La cómoda: metáforas de la escuela (II)


La cómoda de la abuela siempre nos ha acompañado en casa. Crecimos jugando entre sus patas y guardando tesoros en sus cajones. La cómoda forma parte de nuestra historia familiar y a nadie se le ocurriría deshacerse de ella. Sin embargo, con el paso de los años, la cómoda se ha ido convirtiendo en un trasto que ocupa mucho sitio, un mueble poco útil cuyos cajones se atascan demasiado a menudo. Además, cada vez que se mueve para limpiar el polvo detrás, todo cruje y se astilla.
Hace poco, mi hermano el informático trató de acercarla al enchufe, pensando que podíamos cambiar las fotos antiguas por un marco de fotos digital; lo único que consiguió fue romperle una pata. Otro día, mi cuñado el diputado, la arrastró él solito hasta el cuarto de baño, pensando que sería útil para guardar toallas y cremas, y le rompió otra pata. Como sigan así, acabarán por destrozarla.
La única manera de mover la cómoda de la abuela es ponernos de acuerdo toda la familia y empujar con cuidado de un lado y de otro, pasito a pasito, centímetro a centímetro, ganando terreno muy poco a poco y sabiendo muy bien hacia dónde vamos.
A la cómoda de la abuela, como indica su nombre, no le gusta que le den mucho meneo, pero tampoco le agrada la idea de que la arrumben en el trastero. Nuestra cómoda, con tantos achaques como orgullo, mantiene su vocación de ser útil, para guardar la herencia familiar pero también como testigo de juegos y almacén de tesoros.



Crédito de la imagen: Mercado libre

Mario revisitado


Ya ves, te has ido con tu cabezonería de siempre, sin ceder en tus pretensiones de cambiar el mundo, de cambiar la Escuela. Porque, a ver, ¿qué más te daba a ti cambiar la Escuela, si tenías tu sueldo fijo de funcionario? ¿Para qué señalarte delante de amigos y conocidos? Porque a mí me tocaba siempre disculparte: "Ya sabéis cómo es Mario, un soñador, un utópico". Que la gente nos miraba mal, como si los estuviésemos señalando con el dedo por ser unos antiguos. Y todo porque te empeñabas en ser moderno, en vivir el siglo XXI, qué perra con el siglo XXI, como si en el XIX no hubiésemos tenido genios. Porque el que quiere aprender, aprende, que eso lo decía mi padre. Y si no, que se vayan a trabajar. Y tú todo el día con las nuevas tecnologías, como si eso fuese a arreglar el mundo: que si blogs, que si wikis, que si redes sociales... Encima cabreado porque tus compañeros no te seguían el rollo, como si uno tuviera la obligación de aprender a hacer blogs o a perder el tiempo con el twitter. Ya sé que muchos de esos reaccionarios como tú los llamabas manejan los smartphones y las webs de viajes con soltura, pero no me vas a decir que es lo mismo el whatsapp para enviar cosas graciosas a los amigos que tener que estar pendiente de que los alumnos te manden trabajos de clase. ¡Qué barbaridad! Así cómo no ibas a crearte enemigos. Igual que con lo del cambio metodológico, ¡el cambio metodológico!, que parecía que nombrases la divinidad. ¿Qué tiene de malo dar clase explicando las cosas a quien no las sabe? ¿Hacen algún mal los profesores desasnando a los niños malcriados? Porque toda la culpa de esto es de las familias, que ya no saben educar. No van a ser los profesores los malos. Aunque tú siempre tuviste algo de inquina contra los profesores, que no parecías siquiera uno de ellos, que bien sabes que te llamaban el traidor, el amigo de los niños, con cierta sorna. Pero tú ahí, con la manía de cambiar la Escuela, de tomártelo todo a la tremenda. Como cuando le dijiste al de Filosofía que la administración podría ahorrarse su sueldo contratando a un parado que leyese la wikipedia, o cuando le soltaste al de Lengua que hay aplicaciones en internet que permiten pasar un año analizando oraciones sin que él se molestase en ir a clase. Eso eran ganas de buscarte problemas. Lo que me decían tus compañeros a mí cuando te ibas a eventos educativos: "Es que Mario solo quiere que los chavales trabajen con vídeos, con debates, con faenas pesadas en las que se tiran un montón de días perdiendo clase, sin avanzar en el libro y luego, claro, la mitad del currículo se queda sin dar y los demás tenemos que enseñar lo que se deja atrás..." ¡Ay, Mario! ¡Cuánto me has hecho sufrir. Porque era yo quien me lo tragaba todo, incluso las quejas del director, que siempre decía que los tratabas como si fueran de otra época, que parecía que hubieses bajado de una cápsula del tiempo. Y ahora que te has ido parece que todos respiran aliviados, pueden seguir con sus clases magistrales, con sus exámenes de teoría, con sus libros de texto. Ahora que te has ido pueden pedir cursos de formación para hacer ejercicios interactivos sin que te rías de ellos. Ahora, mientras leen tranquilamente el periódico en la sala de profesores, se pueden quejar de que los niños no tienen interés por nada sin que les eches una mirada asesina. Ahora que te has ido, ni siquiera necesitan que les mandes una postal desde tu querida Finlandia.

