Semana Santa 2014. Un resumen en imágenes

Otro año más que he pasado la semana con la cámara al hombro. En esta ocasión me he dedicado más a la gente que a los pasos y, a pesar de todo, las imágenes tomadas no difieren mucho de las de otros años. Siempre es lo mismo y, precisamente en eso reside el misterio de esta celebración: se trata de una rutina descontrolada que siempre termina por cuadrar. Los que asistimos a la puesta en escena lo hacemos con la secreta esperanza de que algo diferente pase, aunque respiramos tranquilos al comprobar que las cosas siguen sucediendo igual. Dejo una breve y urgente selección por si a alguien le apetece ver cómo he visto la semana.

Nazarenos

Costaleros

Los «armaos»

Los niños

El público


Ya está aquí el primer nazareno

Como todo sevillano que no pueda evitar ejercer de tal, yo también llevo dentro un pregonero. Ya faltan pocas horas para que la primera hermandad ponga sus pasos en la calle y, al lento caminar de los nazarenos, se dispare la locura en la ciudad: gentes que van y vienen, atavíos disparatados, miradas que censuran y otras que adulan, contrastes, niños, adultos y viejos, la calle. Está usted en Sevilla, caballero, pero debe elegir qué Sevilla, si la del rigor o la del exceso, la de negro o la de color —aunque no olvide nunca que también el negro lo es—, la de la capa o el esparto, la de un lado u otro del Guadalquivir. Es rancia la ciudad en Semana Santa, en ocasiones ridícula, a veces crispante; sin embargo, por no sé qué arte de magia, cada año por estas fechas noto un bullir de entrañas y un rechinar de recuerdos que terminan por explotar la mañana del Domingo de Ramos. Es inútil luchar, así que lo mejor será asumir lo que se es y dejarse llevar, comportarse como lo hacen los pregoneros, tan serios y concentrados, con el sentimiento a punto de derramarse por las comisuras de sus labios. Para ello hay que escuchar la música adecuada que pone en situación y aguardar el momento oportuno para comenzar.

Sí, también sirve la música de Silvio Fernández, que no siempre van a sonar los acordes de Font de Anta. Esos valen para los pregones oficiales, los que se pronuncian en un teatro abarrotado y expectante; pero no para esta líneas que de pregón sólo tienen el anuncio y la declaración de intenciones: se acercan los días en que con la cámara fotográfica al cuello me lanzaré a la calle para intentar retratar, una vez más, la Semana Santa que me hace disfrutar. En ella, paradójicamente, cada año hay menos imágenes y pasos y más gente que, como yo mismo, se echa a la calle. Allí, en la calle, esas gentes y yo mismo encontraremos contrastes, miradas, sorpresas que serán distintas para, a la vez, ser iguales. Es curioso cómo ha cambiado la ciudad para seguir siendo igual que siempre, cómo han cambiado los actores de un espectáculo repetido desde hace siglos. En última instancia, lo nuevo y lo moderno terminan siempre coincidiendo en una esquina, en una bulla o en un balcón.

Y aunque me siga pareciendo mentira, seguro que también este año volveré a descubrir el negro de los ropajes abrazando las risas de los niños y convirtiendo lo penitencial en fiesta al son de la música y los aplausos.

Ya la estoy viendo y oliendo. Una nube de incienso lo envuelve todo para embotar el sentido común —ese que es el menos común de los sentidos— y anunciar que es Semana Santa en Sevilla, esa ciudad que subsiste entre la razón y la sinrazón de los excesos.


In memoriam

Fernando Ortiz, el último gran poeta sevillano, murió el pasado 29 de enero de 2014. Descanse en paz.

Fernando Ortiz, el último gran poeta sevillano, murió el pasado 29 de enero de 2014. Descanse en paz.

Hace mucho tiempo, en una ciudad tan lejana como ésta en la que hoy habita, el microcuentista tuvo la osadía de escribir unos versos. Los dejó madurar unas pocas horas y, mientras aguardaba que la masa fraguase, entretuvo la espera leyendo unos poemas de Fernando Ortiz. Al cabo de dos o, quizás, tres composiciones que iban de lo alejandrino a lo hexasílabo, el narrador destapó la olla -o cajón, según algunos testimonios-, extrajo la pasta literaria de su interior y la depositó en la basura. Siguió leyendo.


