Sesquidécada: mayo 1998


¿Recuerdas cuándo leíste por primera vez el Quijote? Detrás de la lectura del Quijote hay infinidad de historias e intrahistorias. Raro es el famoso de la tele que no menciona la obra de Cervantes cuando le preguntan por el libro que salvaría de un incendio; casi tan raro como encontrar gente normal de la calle que de verdad se lo haya leído. Personalmente, aunque pienso que el Quijote es una obra excepcional, no me siento un apóstol de su lectura, y menos en el instituto. En mayo de 1998, hace quince años, leía por segunda vez, de principio a fin, el Quijote. La primera vez fue en 1994, con 26 años y un largo historial de lecturas detrás. A pesar de que siempre hubo un Quijote en la librería de mi casa, yo apenas había pasado de algunas lecturas parciales de los episodios más célebres. Intuía que había algo grande detrás, pero era consciente de que todavía no estaba preparado para ello -guardo entre sus páginas alguna hoja con decenas de palabras para mí desconocidas: "rodela, adarga..."-. Por eso pienso que la labor que tenemos los docentes de Secundaria es acercar el universo cervantino a los estudiantes, mostrar el contexto, leer fragmentos, adaptaciones, textos complementarios... abrir el apetito para cuando realmente estén preparados para leer el Quijote con placer.
Aquella segunda lectura de la que hablo en esta sesquidécada me pareció mucho más jugosa que la primera, porque estaba en condiciones de captar mejor las referencias, los guiños, la sutileza con la que Cervantes nos regalaba. Desde entonces no he vuelto a leer el Quijote de principio a fin. Lo he leído en dosis pequeñas, medianas y grandes, según me lo pedía el cuerpo, porque ahora me resulta difícil no volver a sus páginas cuando echo de menos consuelo, alegría, indignación o aventura. Vuelvo a él para leerlo a trocitos en clase, para sincoparlo o para doblarlo.
No me considero un apóstol del Quijote, pero siento un poquito de pena por todos aquellos que no han sucumbido todavía a su lectura, sea de principio a fin, sea a minúsculas dosis, dosis terapéuticas, dosis balsámicas, dosis de literatura pura cien por cien.

Sesquidécada: febrero 1998


El teatro del Siglo de Oro es un referente continuo en mis lecturas filológicas y ya ha aparecido en alguna sesquidécada. Al igual que ocurre con los romances, la comedia abarca un universo que parece inagotable: aventura, pasión, celos, ambición, humor y muerte. Siempre he imaginado al espectador de aquel teatro como un híbrido de lo que hoy son los apasionados del cine y los forofos del fútbol. Ya sé que no todas las obras barrocas están pensadas para ese público ruidoso de ebrios mosqueteros y matronas festivas, pero me gusta pensar que incluso en las comedias más morales habría quien hallase un punto lúdico que justificase pasar una tarde de teatro en el corral. 
En febrero de 1998 leí, entre otras, dos obras que podrían representar bien el alfa y el omega de este teatro áureo. Por un lado El cerco de Numancia, de Cervantes y por otro Los cabellos de Absalón, de Calderón de la Barca. Mientras la primera podría ubicarse en el nacimiento de lo que hoy llamamos la 'comedia nacional, la segunda se sitúa en la cima del teatro barroco, y a partir de ella comenzará su declive y extinción.

La Numancia se corresponde con las postrimerías del teatro renacentista, anclado en las normas aristotélicas y sujeto a sus unidades de acción, tiempo y lugar. Cervantes construye una tragedia en cinco actos plagada de muerte y desolación, con un deseo ferviente de provocarnos la catarsis, pero a nuestros ojos es una obra que no conmueve, que se queda a mucha distancia de historias como Fuenteovejuna, mucho más cercanas a las emociones del espectador. Cervantes tuvo clavada durante mucho tiempo la espinita del fracaso como dramaturgo, sobre todo cuando alguien hacía lo que yo acabo de hacer, compararlo con el exitoso Lope. Solo al final de su vida entendió que había prestado más atención a Aristóteles que a los ansiosos espectadores de su época. 

