-. Prodigiosa esperanza... De eso morimos matando.

  • 3 de febrero de 1941

La certeza es la fe; la duda, la literatura.

  • 14 de mayo de 1941

Crisis de la moral en sí. La gente traiciona no por servir un ideal o por propio provecho (Fouché, Danton) sino por abandono total de toda dignidad. Porque la traición ha llegado a ser una cosa natural. La gente no tiene adónde agarrarse porque todos los adversarios tienen como medios los exclusivamente utilitarios. Proclaman que los medios no le hacen, que lo que se busca es el fn, que una vez éste conseguido ya dignificaremos los medios. ¡Como si hubiera un fin en la historia!

  • 11 de enero de 1945

La gente ha dejado de leer novelas en la proporción de los periódicos y revistas que ve. Prefiere la aportación a granel, sin que haga trabajo de selección. Se debe en parte a que la “ficción” se huele a falso, sin darse cuenta de que la “información” lo es tanto o más.

  • 22 de enero de 1945

Decimos: habiendo tanto que decir, tanto que, por mucho que hagamos, siempre quedarán casos que poner en relieve, ¿para qué inventar? Creo que no tengo derecho a callar lo que vi para escribir lo que imagino.

  • 17 de marzo de 1948

¿Quién habla estos días de Franco? Grajo feliz con la peste de los demás. El fascimo se nutre de cadáveres o de su olor. (...) No hay nada más espectacular que la muerte.

  • 28 de abril de 1950

Es curioso: ahora hace poco más o menos once años que salió uno de España, donde estáis enterrados: tú, Federico [García Lorca]; tú, Miguel [Hernández]. Es curioso: once años, y por persona decente.
Es decir, que si uno fuese un desvergonzado, un cínico, un deshonrat -que dicen por mi tierra-, o un rico -esto último con ciertas limitaciones-, entonces sí hubiese podido pisar esa tierra donde estáis enterrados de mala manera. Qué tiempos, ¿no?

  • 24 de marzo de 1951

Creo que la literatura tiene algo más que hacer que divertir: debe tener razón. Creo que la literatura tiene algo más que hacer que ser bonita: debe tener razón. Debe tener razón en todos los sentidos de la frase. No quiero creer que nada existe porque sí: la belleza menos que nada, ni la calidad.

  • 15 de octubre de 1951

Escribo por no olvidarme.

  • 1 de marzo de 1952

¿Qué queréis, que se dobleguen o callen todos a vuestro albedrío? Pues yo no. Salí de España por no callar -porque ésa es mi manera de combatir, porque mi profesión es la de escritor- y no callaré mi verdad.

  • 5 de abril de 1952

No admitiré nunca, creyendo como creo en el progreso, que se sacrifique la libertad en pro de un porvenir que sé no será más que un eslabón de un estadio futuro que, a su vez, será también la base de otro. Hay que retener siempre lo bueno -lo agradable, lo hermoso- y desechar lo malo -lo desagradable, lo feo-; y lo bueno y lo malo tal como lo juzgue cada uno. (...)
Todos los novelistas son ateos. Ya el arte en sí, por lo que tiene de creación, y contrario a la idea de Dios.
Toda religión es enemiga del arte.

  • 22 de noviembre de 1953

Nunca han estado tan distantes los puntos de vista del poeta y del político. La dictadura que hoy impera en la mayor parte de estados del mundo sólo permite la expresión que le conviene y ésta es, por ende, mediocre. Sólo los exiliados pueden permitirse el lujo -lo es- de escribir algo valedero, en espera de que, al prolongarse las dictaduras, sus voces se vayan extendiendo por consunción.

  • 25 de marzo de 1954

Queda la policía, mi odio hacia ella, la seguridad de que su prevalencia sobre el mundo de hoy nos lleva a una época oscura.

  • 20 de marzo de 1966

Ahora ha pasado demasiado tiempo -para mí-, no me tendrán que recordar sino descubrir. Y en España no se descubre a ningún escritor: sólo se olvida. Y a mí, ni eso: con  razón. Lo anterior valía muy poco, lo demás lo desconocían.
¡A las historias de la literatura!, que son una especie de recogedores de basura, clasificada para aprobar una asignatura de bachillerato.

  • 19 de mayo de 1972

España seguirá siendo lo que es, no lo que queramos que sea. Lucida, orgullosa, ignorante y creyente en Dios y en todos los santos (algunos laicos) y con la suficiente dosis de anticlericalismo para mantener viva la Iglesia.