Crédito de la imagen: 'untitled'

Sesquidécada: octubre 1998

Igual que hay gente que debería caerte bien y te cae mal (y así nos va), ocurre a veces lo contrario: no podemos evitar la simpatía por alguien que merecería nuestro desdén. Es lo que me pasa con uno de los autores que más estimo: se trata de Quevedo, protagonista exclusivo de esta sesquidécada,. No sé cuándo leí por primera vez un poema suyo, difícil remontarse tan lejos. El Buscón ha ocupado ya alguna sesquidécada también. Ahora Quevedo vuelve a esta serie porque en el lejano octubre de 1998 andaba yo leyendo un ensayo de Maxime Chevalier, Quevedo y su tiempo: la agudeza verbal. En verdad, si alguien debe encabezar el paradigma del ingenio verbal, ese es don Francisco de Quevedo y Villegas. Mi admiración por él está por tanto justificada, al menos en cuanto a mi condición de filólogo. Pocos han alcanzado la maestría de Quevedo en el arte de la dilogía, de la metáfora, de la ironía, de la paradoja, de la antítesis, de la hipérbole... Pero también pocos han sido tan cáusticos en el uso de la burla, el sarcasmo, la misoginia o la xenofobia. Del látigo quevediano pocos coetáneos se libraron, en especial los más débiles. Si bien es cierto que era tradición asentada incluso entre intelectuales atacar a conversos o a mujeres, eso no disculpa la especial animadversión de Quevedo hacia esos colectivos. Soy consciente de que no debemos juzgar a personajes de otras épocas bajo los patrones de la nuestra, pero leer a Quevedo hace que te hierva la sangre en más de una ocasión por la ferocidad de sus ataques. Sin embargo, como avanzaba al principio, no consigo que me caiga mal del todo, en parte por ese arte suyo con la palabra y en parte también porque esa mala baba la repartía a diestro y siniestro, como si no fuese más que una vía de escape a su propia frustración. No es sencillo acercarse a la escritura de Quevedo sin tener buenas armas en competencia lectora. Hay maravillosos poemas que admiten una lectura 'fácil' (el más conocido el que habla del amor más allá de la muerte), pero sus acólitos realmente disfrutamos con esos textos que se repliegan sobre sí mismos en una espiral de significados, formando isotopías difíciles de desentrañar, como jeroglíficos hechos con palabras que nunca acaban de cerrar su sentido último. Disfrutamos con esos textos y también con su verso punzante y con su prosa gamberra, como la del Buscón.
Creo que la historia de la literatura tiene pocos personajes tan incisivos como Quevedo. Tal vez Larra habría fraguado un carácter y un estilo similar si hubiese tenido tiempo para ello. En el siglo XX, a pesar del auge del periodismo, en el que podría destacar esa agudeza verbal quevediana, no hallo herederos a su altura; se le aproximan en alguna de sus columnas Francisco Umbral o Juan José Millás, y paremos de contar.
Quevedo es querido y odiado a partes iguales, aunque la crítica literaria siempre lo salvará. Como homenaje también, os dejo este relato, que surgió a partir de una petición especial de mi amiga Mercedes Ruiz para el proyecto 'O Apostolo'. El relato tiene demasiados tintes autobiográficos como para ser tomado a broma, así que cuidado...



