Una carta muy especial

La noche de Reyes siempre es mágica. Son muchas las cartas que andan llenas de sueños, de deseos, de ilusiones… Al terminar el trimestre, quise expresar a mis alumnos mi mayor deseo para el 2012 (Que cada día seamos un poco mejores) y lo hice tras la lectura de esta carta de Joan Barril:

Señores Melchor, Gaspar y Baltasar:
Les esperaré esta noche con zanahorias, unas tazas de café y una copita. Si tienen a bien pensar que tal vez no he sido tan malo como algunos creen, humildemente les pido los siguientes deseos:




Que las bolsas del supermercado se abran a la primera y que el celofán del CD me salve las uñas.
Que pueda regresar algún día al Hispania, sin duda el mejor restaurante del mundo, con un Montecristo clase A.
Que la única banda sonora de lo que me queda de vida sea la música del azar.
Que sepamos siempre el hueco en el que hemos enterrado la ira, solo para no volver a pisarla nunca más.
Que sea tan excitante la pasión que ha de llegar como la pasión que algún día se extinguió.
Que el metro cuadrado jamás cotice en bolsa.
Que el último minuto de nuestra vida no sea balance sino antología.
Que las personas sean más importantes que aquello que creen pensar las multitudes.
Que las puertas de embarque de un aeropuerto no sean las puertas del infierno.
Que nos sea más fácil decir que nos hemos equivocado cuando acertamos en vez de mantener que tenemos razón cuando nos equivocamos.
Que la lengua solo sea la expresión del pensamiento y no la exclusión del pensamiento.
Que lo primero que se funda del Polo Norte sea el polo magnético y que de esa manera en la brújula no exista ni arriba ni abajo.
Que llamemos a una puerta amiga y, cuando nos pregunten “¿quién llama?“, poder decir “tú”.
Que los efectos del cambio climático acaben conduciendo a un clima de cambio.
Que las nuevas amistades lleguen con un ticket de compra por si se han de cambiar.
Que tengamos siempre presente que de la misma manera que nunca recordamos el momento de nuestro nacimiento, tampoco nunca olvidamos los momentos de nuestros renacimientos.
Que el espejo donde nos sentimos más atractivos sean los ojos de la persona que todavía ignora que algún día nos amará.
Que los periódicos continúen envolviéndolos bocadillos y que, a veces, nos olvidemos el pan en el plato.
Que no haya pecados por comisión sino por omisión. Que el arrepentimiento no venga de aquello que hemos hecho sino de aquello que algún día dejamos de hacer.
Que tengamos bien presente que solo con la muerte del orgullo podemos volver a reinventar el mismo amor.
Que nunca más nos tengamos que alegrar de la muerte de un dictador porque se ha extinguido la especie.
Que siempre duerman al pie de nuestra cama unos zapatos que no son los nuestros.
Que recordemos siempre el nombre de los que no tienen nombre y que nos olvidemos de cómo se llaman los poderosos.
Que la ropa interior sea más recuerdo que promesa.
Que todas las horas nos parezcan cortas de tan densas como van a ser.
Que cuando no sepamos qué decir no hayamos de recurrir a las palabras. Y que cuando no sepamos qué hacer no hagamos cosas de las que luego nos avergonzaremos.
Que la tinta regrese a la pluma si la palabra escrita no valía la pena ser escrita.

Tras la lectura, invité a los alumnos a escribir una carta sumando sus deseos, en un foro del aula virtual. Fue una propuesta voluntaria, que hoy comparto como un regalo muy especial.

Los recortes no podrán ni con las palabras, ni con los deseos. Deja el tuyo, si quieres.
__________________________________

Quizá te interese: Un sueño lleno de regalos | Calendariosss

Actualización: Locos bajitos (otra carta)
Actividades de final de trimestre: Noticias de libro | Cuentos navideños en Google Docs

Una carta muy especial

La noche de Reyes siempre es mágica. Son muchas las cartas que andan llenas de sueños, de deseos, de ilusiones… Al terminar el trimestre, quise expresar a mis alumnos mi mayor deseo para el 2012 (Que cada día seamos un poco mejores) y lo hice tras la lectura de esta carta de Joan Barril:

Señores Melchor, Gaspar y Baltasar:
Les esperaré esta noche con zanahorias, unas tazas de café y una copita. Si tienen a bien pensar que tal vez no he sido tan malo como algunos creen, humildemente les pido los siguientes deseos:




Que las bolsas del supermercado se abran a la primera y que el celofán del CD me salve las uñas.
Que pueda regresar algún día al Hispania, sin duda el mejor restaurante del mundo, con un Montecristo clase A.
Que la única banda sonora de lo que me queda de vida sea la música del azar.
Que sepamos siempre el hueco en el que hemos enterrado la ira, solo para no volver a pisarla nunca más.
Que sea tan excitante la pasión que ha de llegar como la pasión que algún día se extinguió.
Que el metro cuadrado jamás cotice en bolsa.
Que el último minuto de nuestra vida no sea balance sino antología.
Que las personas sean más importantes que aquello que creen pensar las multitudes.
Que las puertas de embarque de un aeropuerto no sean las puertas del infierno.
Que nos sea más fácil decir que nos hemos equivocado cuando acertamos en vez de mantener que tenemos razón cuando nos equivocamos.
Que la lengua solo sea la expresión del pensamiento y no la exclusión del pensamiento.
Que lo primero que se funda del Polo Norte sea el polo magnético y que de esa manera en la brújula no exista ni arriba ni abajo.
Que llamemos a una puerta amiga y, cuando nos pregunten “¿quién llama?“, poder decir “tú”.
Que los efectos del cambio climático acaben conduciendo a un clima de cambio.
Que las nuevas amistades lleguen con un ticket de compra por si se han de cambiar.
Que tengamos siempre presente que de la misma manera que nunca recordamos el momento de nuestro nacimiento, tampoco nunca olvidamos los momentos de nuestros renacimientos.
Que el espejo donde nos sentimos más atractivos sean los ojos de la persona que todavía ignora que algún día nos amará.
Que los periódicos continúen envolviéndolos bocadillos y que, a veces, nos olvidemos el pan en el plato.
Que no haya pecados por comisión sino por omisión. Que el arrepentimiento no venga de aquello que hemos hecho sino de aquello que algún día dejamos de hacer.
Que tengamos bien presente que solo con la muerte del orgullo podemos volver a reinventar el mismo amor.
Que nunca más nos tengamos que alegrar de la muerte de un dictador porque se ha extinguido la especie.
Que siempre duerman al pie de nuestra cama unos zapatos que no son los nuestros.
Que recordemos siempre el nombre de los que no tienen nombre y que nos olvidemos de cómo se llaman los poderosos.
Que la ropa interior sea más recuerdo que promesa.
Que todas las horas nos parezcan cortas de tan densas como van a ser.
Que cuando no sepamos qué decir no hayamos de recurrir a las palabras. Y que cuando no sepamos qué hacer no hagamos cosas de las que luego nos avergonzaremos.
Que la tinta regrese a la pluma si la palabra escrita no valía la pena ser escrita.

Tras la lectura, invité a los alumnos a escribir una carta sumando sus deseos, en un foro del aula virtual. Fue una propuesta voluntaria, que hoy comparto como un regalo muy especial.

Los recortes no podrán ni con las palabras, ni con los deseos. Deja el tuyo, si quieres.
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