  • 23 de mayo de 1972

Vuelvo a repetirlo, no entiendo a todos esos moribundos que aspiran a ser enterrados aquí, a pesar de sus ideas. Mientras reine Franco, no morirme en España ni por casualidad. Cualquier otro lugar sería bueno.

Sesquidécada: febrero 1997

Unos amigos lectores me comentaban el otro día que cada vez les cuesta más mantener la atención en esas lecturas morosas de la novela del XIX. No es fácil enfrentarse a capítulos de veinte o treinta páginas en los que no ocurre apenas nada, ni siquiera para nosotros que 'aprendimos' literatura con esos modelos (no digo ya para nuestros jóvenes de atención dispersa). Algunas de aquellas obras del canon universal parecen condenadas a la espera de un lector paciente que se atreva con ellas.
No sé si pasaría la prueba del lector paciente la primera obra de esta sesquidécada. Se trata de una novela río, nunca mejor dicho, pues es un río quien incluso le da nombre: El Don apacible. Ya hablé de ella con motivo de una serie de libros que reseñé bajo la etiqueta de "los raros y los largos". Esta novela de Mijail Shólojov cuenta el convulso periodo de la revolución rusa y los acontecimientos posteriores, tomando como referencia la tierra de los cosacos. Es, en cierta medida, una novela épica, pero también muy humana, con unos personajes sólidos y una trama que cautiva al lector. Tuve en su día el atrevimiento de analizar con detalle sus más de mil páginas y llegué a preparar un trabajo para la asignatura de novela contemporánea que impartía el profesor Joan Oleza. Recientemente han aparecido ediciones más manejables que la que se muestra en la imagen de esta nota, de modo que os animo a hincarle el diente a un auténtico novelón ruso.
Otra obra con la que quiero ilustrar estas lecturas de hace quince años es la doble recopilación de relatos de Max Aub, Cuentos ciertos y Ciertos cuentos. Algunos de esos relatos han sido reeditados en diversas ocasiones; bajo el título Enero sin nombre y Escribir lo que imagino, la editorial Alba recopiló los cuentos relacionados con la guerra civil y los relatos más o menos fantásticos, respectivamente.
Como todo en esta vida parece confluir misteriosamente en círculos que nos devuelven una y otra vez a los mismos lugares, la relectura de Aub, un clásico de este blog, me ha llevado a recordar El manuscrito cuervo, un supuesto relato del cuervo Jacobo en el que se cuenta la visión del mundo humano a partir de la observación de los presos del campo de concentración de Vernet, en el que estuvo el propio Aub. No he encontrado versión digital, así que os dejo un par de citas:
"Los hombres hacen lo que no quieren. Para lograr este fin, tan absurdo a nuestras luces, inventaron quien les mande (...). Los que más mandan tampoco hacen exactamente lo que quieren, porque siempre dependen de una fuerza inventada por ellos, la Burocracia. La Mentira y la Burocracia son los dioses de los externos."
"Llega su aberración a tal grado que, no contentos con huir personalmente de la ociosidad, los hay que hacen trabajar a los demás. Llaman a eso negocio. Desde luego los negociantes son la casta humana más despreciable. Tal enfermedad ha llevado a esta desdichada humanidad a creer que hay que ganar algo para comer".
Esta lectura me hizo recordar un relato que preparé hace unos años mientras participaba como jurado en la preselección de cuentos del certamen internacional organizado por la Fundación Max Aub de Segorbe. En mi historia, tomo como modelo el relato de Max Aub y algunos de sus leit-motive. Como decía, a modo de cierre del círculo, el pasado jueves intervine en Radio Purpos/ed [Es], invitado por Gorka Fernández, de Tres Tizas, para hablar de la #primaveravalenciana; en el mismo programa, Felix Ramos, presidente del foro por la memoria de Huelva, mencionaba la satisfacción que supone para las familias la recuperación de los restos de represaliados enterrados en miles de fosas anónimas. Creo que era justo sacar a la luz, junto con el programa de radio, aquel relato perdido en un disco duro. Espero que os gusten ambos testimonios.