Tras el huracán teatral de Lope, será Calderón quien lleve el teatro a su máximo esplendor. En alguna ocasión he mencionado que la crítica ha sido injusta con el pobre Calderón, a quien acusan de dogmático, serio o austero por oposición a la desmesura lopesca. Sin embargo, las obras de Calderón tienen una perfección formal difícil de igualar. Incluso sus obras más complejas, las que parten de la historia o la tradición bíblica para moralizar sobre su tiempo, tienen una trama escénica que cautiva al lector y lo mantiene en vilo hasta el final. En el caso de Los cabellos de Absalón, los personajes bíblicos de Tamar, Amón y Absalón son el eje para reflexionar sobre la ambición humana y sobre el engaño basado en una interpretación errónea de los vaticinios -algo que emparenta esta obra con La vida es sueño-. Absalón, a partir de estas palabras: "Ya veo / que te ha de ver tu ambición / en alto por los cabellos", interpreta lo siguiente: "Luego justamente infiero, / pues que mis cabellos son/ de mi hermosura primeros / acreedores, que a ellos deba / el verme en el alto puesto; / y así, vendré a estar entonces / en alto por los cabellos.". Su vanidad, arrogancia y ambición lo llevarán a la guerra, al asesinato, al incesto y a su fin trágico ahorcado por su propio cabello, un cuadro final que servirá para que el público comprenda que no hay error sin castigo. 

Soy consciente de que esta sesquidécada es un bocado casi exclusivo para filólogos, de modo que aún me atreveré a mencionar otra obra muy alejada en tiempo, género y tema de las anteriores, pero también destinada a un lector con cierto conocimiento de los ambientes universitarios. Se trata de la novela de David Lodge, El mundo es un pañuelo, una narración de enredo protagonizada por profesores visitantes y que constituye una crítica más o menos amable de ese extraño mundillo de favores y rencores. Recuerdo que me resultó una novela divertida que me provocó más de una risa, quizá porque todavía tenía muy presentes los entresijos de la vida en la facultad, los congresos y las disputas de eruditos. Tal vez ahora me resultase muy muy lejana, más incluso que Calderón.

Sesquidécada: enero 1998

Hace ahora quince años, comencé 1998 inmerso en el Siglo de Oro, una época muy bien sintetizada en un ensayo de Bartolomé Bennassar que leía por aquellos días, La España del Siglo de Oro, y que considero muy recomendable para quienes busquen un acercamiento general a la sociedad y cultura en la que se forjaron las mejores obras de nuestra literatura. En aquellos días, me afanaba con numerosas lecturas centradas en ese periodo y, básicamente, con dos frentes abiertos. Uno de ellos, la imagen de la mujer en la literatura del Siglo de Oro, ya ha ocupado las últimas sesquidécadas. El otro caballo de batalla fue un estudio sobre los gitanos también en la literatura áurea; como ya expliqué, este estudio correspondía a un curso de doctorado sobre 'Minorías y literatura en los siglos de oro', dirigido por Julio Alonso Asenjo, quien un tiempo después se convertiría en el mentor de mi inacabada tesis doctoral. 

A partir de aquellas lecturas, surgió en mí un interés creciente por los límites de lo literario, por esos subgéneros que en muchas ocasiones han sido ignorados por la crítica a pesar de contar en su día con gran público (el caso de los diarios, de la literatura conventual, de entremeses costumbristas, de relaciones de sucesos...). En enero de 1998 leí dos ensayos de carácter general sobre los gitanos, uno de J.P.Clébert y otro de J.P.Liégeois, pero la monografía más interesante fue una obra de Bernard Leblon: Les Gitans dans la littérature espagnole. Gracias a él descubrí, por ejemplo, la constante aparición de gitanos en obras teatrales breves, en la comedia barroca y en buena parte de los textosa de Cervantes, por ejemplo en Pedro de Urdemalas o en la clásica novela ejemplar La Gitanilla, que a pesar del nombre no era gitana auténtica.

