2.3. Mi biblioteca literaria: novela y cuento

Estamos hechos de historias. Ya lo afirmó Eduardo Galeano en uno de sus más célebres microrrelatos. Somos historias y caminamos con ellas, día tras día, a todas horas, y casi en cualquier lugar. No importa que solo entretengan o informen o sorprendan o nos ayuden a socializar con extraños y conocidos. Necesitamos historias para vivir y ser vividos por los demás.
La realización artística, escrita y ficticia de parte de esa materia narrativa se concreta en la prosa de cuentos y novelas, hasta erigirse en el tronco central de la gran mayoría de las bibliotecas. Allí residen los mundos probables de los que hablaba Alejo Carpentier y la seguridad interior de que no estamos solos, tal y como le atribuían a C.S. Lewis en la magnífica película Tierras de penumbra.
El fuste de mi biblioteca lo integran, no obstante, tanto escritores en castellano como en otros idiomas, muchos de ellos clásicos, aunque sin descuidar a los contemporáneos. Junto a los títulos que leí y estudié en el Bachillerato y en los que profundicé durante la carrera, como Don Quijote, el Lazarillo o las obras principales de Pérez Galdós, descubrí otros que me marcaron en menor o mayor medida: los cuentos de Borges; los de César Vallejo; La letra escrita, de Rafael Chirbes; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; Rayuela, de Julio Cortázar; El crimen del cine Oriente, de Javier Tomeo; Soldados de Salamina, de Javier Cercas; Nubosidad variable, de Carmen Martín Gaite; Los mares del sur, de Vázquez -Montalbán y un largo etcétera de libros escritos en castellano de los que, a buen seguro, olvido unos cuantos (no sé si con justicia o no).
Si atendemos a las traducciones de lenguas extranjeras, la variedad es aún mayor: La conjura de los necios, de J. Kennedy Toole; En el camino, de Jack Kerouac; Trópico de cáncer, de Henry Miller; El caballero de la carreta, de Chrétien de Troyes; 1984 y Rebelión en la granja, de George Orwell; La presa, de Kenzaburo Oé; Mefisto, de Klaus Mann; Demian, de Hermann Hesse; El extranjero, de Albert Camus; Las ciudades invisibles y El barón rampante, de Italo Calvino; Bartleby, el escribiente, de Herman Mellville; etc.
En resumen, la lista que comencé con Librarything para novela y cuento tal vez sea la más incompleta de todas y la que más horas de placer me proporciona. Allí se conjugan mis tanteos pasados, mis descubrimientos estudiantiles, con los autores que más me seducen en la actualidad o aquellos que mejor han resistido el paso del tiempo y del olvido. Espero que, una vez avanzada en su catalogación, sea de provecho para que otros lectores conquisten estos mundos probables y hagan suya esta manía irreductible de saber que nos estamos solos.



2.2. Mi biblioteca literaria: teatro


El teatro no es mi género literario predilecto, aunque lo considere imprescindible en cualquier biblioteca que se precie. Tal vez se deba a la necesidad del espectáculo, de la representación sobre las tablas, para que cualquier obra dramática se disfrute completa. O puede que sea porque no me despierta la misma emoción -estética- que la lírica o la narrativa.
La cuestión es que mi biblioteca teatral se levanta sobre dos bloques bien diferenciados: la dramaturgia en castellano y la que fue concebida en otras lenguas. De este último, destaca con luz propia, inevitable, las obras completas de Shakespeare, pero también las de Marlowe, Pirandello, Molière, Dario Fo, Ibsen, Chejov, Strindberg o Peter Weiss. Por contra, entre las compuestas en lengua castellana, abundan las de Lope de Vega, Calderón, Tirso, Zorrilla, Leandro F. de Moratín, Buero Vallejo, García Lorca, Unamuno o Galdós. Muchas de ellas son un poso de la carrera de Filología que, sin embargo, también me han sorprendido, conmovido y alterado las nociones básicas que tenía sobre el teatro. Así me ocurrió con la lectura de La noche de los asesinos, de José Triana. Las obras escritas en latín y griego clásico, sin embargo, se adscriben a la biblioteca de clásicos.
Espero que, como en las secciones anteriores de mi biblioteca, sirva de inspiración para algunos de mis lectores y anuncio, no sin esgrimir un compromiso sólido, la intención de ampliarla con títulos de autores contemporáneos, como Juan Mayorga, Jesús Campos o Yasmina Reza.