Manuscrito perro

Sesquidécada: febrero 1997

Unos amigos lectores me comentaban el otro día que cada vez les cuesta más mantener la atención en esas lecturas morosas de la novela del XIX. No es fácil enfrentarse a capítulos de veinte o treinta páginas en los que no ocurre apenas nada, ni siquiera para nosotros que 'aprendimos' literatura con esos modelos (no digo ya para nuestros jóvenes de atención dispersa). Algunas de aquellas obras del canon universal parecen condenadas a la espera de un lector paciente que se atreva con ellas.
No sé si pasaría la prueba del lector paciente la primera obra de esta sesquidécada. Se trata de una novela río, nunca mejor dicho, pues es un río quien incluso le da nombre: El Don apacible. Ya hablé de ella con motivo de una serie de libros que reseñé bajo la etiqueta de "los raros y los largos". Esta novela de Mijail Shólojov cuenta el convulso periodo de la revolución rusa y los acontecimientos posteriores, tomando como referencia la tierra de los cosacos. Es, en cierta medida, una novela épica, pero también muy humana, con unos personajes sólidos y una trama que cautiva al lector. Tuve en su día el atrevimiento de analizar con detalle sus más de mil páginas y llegué a preparar un trabajo para la asignatura de novela contemporánea que impartía el profesor Joan Oleza. Recientemente han aparecido ediciones más manejables que la que se muestra en la imagen de esta nota, de modo que os animo a hincarle el diente a un auténtico novelón ruso.
Otra obra con la que quiero ilustrar estas lecturas de hace quince años es la doble recopilación de relatos de Max Aub, Cuentos ciertos y Ciertos cuentos. Algunos de esos relatos han sido reeditados en diversas ocasiones; bajo el título Enero sin nombre y Escribir lo que imagino, la editorial Alba recopiló los cuentos relacionados con la guerra civil y los relatos más o menos fantásticos, respectivamente.
Como todo en esta vida parece confluir misteriosamente en círculos que nos devuelven una y otra vez a los mismos lugares, la relectura de Aub, un clásico de este blog, me ha llevado a recordar El manuscrito cuervo, un supuesto relato del cuervo Jacobo en el que se cuenta la visión del mundo humano a partir de la observación de los presos del campo de concentración de Vernet, en el que estuvo el propio Aub. No he encontrado versión digital, así que os dejo un par de citas:
"Los hombres hacen lo que no quieren. Para lograr este fin, tan absurdo a nuestras luces, inventaron quien les mande (...). Los que más mandan tampoco hacen exactamente lo que quieren, porque siempre dependen de una fuerza inventada por ellos, la Burocracia. La Mentira y la Burocracia son los dioses de los externos."
"Llega su aberración a tal grado que, no contentos con huir personalmente de la ociosidad, los hay que hacen trabajar a los demás. Llaman a eso negocio. Desde luego los negociantes son la casta humana más despreciable. Tal enfermedad ha llevado a esta desdichada humanidad a creer que hay que ganar algo para comer".
Esta lectura me hizo recordar un relato que preparé hace unos años mientras participaba como jurado en la preselección de cuentos del certamen internacional organizado por la Fundación Max Aub de Segorbe. En mi historia, tomo como modelo el relato de Max Aub y algunos de sus leit-motive. Como decía, a modo de cierre del círculo, el pasado jueves intervine en Radio Purpos/ed [Es], invitado por Gorka Fernández, de Tres Tizas, para hablar de la #primaveravalenciana; en el mismo programa, Felix Ramos, presidente del foro por la memoria de Huelva, mencionaba la satisfacción que supone para las familias la recuperación de los restos de represaliados enterrados en miles de fosas anónimas. Creo que era justo sacar a la luz, junto con el programa de radio, aquel relato perdido en un disco duro. Espero que os gusten ambos testimonios.