La ciudad vegetal

Hay quien durante estos días de verano se levanta bien temprano para pasear a la orilla del mar y, acaso, hacer algunas fotos de gaviotas, caminantes playeros, amaneceres cálidos y demás parafernalia habitual. Otros, en cambio, nos levantamos al amanecer para darnos de bruces con la ciudad de cada día o lo que queda de ella. Pese a lo que los huidos pudieran pensar, Sevilla sigue en pie, con vida vegetativa, es verdad, pero vida al fin, y en cuanto se rasca un poco sobre la superficie no es difícil encontrar ciertos signos que lo atestiguan.

Churrería

Churrería

Un cigarrillos fumado casi a escondidas o unas palabras que se cruzan al calor de las sartenes nos demuestran que todavía sigue alguien por aquí, además del fotógrafo. Pero no nos engañemos, son pocos los seres humanos con quienes cruzar una mirada, aunque, precisamente por eso, el caminante puede prestar más atención a los edificios y los objetos. No se explicaría de otra forma el que una torre tan vista, tan familiar, como la de los perdigones se me presentase majestuosa reinando sobre la mañana, imponente y quieta, bajo un sol de justicia que abrasaba los ladrillos que la visten.

Torre de los perdigones

Muy cerca de ella, en dirección al río, espera lo contemporáneo en atuendo de torre de luz y esquina de bloque. También luz y ladrillo, aunque separados por un cielo convertido en blancura por los caprichos de la fotografía.

Simplificando

Sin tener que caminar mucho, apenas unos pasos, la mañana vacía del verano de Sevilla permite seguir disfrutando de perspectivas de la modernidad. La simetría del Puente de la Barqueta me sorprende con quienes caminan, como yo, por sus aceras, quizás pensando también en aquellos otros que a la misma hora pasean por las orillas de la playa, despreocupados.

Barqueta

Son tan escasas las personas que transitan, que quienes por allí están más parece que jugaran a perseguirse, antes que simples viandantes con un claro objetivo marcado.

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Y aunque por allí estamos los últimos seres vivos, lo que termina por imponerse es la línea oblicua del puente, sus ángulos y el recorte de los edificios al fondo.

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La batea del puente nos arroja a un paraje inhóspito y extraño: un cauce seco que conduce a una nave espacial, estructuras metálicas, una mujer que camina con la mirada al frente. ¿Qué sentido tiene todo esto?

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Y tras este otro puentecillo que atraviesa un cauce sin agua más edificios despoblados de cristal y acero nos recuerdan que es verano y que la ciudad es poco más que un ser vegetal en espera de que septiembre le devuelva la vida plena.

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Por el Puente de Triana

“Madre, hay en Sevilla
una mitad y otra mitad,
y un papel de plata
que las tiene separás”
Cuarto Menguante

La Sevilla eterna, la de las coplas y los poemas que rezuman miel y nostalgia, se tiñe las mejillas con el azul verdoso del Guadalquivir y el hierro prieto del Puente de Triana. Buen comienzo, a fe mía. Es posible que el viajero se acerque expectante a los aledaños del río esperando ver cruzar por la pasarela alguna cigarrera camino de ninguna parte o una cuadrilla de toreros que encamina sus pasos hacia la Maestranza mientras los chiquillos corretean a su alrededor y siembran de olés la traquila corriente fluvial. Pero no se engañen, no hay instantáneas eternas, que esas -si existieron- duermen el sueño del tiempo en los viejos álbumes. Lo que hoy puede encontrarse una tarde de sábado en las cercanías del puente es simple y pura vida: cafeterías, gentes que pasean sin mirarse o skaters que aprovechan las rampas que dan acceso al paso fluvial.

Desencuentro
SkaterQuizás lo más sorprendente es la cantidad de personas que cruzan de allá para acá y a la inversa. Decenas de pies que discurren lentos o rápidos, a zancadas de gigante o deteniéndose a mitad de camino para contemplar de lejos uno de los decorados más manoseados del tópico sevillano.

One direction, pleaseSi paseamos con tranquilidad podemos hacer como el resto y disfrutar de las vistas, reafirmarnos en la maravilla y llenarnos de orgullo, como si nosotros mismos hubiéramos sido los arquitectos de la belleza contemplada. También, simplemente, podemos atender al puente en sí y descubrir los mensajes de modernidad que atesora y niegan, en parte, el tópico.

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Como muchos otros puentes, el nuestro no ha podido evitar ser soporte de las modas y en sus volutas de metal han quedado enlazados mensajes de amor, pese a los esfuerzos de la autoridad -siempre tan limitadora- por evitarlo. Hay quien censura el hecho; sin embargo, a mí me parece un detalle tierno que habla de vida y de que el puente sigue siendo útil, más allá de unir la ciudad y su antiguo arrabal.