P.D: Si no se creen la amistad entre Quevedo y Góngora, miren a ver quién aparece en el icono de la pestaña del navegador en este enlace a las poesías de Quevedo.

Cincuenta sombras de Calisto


CALISTO: Sempronio, lleva este mensaje a Melibea. Entrégale también esa caja de ahí.
SEMPRONIO: Sí, señor.
MELIBEA: ¿Qué me trae, Sempronio? ¿Acaso otro mensaje del señor Calisto? Veamos:
De: Calisto
Para: Melibea
Asunto: Cordón

Señorita Melibea. Ese cordón que me hizo llegar a través de Celestina se ha convertido ya en una pieza única de mi colección. Estoy deseando usarlo pronto y supongo que usted también. La espero el sábado; la víspera de festivo añadirá más aliciente a nuestros juegos.
SEMPRONIO: Señorita Melibea, mi señor también quiere entregarle esta caja.
MELIBEA: ¡Oh, una paloma!
SEMPRONIO: Se trata de la mejor paloma mensajera de la ciudad. Es capaz de entregar mensajes de hasta mil palabras en menos de cinco minutos. Muchos reyes matarían por tenerla.
MELIBEA: No puedo aceptarla. ¿O tal vez debería hacerlo si no quiero parecer descortés? Bueno, será sólo un préstamo. Dígaselo a su señor.
Cielos, qué serio es este hombre. Tendría que haberle preguntado algo sobre Calisto, sobre sus silencios, su manera de estar ausente, y sobre ese rechazo a subir escaleras.
De: Melibea
para: Calisto
Asunto: Regalos

Señor Calisto. Sabe que no me gusta que me trate como a una de esas jovenzuelas que acompañan a la puta vieja Celestina que tan amiga suya parece ser. Esta paloma que me ha enviado será solo un instrumento de comunicación. No quiero tener que agradecerle nada. Atentamente, Melibea.
Ahora solo tengo que prender el mensaje a la paloma y, ¡ale!, vuela con tu amo. Voy a darme un baño.
¿Por qué este cuerpo parece rebelarse contra mis deseos? ¿O es contra mi razón? Porque yo deseo entregarme a Calisto, o al menos, la diosa que llevo dentro así lo desea. Pero mi cabeza piensa lo contrario y se niega a someterse a la tiranía de ese noble que se cree el amo del mundo...
CALISTO: ¿De verdad piensas que me creo el amo del mundo?
MELIBEA: ¡Cielos! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo te atreves a entrar en mi baño? ¿Cómo has llegado tan pronto? ¿Y de qué manera accedes a mi pensamiento?
CALISTO: Sabes que puedo conseguirlo todo, incluso adivinar tus miedos y deseos. Pero no estoy aquí para darte explicaciones. He recibido tu mensaje y no me ha gustado nada el tono con el que mencionas a Celestina. Ya te dije que esa anciana había sido muy importante en mi vida.
MELIBEA: Ya lo sé, aunque nunca me has aclarado si ella también te ha hecho así de pervertido. Nunca me cuentas nada, por ejemplo por qué ese miedo a subir escaleras.
CALISTO: Señorita Melibea, aquí soy yo quien hace las preguntas y quien dicta castigos o entrega recompensas. Creo que voy a tener que usar ya ese cordón que me envió.
MELIBEA: ¿Me va a doler?
CALISTO: Te dolerá un poco, pero, si sigues frunciendo el ceño y mordiéndote el labio, no podrás sentarte hasta pascua de Pentecostés.
MELIBEA: Señor Calisto, sé que le gustaría que le dijera que soy su esclava, pero no tiene ningún derecho a presentarse aquí y amenazarme con castigos. ¿Por qué me mira así? ¿Qué va a hacer con ese cordón? ¿Y esas tenacillas? (La diosa que llevo dentro aplaude a rabiar)
CALISTO: Date la vuelta y apoya la frente en ese escabel. ¡Oh, Melibea! En esto veo la grandeza de Dios...