Un symbaloo de apps para un maletín móvil docente

Pantallazo de algunas apps que suelo utilizar.
Los dispositivos móviles se han colado en nuestra vida cotidiana desde hace tiempo. Móviles, tabletas y relojes inteligentes cosen nuestra vida real y física a la vida digital que hacemos crecer a través de redes sociales, mensajería instantánea y perfiles de infinitas aplicaciones en las que se desparrama nuestra identidad digital. También son los agentes catalizadores que convierten cada vivencia en puro contenido multimedia, en imágenes, vídeos o podcasts editados con más o menos fortuna, pericia o gusto. Por esta razón, la escuela no puede ni debe resistirse más a la entrada del móvil en las aulas -pues ya reina fuera de ellas- ni desaprovechar, por más tiempo, el enorme potencial y la oportunidad de recoger los beneficios educativos de su buen uso.
A pesar de algunas corrientes pedagógicas que pelean hoy en día para normalizar su uso en los centros de enseñanza, como el célebre m-learning, lo cierto es que su utilización efectiva, real, es minoritaria. Esto se achaca a las deficientes instalaciones técnicas -sobre todo en lo tocante a la conexión wifi-, las reticencias de gran parte del cuerpo docente y al asentamiento del mal uso de estos dispositivos entre los estudiantes.
Sin embargo, también es cierto que cada vez más compañeros se dejan seducir por las bondades que pueden acarrear su implementación bien integrada en el currículo y sustentada por bases metodológicas sólidas que huyan del esquema de clase tradicional para buscar soluciones estimulantes, creativas y actuales para profesores y alumnos. En mi caso, he encontrado una vía alternativa a ese agotamiento palpable del modelo clásico de enseñanza en la web 2.0 y en el acercamiento a las aulas que facilitan los dispositivos móviles, en especial, la tableta, que sustituye desde hace un par de años al cuaderno del profesor en papel. Un factor esencial es la instalación de proyectores en las aulas de mi centro, que gracias a un adaptador y cable VGA (que suele utilizarse para conectar los monitores de un ordenador), permiten compartir todo tipo de contenidos, aun sin conexión inalámbrica. El segundo factor es el notable desarrollo que han alcanzado las aplicaciones para dispositivos móviles, pues son más manejables que unas versiones web y se encomiendan a un tipo específico de acción, lo cual favorece su usabilidad. Por último, gran parte de estas "app" suelen tener una vertiente social que posibilita compartir los contenidos generados con otros usuarios de la comunidad educativa, ya sean estudiantes, compañeros o padres. El medio habitual es el correo electrónico, aunque en el caso de mis alumnos, y más si son de Bachillerato, prefiero los círculos de Google Plus.
La selección que presento ahora con Symbaloo promociona el acceso, a través de cada icono, a aplicaciones específicas que tienen un especial interés docente, no solo para la gestión del aula, sino para la elaboración de mapas conceptuales, catalogación de obras culturales, creación de libros digitales o edición de contenidos multimedia para el aprendizaje basado en proyectos.




Se puede ampliar la nómina de aplicaciones y su utilización para el aula a partir de los enlaces recogidos en el tablero temático -en Pinterest- de Apps para estudiantes y profesores:


2.1. Mi biblioteca literaria: poesía


La poesía es un género complejo y heterogéneo que gusta de romper límites, etiquetas y cánones consagrados. Esta es la razón de que no toda sea lírica, ni en verso, y que no flirtee con lenguaje, temas y motivos siempre poéticos. 
Tampoco se rinde ante la definición que la reserva para la expresión de sentimientos e ideas: hay poemas que son narraciones en versos y otros que desmenuzan el lenguaje hasta reducirlo a una ininteligible cadena de sonidos, al igual que consiguió Huidobro en Altazor.
En la imagen que acompaña esta entrada, cito a algunos poetas que habitan en mi biblioteca y que la alimentan con sus rimas, símbolos, metáforas, desvelos, plenitud y polifonía sin par.
No todos son los mejores ni los más reconocidos, pero sí son los que han preservado mi fe en el verso y los que me han descubierto otros autores desconocidos, olvidados u ocultos a los ojos de los lectores de mi generación. Espero que, de alguna manera, supongan una revelación para otros.