Manuscrito perro

Sesquidécada: octubre 1996

Octubre de 1996. Me encuentro de nuevo picoteando en mundos de lecturas diversas: los viajes de Colón contados -supuestamente- por él mismo; el Diario del Nautilus, una recopilación de artículos de Muñoz Molina; las elegías de Bierville, de Carles Riba... Una vez más debo escoger para que estas sesquidécadas no se conviertan en listas interminables.
Primera elección: Vida y obra de Luis Álvarez Petreña, de Max Aub. Mi debilidad por este autor es ya conocida por quienes pasáis por aquí. No es esta una de sus mejores novelas, pero tiene dos detalles que la hacen interesante para los aficionados a la literatura. En primer lugar, se fue construyendo a tramos, con invenciones y añadidos a lo largo del tiempo, lo que la convierten en una auténtica obra en progreso. En segundo lugar, el elemento metaliterario y la deliberada confusión entre realidad y ficción la hacen más moderna de lo que parece. De hecho, junto con Jusep Torres Campalans, otra biografía ficticia del autor, conforman un volumen recientemente editado por RBA: Dos vidas imaginarias. Es buena ocasión para disfrutar de los engaños de Aub.
Segunda elección: Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Poco puedo decir de esta obra, fundamental dentro del canon de la novela occidental. Recuerdo que la leí para compararla con La Regenta de Clarín -aunque en aquellos días estaba leyendo Su único hijo- y para constatar esa fijación de los autores decimonónicos con el adulterio femenino (trasunto de la propia burguesía, esa dama casquivana acosada por la aristocracia y el proletariado que renuncia a su lugar natural para darse a la fuga con su ideología liberal). Como alguna vez ha apuntado Joselu -otro gran fingidor literario-, no sé si estas novelas del XIX tendrán lectores en esta época de modernidad líquida. En todo caso, otros vendrán que volverán a darles vida, sin duda.
Tercera elección: Els treballs perduts, de Joan Francesc Mira. Esta novela supone una adaptación de los doce trabajos de Hércules a la vida cotidiana de un personaje en la Valencia de los años 80. Más allá de la divertida recreación mitológica en clave urbana, esta lectura me llevó a mi primera intervención pública en valenciano. A pesar de ser castellanohablante y de hacer filología española, en segundo curso de carrera decidí apuntarme a la línea en valenciano, pensando que sería la única manera de lanzarme a hablar en valenciano. Con la reseña de Els treballs perduts me estrené y superé esos miedos a lenguas ajenas que asaltan a todo el mundo alguna vez y que hay que vencer, sobre todo si eres filólogo, pues en eso consiste tu oficio, en amar las lenguas, por encima de patriotismos, por encima de fronteras.

Sesquidécada: octubre 1996

Octubre de 1996. Me encuentro de nuevo picoteando en mundos de lecturas diversas: los viajes de Colón contados -supuestamente- por él mismo; el Diario del Nautilus, una recopilación de artículos de Muñoz Molina; las elegías de Bierville, de Carles Riba... Una vez más debo escoger para que estas sesquidécadas no se conviertan en listas interminables.
Primera elección: Vida y obra de Luis Álvarez Petreña, de Max Aub. Mi debilidad por este autor es ya conocida por quienes pasáis por aquí. No es esta una de sus mejores novelas, pero tiene dos detalles que la hacen interesante para los aficionados a la literatura. En primer lugar, se fue construyendo a tramos, con invenciones y añadidos a lo largo del tiempo, lo que la convierten en una auténtica obra en progreso. En segundo lugar, el elemento metaliterario y la deliberada confusión entre realidad y ficción la hacen más moderna de lo que parece. De hecho, junto con Jusep Torres Campalans, otra biografía ficticia del autor, conforman un volumen recientemente editado por RBA: Dos vidas imaginarias. Es buena ocasión para disfrutar de los engaños de Aub.
Segunda elección: Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Poco puedo decir de esta obra, fundamental dentro del canon de la novela occidental. Recuerdo que la leí para compararla con La Regenta de Clarín -aunque en aquellos días estaba leyendo Su único hijo- y para constatar esa fijación de los autores decimonónicos con el adulterio femenino (trasunto de la propia burguesía, esa dama casquivana acosada por la aristocracia y el proletariado que renuncia a su lugar natural para darse a la fuga con su ideología liberal). Como alguna vez ha apuntado Joselu -otro gran fingidor literario-, no sé si estas novelas del XIX tendrán lectores en esta época de modernidad líquida. En todo caso, otros vendrán que volverán a darles vida, sin duda.
Tercera elección: Els treballs perduts, de Joan Francesc Mira. Esta novela supone una adaptación de los doce trabajos de Hércules a la vida cotidiana de un personaje en la Valencia de los años 80. Más allá de la divertida recreación mitológica en clave urbana, esta lectura me llevó a mi primera intervención pública en valenciano. A pesar de ser castellanohablante y de hacer filología española, en segundo curso de carrera decidí apuntarme a la línea en valenciano, pensando que sería la única manera de lanzarme a hablar en valenciano. Con la reseña de Els treballs perduts me estrené y superé esos miedos a lenguas ajenas que asaltan a todo el mundo alguna vez y que hay que vencer, sobre todo si eres filólogo, pues en eso consiste tu oficio, en amar las lenguas, por encima de patriotismos, por encima de fronteras.