El negro Juan

penitentes

De las Historias fingidas,
obra original en prosa escrita por el agente de aduanas
José Simón González de la Serra y Villa
en la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla.

El negro Juan, por filiación completa Felipe Juan Nepomuceno Carabias y Guevara, era hombre de comunión diaria, servicial y devoto de la Virgen, Nuestra Señora. A la muerte de su amo, quien lo trajo de la plantación cubana en la que había nacido, recibió el beneficio de la libertad bajo la condición de emplear durante el resto de su vida al menos una jornada en el cuidado de la capilla de la cofradía de los negros situada extramuros de la ciudad. Hombre de palabra, pese a su origen servil, no faltó a su obligación ni un sólo día de su vida. Allá podríais verlo todos los jueves cambiando la candelería del retablo, repasando con paño húmedo el marco de las pinturas, perfilando con pincel los vericuetos de los bordados y atendiendo en el minúsculo despacho los requerimientos de quienes se acercasen a la capilla para la entrega de ofrendas, encargos píos, demanda de trabajo, comida o simple consuelo. Entretenía el resto de los días en acercarse a las atarazanas, donde siempre recibía algún encargo de traslado de fardos, y en frecuentar las puertas del convento de San Agustín, pues los frailes solían contar con sus servicios para el mantenimiento de la huerta interior y el trasiego de productos a los mercados y talabarteros que en aquellos tiempos cosían las esquinas de la ciudad con sus pregones acerados, sus requiebros a las dueñas jóvenes y sus chismes. Pese a su condición de liberto, lo cierto es que el negro Juan era por aquel entonces hombre respetado y conocido, tanto por la piedad de sus actos y bonhomía como por no recordársele negativa  alguna ante los ruegos de quienes con él pretendiesen contar. Precisamente por el carácter popular y entrante del personaje sorprende su protagonismo en los hechos que tuvieron lugar en la noche del Jueves Santo del año del Señor de 1604.

Era costumbre antigua que en los días señalados de la Semana Mayor las cofradías de disciplinantes tomaran las calles de la ciudad para hacer acto penitencial público que sirviera de purga de los propios pecados y expiación colectiva. Las motivaciones que llevaban a los disciplinantes a sacarse la piel la tiras ante los gritos de asombro, admiración y repugnancia de quienes transitaban plazas y callejones sería prolijo consignar en estas páginas. Para ello, los archivos documentales sevillanos ofrecen múltiples obras, sermones y documentos de toda índole en los que se describen y analizan con detalle. Sí ha de tenerse en cuenta que no era una costumbre plenamente aceptada por la jerarquía eclesiástica, que ya en el sínodo del mismo año 1604 se había manifestado en la línea de un mayor control de tales explosiones de fervor penitencial por no considerarlas fruto de la piedad, sino de otras pasiones humanas de todo punto censurables. Así queda de manifiesto en una carta inserta en la Regla de la Cofradía de la Sanctíssima Vera Cruz, en la cual se alude al “desorden que ai en este Arçobispado, i principalmente en esta ciudad de Sevilla”.