Pero hay más sorpresas a la espera. ¿Por qué no una sesión fotográfica con moto incluida? Cuerpos delgados enfudados en lycra negra que se recortan contra las barandas: esto no parece Sevilla, al menos no la de siempre, la de las postales con coches de caballos y gitanitos que tocan palmas a compás. Aunque, en el fondo, quizás no sea tan diferente.

Dame una moto, que lo demás viene rodado (IV)

Dame una moto, que lo demás viene rodado (I)

Este puente ya no es mi puente, dirán algunos entre sollozos mientras otros aplaudirán los nuevos usos y costumbres. Lo cierto es que sobre la batea del Puente de Triana conviven todos los tiempos, aunque pueda pasar desapercibida esta simbiosis al ojo no atento. Quizás se trate de un encuadre, de un comentario susurrado al paso o puede ser una figura que delata una forma de ver el mundo y de ser que sólo es posible en Triana y, por ello, en Sevilla. Más allá de los tópicos. Más allá de su río.

Triana


El Corpus en sus vísperas

Que me perdonen quienes profesen la sevillanía militante como única religión verdadera. Lo siento en el alma, pero siempre me ha parecido la celebración del Corpus Christi en esta ciudad una de las actividades más rancias que el ser humano pueda desarrollar. Por supuesto no me quiero referir a la cuestión teológica, que este no es lugar ni momento, sino a la forma en que se viven estas fechas.

DSC_0070.jpgLa tarde anterior al jueves de Corpus un buen número de sevillanos se arrojan a las calles del centro de la ciudad para vivir en directo la puesta de altares, visitar la catedral, asistir al concierto de la banda municipal, tomar alguna que otra cerveza con caracoles o, simplemente, pasear antes de que los rigores del verano impidan poner pie sobre el asfalto ardiente. Por cuarta y última vez durante la primavera, Sevilla se convierte en un espectáculo más o menos improvisado en el que cada habitantes representa el papel que tiene reservado.

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DSC_0067.jpgEs seguro que al poco de aterrizar en los aledaños de las plazas del Corpus (Virgen de los Reyes, San Francisco, Salvador, Plaza Nueva) el paseante se encuentre con uno de los muchos altares que saludarán la mañana siguiente el paso de la procesión: imágenes de santos, del niño Jesús, custodias, candelabros, flores, plata bruñida, pan y vino; todo ello sobre fondos de terciopelo color corinto. Las hermandades, parroquias o asociaciones religiosas vuelcan parte de su patrimonio en la calle en día tan señalado para homenajear al Santísimo Sacramento y, a la vez, ser admirado por la población aborigen que ve en la disposición tradicional restos de lo que fue, de lo que se resiste a desaparecer. Los turistas, mientras tanto, se sorprenden ante una ciudad que ha convertido su tejido urbano en lugar de culto y cuchichean sobre la religiosidad del pueblo sevillano y otras lindezas bastante alejadas de la realidad.

DSC_0058-Editar.jpgEn esta Sevilla de contrastes se producen en las vísperas curiosas coincidencias temporales: el altar que nos hace remontarnos al siglo XVII y el paso del tranvía que mantiene al viandante aferrado a su propio tiempo. Todo se mezcla para que casi nada tenga sentido fuera de ese aquí y ahora.

DSC_0139-Editar.jpgLos altares callejeros, aunque los elementos esenciales sean idénticos, son de naturalezas diferentes, mayores o menores, elevados hacia el cielo azul o más apegados a la dimensión humana. Pueden sorprendernos en una amplia plaza o en el ensanche de una calle para convertir el recorrido de la procesión en una especie de templo.

DSC_0109-Editar.jpgPero el espíritu del Corpus no se refleja solamente en los altares. También el comercio tradicional de la zona se suma a la celebración incluyendo en sus escaparates motivos sacramentales y algunos vecinos adornan los balcones con colgaduras o mantones de manila.

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Gracias a los altares, los escaparates y los balcones engalanados, a media tarde el escenario de la representación está dispuesto para que el público pueda familiarizarse con él. Faltan solamente los actores principales que llevarán el peso de la puesta en escena (las fuerzas vivas de la localidad), pero que no llegarán hasta las primeras horas de la mañana. Mientras tanto, en las vísperas hacen aparición algunos grupos de figurantes: carráncanos que procesionan y músicos que interpretan breves piezas en las cercanías de la catedral. Casi todo está dispuesto para que comience la función.

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