Para quienes deseen acercarse al tema, publico ahora aquel trabajo que aborda de una manera muy somera aspectos antropológicos, culturales y literarios de la cultura gitana, junto con la reseña de la citada obra de Leblon en forma de anexo. Seguro que a estas alturas hay bibliografía más reciente, pero creo que puede resultar interesante para tener una visión global y para curiosear sobre unos textos descatalogados y difíciles de hallar. Para mí fue un trabajo sumamente enriquecedor en el que aprendí muchísimas cosas sobre una cultura con la que tengo que convivir a diario en las aulas.

ORÍGENES DE LA NOVELA MODERNA

El texto de Milan Kundera El arte de la novela habla del espíritu de la novela, de los contrastes entre la forma de pensar en la Edad Media y las de la Edad Moderna, reflejada de alguna manera, por El Quijote de Cervantes.

Frente al universo totalitario y la única Verdad (la divina) de la Edad Media, la novela El Quijote nos introduce en lo que será un mundo de verdades relativas y en la ambigüedad de lo humano. Todo esto queda reflejado en la novela, que nos habla de la dificultad del saber y de la inasible verdad.

Desde una visión cronológica, la novela picaresca se podría considerar el antecedente de la novela moderna. Nació como parodia de las demasiado idealizadoras narraciones del Renacimiento: epopeyas, libros de caballerías, novela sentimental y novela pastoril. El fuerte contraste con la realidad social generó como respuesta irónica novelas de carácter antiheroico protagonizadas por un anticaballero que amaba a las antidamas en países que, como España, mostraban lo bruto y lo sórdido de la realidad social de los hidalgos empobrecidos, los miserables desheredados, y los condes marginados frente a los caballeros y los indianos enriquecidos, que vivían en otra realidad que era observada solamente por encima de sus cuellos engolados.
En estas novelas, el protagonista es el pícaro, de muy bajo rango social y descendiente de padres sin honra, habitualmente marginados o delincuentes, posición desde la cual intentará resurgir. Perfilándose como un antihéroe, el pícaro resulta un contrapunto del ideal caballeresco.
Presenta una estructura de falsa autobiografía, narrada en primera persona como si el poeta fuera el autor y narra sus propias aventuras con intención de moralizar. Aparece con una doble perspectiva, como autor y como actor. También presenta intención satírica, donde la sociedad es criticada en todas sus capas, y a través del pícaro, se observa la hipocresía de cada uno de sus poderosos dueños.


Podemos considerar que en la novela picaresca está presente tanto el realismo como el naturalismo, en la descripción de los aspectos más desagradables de la realidad, que nunca se presentará como idealizado, sino como burla o desengaño.

La novela cervantina inaugura el paradigma de la modernidad, Cervantes imitando al anterior concepto de novela, fue el primero en introducir esta tendencia en España, la cual mezclaba la novela pastoril, la novela picaresca...para crear lo que hoy conocemos como novela.
El rasgo esencial de este género es el realismo o la verosimilitud, la búsqueda de la creación de una imagen tomando como referente la realidad. A diferencia de la épica primitiva, podemos observar que no hay un héroe, sólo personajes. El personaje principal presenta una evolución de su carácter a lo largo de la obra, a diferencia de los héroes caballerescos, los personajes novelescos se van haciendo ante los ojos del lector.

A lo largo del relato, se observan otras características modernistas como el permanente enfrentamiento entre el individuo y la sociedad, además presenta una coherencia interna, donde se desarrollan las diversas aventuras no ensartadas, todas ellas con el constante uso de diálogos.

Como hemos mostrado, no sorprende que en España surgiera una novela con estas características, ya que siempre ha predominado el realismo y el diálogo heterofónico.