Desde la perspectiva que dan los años, se nos antoja que el artificio del acto penitencial público pudo estar en el origen de los acontecimientos que implican al negro Juan y que tantos pliegos de reflexión llenaron en los años sucesivos. Aunque tampoco pueden desestimarse las peculiaridades de una sociedad que sólo competía en condiciones de equidad en los días en que se conmemora la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, pues, como se sabe, ante el Pastor Supremo todas las ovejas nos presentamos adornadas con las mismas cualidades.

Es el caso que en la susodicha jornada confluyeron a la misma hora en la plaza del Divino Salvador los cofrades de la Hermandad de Nuestra Señora de la Antigua y los negros de la de los Ángeles. Los primeros, amparándose en su condición hidalga, forzaron la preeminencia de sus insignias y adelantaron el paso, encontrándose con la negativa de los negros a ceder un privilegio que ostentaban desde tiempo atrás. La disputa, según refieren algunos testigos, elevó el tono. El mayordomo de los negros, al parecer, adujo a grandes voces la falta de piedad de los de la Antigua, en quienes dijo no encontrar “ninguno de los hermanos, sino alquilados y disciplinantes de comercio”. Suponemos que el tal mayordomo habría de referirse a la extendida costumbre nobiliaria de enviar penitentes que ocupasen sus puestos en el cortejo, como se enuncia en los Fastos geniales, obra redactada en 1605 por viajero portugués Tomé Pinheiro en referencia a costumbres vallisoletanas que serían perfectamente equiparables a las sevillanas:

“Los cofrades de sangre están obligados a disciplinarse, y cuando no pueden dan un criado, o amigo, o persona alquilada, y no faltan infinitos de estos Simones Cirineos por ocho reales.”

Como suele ser habitual en esta ciudad, el conflicto discurrió durante buen tiempo en el terreno de las palabras y los amagos, no pareciendo que en ningún momento pudiese llegar a más. Sin embargo, para sorpresa de propios y extraños, Felipe Juan Nepomuceno Carabias y Guevara, portador de bastón de abedul con el que venía sajándose los lomos desde las afueras de la muralla este de la ciudad, se descubrió el rostro cubierto con el antifaz blanco virginal de la Señora de los Ángeles y arremetió contra el fiscal de disciplinantes de la Hermandad de la Antigua. Al ser hombre de cualidades religiosas conocidas por casi todos los presentes, la violencia de su acto fue entendida como un aldabonazo justificatorio y los hermanos de una y otra congregación asumieron que el momento de las palabras había tocado a su fin. A los pies de las sagradas imágenes, décadas de renuncias e indignidades, de artificios e hipocresías, de falso cristianismo exterior se sumaron para convertir la plaza en campo de batalla. Así lo muestra el testimonio incluido en el Pleito posterior que mantuvieron ambas cofradías:

“Y con bastones que llevaban en las manos dieron muchos achaços, quemando con las dichas achas los rostros, mantos y capas, de que resultó aver muchos eridos y grave daño en las ropas y cuerpos de muchas personas, y llegó a tanto el atrevimiento que con las propias disciplinas davan y hacían mal a todos los que encontravan.”

Según parece, la reyerta se extendió más allá de los miembros de las dos hermandades y de los límites de la propia plaza, convirtiendo esa madrugada de Jueves Santo en un concurso de carreras, ayes, improperios, persecuciones y golpes. No hemos podido saber más de las actuaciones del negro Juan en la noche de autos y fechas subsiguientes. Sin embargo, en una nota anónima depositada en la sede arzobispal y fechada en 1658 se alude a una figura espectral, ataviada con disciplinas y hábito de los negros, que cada noche de Jueves Santo aguarda en el Divino Salvador la llegada de las hermandades que allí confluyen para conceder el paso franco a las cofradías y evitar así todo conflicto irreverente.


