Internet en la investigación genealógica (I). Las redes sociales.

Casi cualquier tratado de genealogía sostiene que el arranque de la investigación debe partir de la memoria colectiva familiar. El intercambio de recuerdos permite disponer de los primeros datos sobre los que trabajar; datos que, posteriormente, habrán de ser valorados, organizados, documentados, en resumidas cuentas.

Antes de la irrupción en nuestras vidas de la Red de redes, esta tarea previa debía por fuerza limitarse al círculo más cercano al investigador. Sin embargo, la posibilidad de mantener contacto directo e inmediato con personas alejadas del círculo familiar más estrecho permite que la primera “tormenta de datos” pueda ampliarse hasta límites insospechados. Es evidente que la amplitud de la información recolectada por este procedimiento multiplica también los posibles errores nacidos de la inconsistencia de la memoria humana, de las ideas preconcebidas, de los clichés y “esquemas de deseo” de una determinada familia. Por esta razón, debe tenerse en cuenta que el mosaico de datos obtenido mediante la ampliación del círculo familiar que las redes sociales puede suponer amplía también el volumen de errores potenciales y, en consecuencia, el trabajo documentador del genealogista.

En el caso concreto de la investigación que me ocupa, el uso de Facebook ha sido determinante por varias razones. La primera de ellas, sin duda, por lo limitado del número de familiares cercanos que dispusieran de información válida más allá de la generación de nuestros abuelos. Además, mi círculo cercano se reducía a una única rama familiar en la que los mayores, por desgracia, ya habían desaparecido y, con ellos, la memoria de la familia.

El azar de la red provocó no hace mucho que entrasemos en contacto algunas personas que compartíamos un mismo apellido y el desconocimiento mutuo. Llevados por el deseo de saber más, de conectarnos más allá del presente que compartimos, surgió la idea de crear una página privada en Facebook en la que vivir virtualmente durante un tiempo. A la creación de la misma sucedió una verdadera cacería de aquellos que tuvieran nuestro apellido en el perfil de la red social o que estuvieran conectados por algún grado de parentesco. El resultado ha sido un espacio bastante poblado y dinámico duarante un tiempo, repleto de contenidos, anécdotas, viejas fotografías, sugerencias e hipótesis de trabajo.

Como no podía ser de otra manera, el ímpetu de los primeros meses se ha ido atemperando a medida que la incógnitas se han resuelto y hemos podido componer una foto familiar bastante completa en lo que toca a las generaciones más próximas. Gracias al diálogo extendido que permiten las redes sociales hemos sido capaces de reconstruir la fotografía del presente de una familia compuesta por cuatro grandes ramas establecidas en Sevilla desde mediados del siglo XIX y que habían llegado a desconocerse por completo. El espacio virtual compartido ha servido, en definitiva, para ponernos cara, y no solamente una etiqueta en un árbol genealógico.

Pero más allá de la conexión presente entre los miembros del clan, la red social nos ha servido a algunos como estímulo en la investigación. A medida que las referencias de unos y otros completaban el puzzle surgían también dudas y pequeños misterios que necesitaban ser resueltos, que se convertían en los mimbres con los que intentar tejer una historia que fuese más allá de la memoria. La red social, las gentes que la pueblan, en consecuencia, ha cumplido una función motivadora de primer orden: un espacio virtual del que partir y al que volver, de cuando en cuando, a rendir cuentas.