1. Mi biblioteca docente

La profesión docente no solo se define por la especialidad que profesa, las clases que da o los alumnos que tiene a su cargo. También se conoce por su formación, muchas veces informal, alimentada por el deseo de profundizar en su materia o de encontrar respuestas a los retos que se le plantean cada día en el aula.
La biblioteca personal docente debe reflejar ese equilibrio íntimo entre los conocimientos adquiridos en la carrera, los que se desarrollan en los cursos de formación del profesorado y los que se encuentran por cuenta propia, motivados por la curiosidad, la necesidad o la devoción a las aulas.
El inventario que comparto con LibraryThing pretende ese equilibrio, aunque se escore más hacia lo puramente filológico, hacia las gramáticas, ortografías, diccionarios, manuales literarios y lingüísticos. También recoge algunos ejemplares consagrados a la enseñanza del Español como Lengua Extranjera (E/LE), aunque apenas la ejerza ya. Otros títulos, en cambio, tratan el área desde la aplicación de las TIC, el enfoque por competencias o por proyectos, a través de propuestas concretas que han tenido éxito en numerosos centros. Los menos, se ocupan de asuntos independientes de la especialidad docente, como la tutoría o la gestión del aula.
En cualquier caso, constituyen un recurso imprescindible para cualquier profesional de la enseñanza y reflejan, por otra parte, las inquietudes, gustos, estilo y personalidad del docente, sin olvidar su trayectoria, evolución metas para un futuro más o menos cercano.

1. Biblioteca docente


Mi biblioteca personal con LibraryThing

Desde pequeño, siempre he estado rodeado de libros. Han sido mi juguete, mi entretenimiento, mi compañía en horas de soledad, mi vocación, mi presente y mi futuro. Siento que una parte de mí vive en esas páginas, habita tras las tapas, fluye en su tinta y nace en el hueco de cada letra impresa.
Quien sepa esto entenderá que mi biblioteca no solo es un proyecto antiguo que armar, mantener y alimentar con nuevas incorporaciones, sino que es de naturaleza vital, que cambia, evoluciona conmigo, puesto que recoge mi formación (académica o no), mis gustos y preferencias a lo largo de toda mi vida, tal y como se leerían en los anillos concéntricos del tronco de un árbol.
El hallazgo casual de la aplicación para móvil de LibraryThing me ha animado a cumplir el viejo anhelo de catalogar los ejemplares que la conforman, gracias a la identificación por el código de barras que se puede realizar mediante la cámara del teléfono. En los casos que no lo tenía, la búsqueda por ISBN, título, autor o editorial en numerosas bases de datos, habituales en bibliotecas, o en librerías comerciales ha sido esencial. Otro de los beneficios de esta herramienta que he apreciado es la opción de editar la información de cada volumen, incluida la portada, cuya subida como fotografía se puede realizar desde la misma aplicación.
El segundo paso de esta catalogación ha sido la creación de una página dedicada en este blog, en donde he insertado mediante el código HTML que proporciona iframe las secciones de LibraryThing en las que clasifico los libros de mi biblioteca. De esta manera, no muestro una imagen fija, sino un portal abierto para consultar las novedades que incorporo o que retiro.
En cuanto a las secciones y subsecciones, las he establecido según el criterio de género textual, según fueran literarios o no, seguido del cronológico y del temático. A cada una de ellas les dedicaré una entrada comentada, en este orden de publicación:

1. Biblioteca docente

2. Biblioteca literaria
  2.1. Poesía
  2.2. Teatro
  2.3. Novela y cuento

3. Biblioteca no literaria


Las imágenes que acompañarán cada entrada representan mi biblioteca física, real, pues entiendo que el libro no solo es una obra artística, abstracta, ya que también tiene valor como objeto perceptible por los sentidos. Por otra parte, he retocado estas imágenes con la aplicación móvil Prisma, para darles un matiz artístico, y he creado un collage con Canva, otra app muy recomendable para la elaboración de contenidos visuales.

Termino con el deseo de que esta selección sirva de utilidad a algunos de mis lectores para que comprendan y se sientan identificados en mi amor por los libros, por la letra escrita, o que sirva de inspiración para que otros emprendan su propia biblioteca como proyecto vital, como hermanamiento entre vida y literatura.