Los cuatro magníficos

soldados_de_plomoSon las cinco de la tarde y hace frío. La zona de trabajo está desierta a estas horas y nada queda ya del ajetreo matinal, apenas el eco del trasiego de camiones y el retumbar de la enorme grúa azul que, acariciada por un viento juguetón, ostenta el protagonismo del paisaje. Es en ese momento, precisamente entonces, cuando las cuatro figuras aparecen recortadas sobre el decorado fantasmal del muelle. Caminan alineados, hombro con hombro, con pasos breves. Es su territorio y lo saben. Tan sólo las tinieblas del anochecer discutirán su dominio; sin embargo, en este momento, las cuatro figuras, armas en ristre, son dueñas de la nada. Han dejado tras sus pasos la seguridad de la avenida y sus tristes comercios de efectos navales, el tráfico, el ir y venir de las ambulancias, el puesto de guardia donde dormita un marinero que siempre tiene la misma mirada fija, aunque tras ella alumbren las playas del sur o el bravo mar de las costas del fin del mundo. A las cinco de la tarde de cada sábado, los cuatro magníficos se adentran en un territorio inexplorado que, aun siendo siempre el mismo, se torna nuevo por obra y gracia del deseo.

No hay que esperar mucho para que la acción se dispare. A los pies de la gran grúa duermen algunos sacos que contienen restos del cereal transportado por el carguero que vieron partir al punto de la mañana. El más alto de los cuatro se acerca con sigilo y contempla los estragos que las alimañas han provocado. Aunque ya no queda ninguna por los alrededores, el rastro que han dejado es claro: una hilera de grano apunta directamente al macizo de adelfas que se encuentra a unos diez metros a la derecha. Los cuatro magníficos saben bien lo que han de hacer. No es la primera vez ni esperan que sea la última. Rutinariamente, se acercan a unos metros del blocao vegetal; dos de ellos hincan la rodilla en tierra, mientras que otro se mantiene en pie a su espalda. El más alto -quizás el líder de la escuadra- ha recogido un trozo de adoquín, pesado y voluminoso, y se sitúa entre la formación y el refugio enemigo. Guardan silencio. Sopla un aire húmedo procedente del río que porta en su seno promesas de peligros jamás conocidos. Con meridiana claridad, el jefe del grupo de asalto da a entender que lanzará el trozo de piedra. Deben estar preparados, porque es seguro que tras el impacto los despreciables seres que cobardemente se esconden al abrigo de las flores se lanzarán en frenética carrera sin dirección. No conocen el número de oponentes y bien podría suceder que se vieran arrollados por la desbandada o, incluso, atacados y heridos por la salvaje horda. Han de ser precisos y rápidos. La primera andanada debe impactar sobre las unidades de vanguardia y modificar así la dirección de las alimañas supervivientes. Si la estrategia tiene éxito, dispondrán de una oportunidad más de diezmar las fuerzas enemigas tras recargar las carabinas con nuevos balines de plomo.

La tarde se ha puesto espesa. No hay posibilidad ya de dar marcha atrás. El más alto grita mientras arroja el peñasco contra las flores. El efecto es el esperado: no menos de diez bestias de descomunal tamaño se precipitan contra el atardecer y la humedad del muelle. La escuadra dispara la primera andanada y derriba a dos de las que parecen guiar a un grupo que se dirigía feroz hacia los muchachos. La tropa que las sigue, al verse sin enseña, rompe la disciplina y huyen en diferentes direcciones. Se oye el chasquido metálico de los cañones que se abren y el golpe seco del cierre. Hay espacio y tiempo para una segunda descarga, aunque ya sin el orden ni la precisión de la anterior. La escuadra se orienta en diferentes direcciones, cada uno de sus miembros fijo en un objetivo diferente. También el más alto se ha sumado a la matanza: dispara, carga, dispara, vuelve a cargar. Las bestias corren presas del desconcierto y caen unas tras otras, alfombrando de cadáveres el pavimento que rodea la gigantesca grúa azul. Al terminar la acción de castigo, no menos de seis cuerpos se suman al desolador paisaje que ofrece el muelle de carga del puerto. La escuadra contempla en silencio el resultado de su acción; pero, pasados unos instantes, los gritos de los cuatro chicos explotan al unísono para competir con los chillidos de las criaturas moribundas y con el canto del viento en la tarde del sábado. “¡Muchachos, -grita el que oficia de jefe de grupo- el Séptimo de Caballería ha sido vengado!”.


