Mi primer contacto con la muerte


Carpe diem, ¡Cuán conocida es esta expresión latina que equivale a “disfruta el momento”! Pero ¡qué poco conocida es su continuación memento mori, la que significa literalmente, “recuerda que morirás”!
Es algo tétrico pensar que, desde que nacemos, toda acción que emprendemos en nuestra vida, desencadenará en un destino fatal, la muerte. Pero para todos nosotros, lo mejor es obviar tal realidad y permanecer felizmente ciegos, hasta que ella se vuelva a hacer presente en nuestras vidas.
Mi primer contacto con la muerte me llegó una fría mañana de domingo invernal, cuando por teléfono, distinguí un tono nuevo en la voz de mi madre. Mi abuelo paterno había muerto a los 69 años, tras un año de lucha interna contra su maldito cáncer metastásico de origen desconocido.
Nunca antes, en mi entonces corta vida, había sentido tan de cerca el sentimiento de rabia y pérdida que sentí aquel día.
A mi pesar, me dejó aquel hombre flaco y alto que me enseñó  a dominar la bicicleta e intentó inculcarme su amor por el tango y su virtuosa mano para el bandoneón. Aún recuerdo todas las disputas que teníamos si tocaba alguna de sus herramientas en el taller, cachetadas que se quedan marcadas en el recuerdo, pero no con una connotación negativa…
¡Quién iba a imaginarse la última vez que lo vi en aquella residencia para enfermos terminales que aquel compañero asesino, después de haberlo devorado por dentro, también se había comido su mal carácter, restando solamente un tipo generoso, tierno y lleno de amor! 


Bruno Campagna

La primera vez que me subí a un avión




La primera vez que me subí a un avión estaba hecho un manojo de nervios. Me resultaba impensable adentrarme en ese tubo acorazado de metal y acomodarme con total normalidad en una de sus butacas. Mi inquietud aumentaba cada vez que mis ojos identificaban una nueva parte del avión, un avión que estaría suspendido en el aire a más de 22.965 pies de altura al cabo de diez agónicos minutos. Aprecié con incredulidad las diminutas ventanillas que poblaban los laterales del inmenso fuselaje y me preguntaba si la presión del exterior sería capaz de resquebrajar esas gruesas láminas de vidrio. Mis manos empapadas de sudor frotaban constantemente el fino tejido de mi pantalón mientras mis pasos, indecisos, se aproximaban a la compuerta del aeroplano. Entre los murmullos y andares de los viajeros me adentré junto a mis padres en las entrañas de ese monstruo volador. El angosto pasillo parecía inacabable y las ruedecillas de las maletas surcaban el suelo produciendo un sonido de lo más característico. Cuando localicé mi asiento entre el gentío me dispuse a sentarme. Mi cuerpo se desvaneció sobre la butaca, acomodando mis nervios sobre el tapiz. El tiempo transcurría y mi angustia se acrecentaba de una manera vertiginosa. De repente, los motores y las turbinas empezaron a entrar en funcionamiento. El avión comenzó a moverse y las azafatas tomaron sus asientos correspondientes tras hacer unas breves indicaciones sobre cómo abrocharse los cinturones. En un acto de valentía, dirigí mi mirada hacia una de las ventanillas para presenciar las extensas pistas del aeropuerto.
 Los temblores eran constantes, terroríficos, parecía que en cualquier momento se desprendería alguna parte del avión. Al fin, esos movimientos bruscos cesaron y los viajeros, especialmente yo, se vieron sumidos en una gran tranquilidad. Mi miedo irracional hacia los aviones se esfumó, ya no me daba pavor estar enjaulado en ese trasto metálico notando alguna que otra turbulencia. Mis labios estaban secos, agrietados por el angustioso momento, así que decidí pedir a uno de los auxiliares de vuelo un vaso de agua fría. Durante el transcurso del viaje me sentí cómodo y seguro. Al cabo de tres largas y pesadas horas llegamos a nuestro destino, un lugar idílico llamado Santa Cruz de Tenerife.

Jesús Cruz