Nuevo Auto de los Reyes Magos


MELCHOR: Pajecico, por ahí llega Gaspar.
GASPAR: Hola, Melchor. ¡Cuánta alegría!
MELCHOR:  Qué solitario vienes. ¿No traes paje?
GASPAR: Mi paje era interino, ya sabes...
MELCHOR: ¡Vaya! A la fin, tendremos que acarrear nosotros con los bártulos a las espaldas.
GASPAR: Y tú, ¿por qué llevas ese cartel de 'Compro oro'?
MELCHOR: Hombre, sin paga extra tendré que pluriemplearme, ¿no?
GASPAR: Pues sí. Mira, ¿aquel que viene por allí caminando no es Baltasar?
MELCHOR: Eso parece.
BALTASAR: Salud, amigos.
MELCHOR: ¿Y el camello? ¿Y los regalos?
BALTASAR: No preguntes, que estoy aquí de milagro. Me pilló el 14 de noviembre atravesando los reinos de Aragón y, en un tumulto, a mi paje le saltaron un ojo. Cuando fui a protestar, me requisaron la mercancía; como no llevo papeles, me han tenido encerrado casi un mes. Tuve suerte de que indultaran a tres corruptos y a dos mossos que estaban en mi módulo. Al verme cargado de pedrería pensaron que iba con ellos y me soltaron.
GASPAR: ¡Qué movida!
MELCHOR: No sé dónde vamos a llegar...
BALTASAR: Menudo añito llevamos. No me atrevo ni a ponerme enfermo.
GASPAR: No me extraña, con ese color...
BALTASAR: Ya estamos...
MELCHOR: ¿Y qué me decís de las cartas de este año?
GASPAR: ¡Uuuyy!, calla, calla. Yo las he dividido entre los que piden víveres y los que suplican les caiga alguna desgracia a políticos y banqueros.
MELCHOR: Por no hablar de la sobrecarga de trabajo: mira, solo con la F, por ejemplo, tengo miles de cartas de funcionarios, de farmacéuticos, de ferroviarios...
BALTASAR: Madres que piden transporte escolar, jubilados que lloran el cierre de un ambulatorio, hijos que demandan ayuda para dependientes, estudiantes que piden profesores... Lo más duro son esos niños que se conforman con que les llevemos una sonrisa.
GASPAR: Pues oíd esta que me he guardado: "Apreciado colega: Solo pido un safari por África que dure hasta que acabe la crisis. Si no puede ser, por lo menos llévate a mi yerno".
BALTASAR: ¡Eh, mirad! Por ahí viene el ángel a anunciarnos algo.
MELCHOR: Lleva el BOE debajo del ala.
GASPAR: ¡Lagarto, lagarto!
ÁNGEL: Sabios y regios señores. Tengo que comunicaros que no hay presupuesto ni para I+D ni para magias, así que tan sabios como son habrán de buscar nuevos mercados en el extranjero. Me dicen de arriba que para no cerrar el servicio este año podemos probar con un ERE, así que arréglenlo ustedes. Solo hay dietas para dos reyes, y nada de camellos ni pajes.
BALTASAR: Pero, ¡eso no puede ser! ¡Somos un servicio público, un derecho conseguido por nuestros padres y abuelos a lo largo de siglos de lucha! No lo consentiremos, ¿verdad, colegas...? ¿Verdad...? ¿Por qué calláis? ¿Por qué me miráis así?

Crédito de la imagen: 'A game of Chess'