Sesquidécada: diciembre 1998

Decía en este blog un día de Reyes de 2009:
Todos los comienzos de año traen consigo un montón de buenas intenciones que suelen quedar en nada. (...) En este sentido, he decidido empezar una de esas colecciones inútiles que pienso ir publicando en el blog mientras me duren las ganas y no haya algaradas entre los visitantes. Se trata de recuperar algunas de mis lecturas de hace quince años (...) de modo que he recuperado los repertorios en los que voy apuntando todas esas lecturas y, de ellos, seleccionaré no más de tres lecturas por mes. (...) Como no tenía un buen nombre para este coleccionable, he probado a inventar sesquidécada (...)
Así pues, esta sesquidécada de hoy cumple ya con cinco años de lecturas recordadas, sesenta notas en el blog celebrando la literatura, una auténtica antología personal de la memoria lectora. No sé muy bien cuánto tiempo durará esta serie, ni el blog, ni el oficio, que los tiempos no están para confiar en lo perenne, pero mi deseo es seguir compartiendo con vosotros esas pequeñas reflexiones en voz alta que dan sentido a este blog mientras tenga tan ilustres visitas como las que me brindáis.

Para cerrar el año y este lustro de sesquidécadas, he elegido una lectura de diciembre de 1998 que abriría una afición que me duró mucho tiempo y que aún hoy conservo en los ratos libres que deja la docencia. Se trata de los Bestiarios medievales, un género que recopilaba historias curiosas sobre animales reales y seres imaginarios sin que se distinguiese muy bien qué era ficción y qué era realidad. El primer bestiario como tal que conocí fue una antología en catalán medieval, algunos de cuyos fragmentos podéis encontrar en este enlace. Me llamó la atención la mezcla de elementos legendarios con otros propios de la observación naturalista. Conforme fui indagando en el tema, vi que muchos de esos bestiarios tenían como fuente original los libros de Historia Natural de Plinio el Viejo, aderezados con historias diversas de seres y tierras legendarios -la del Preste Juan, por ejemplo- que recogían los viajeros por la Ruta de la Seda o por África. Especial interés tiene el Libro de las Maravillas del Mundo, de John Mandeville (ver edición digital), que recoge referencias a los bestiarios pero sobre todo a las razas humanas monstruosas.

Estas historias medievales pasarían luego a formar parte de las relaciones de sucesos de los siglos XVI y XVII, generalmente distribuidas en forma de pliegos sueltos, y acabarían configurando el repertorio de ciegos y cómicos ambulantes, salpicadas de crímenes truculentos o de catástrofes naturales que han llegado hasta el siglo XX. Hace poco, pudimos ver algunas de las ilustraciones de monstruos de Ulisse Aldrovandi, un científico del Renacimiento, usadas habitualmente en esas relaciones tan populares.
Si os interesa el tema, hay varios manuales que pueden interesaros, especialmente el de Claude Kappler: Monstruos, demonios y maravillas a fines de la edad media, o el Bestiario de Dioscórides, traducido por el médico renacentista Andrés Laguna, aunque también podéis encontrar referencias en obras clásicas como el Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada (versión en PDF).

Como regalo de fin de año, os dejo el enlace a un artículo mío: Monstruos y prodigios, en la revista Métode, en el que, por ejemplo, podéis aprender por qué el castor se corta de un bocado sus vergüenzas y se queda tan contento. Espero que tanto monstruo no os quite el sueño de la razón. Feliz año, felices lecturas.

Sesquidécada: noviembre 1998

Elias Canetti protagoniza esta sesquidécada con una de sus recopilaciones de aforismos más conocida: El suplicio de las moscas.
Elias Canetti representa por sí mismo la Europa de las migraciones, tanto por su biografía personal como por la de su familia, de origen sefardí. Recomiendo vivamente la lectura de La lengua absuelta, el primer volumen de sus memorias, en el que cuenta su infancia y adolescencia marcadas por el aprendizaje de los idiomas que escuchaba a su alrededor; constituye sin duda un alegato multicultural que debería sonrojar a los nacionalistas de cualquier signo y en general a los obsesionados con el monolingüismo. En el terreno de la ficción, animo también a leer Auto de fe, una novela intensa sobre la pasión por los libros.
Dejo aquí algunos de los aforismos recogidos en El suplicio de las moscas:
  • Confiaba en vivir mucho tiempo sin que Dios se diera cuenta.
  • Nombrar es el mayor y más serio consuelo del hombre.
  • En cada frase añade al menos una palabra extranjera de un idioma que no conoce, ni tampoco los presentes, y todos asienten como si estuvieran al tanto.
  • La historia puede escribirse como si las cosas siempre hubieran sido como en nuestra época. Pero entonces, ¿para qué escribirla?
  • A Dios se le trabó la lengua al crear al hombre.
  • El mito es una historia cuya frescura aumenta con la repetición.
  • Siempre ocurre lo que él desea, pero cuatro o cinco años más tarde, cuando hace tiempo que desea otra cosa.
  • Se esfuerza por saber cada vez menos, y para eso tiene que aprender un montón.
  • Escritor es alguien que inventa personajes que nadie le cree y, sin embargo, nadie olvida.
  • Hay cierta tristeza en las palabras desnudas, pero yo no soy sastre, y antes que probarles un traje prefiero seguir triste.
  • Algunas palabras tienen tantos sentidos que vale la pena haber vivido sólo para conocerlas.
  • No olvides que para algunos eres tan tonto como pueda serlo para ti el más tonto de todos.
  • En la expectación con que te colma cada nuevo conocido sigues siendo un niño. En la decepción que le sigue no tardas en convertirte en un viejo amargado.
  • Queda muy poco de lo que soñamos de jóvenes. ¡Pero el peso de ese poco!

Sesquidécada: octubre 1998

Igual que hay gente que debería caerte bien y te cae mal (y así nos va), ocurre a veces lo contrario: no podemos evitar la simpatía por alguien que merecería nuestro desdén. Es lo que me pasa con uno de los autores que más estimo: se trata de Quevedo, protagonista exclusivo de esta sesquidécada,. No sé cuándo leí por primera vez un poema suyo, difícil remontarse tan lejos. El Buscón ha ocupado ya alguna sesquidécada también. Ahora Quevedo vuelve a esta serie porque en el lejano octubre de 1998 andaba yo leyendo un ensayo de Maxime Chevalier, Quevedo y su tiempo: la agudeza verbal. En verdad, si alguien debe encabezar el paradigma del ingenio verbal, ese es don Francisco de Quevedo y Villegas. Mi admiración por él está por tanto justificada, al menos en cuanto a mi condición de filólogo. Pocos han alcanzado la maestría de Quevedo en el arte de la dilogía, de la metáfora, de la ironía, de la paradoja, de la antítesis, de la hipérbole... Pero también pocos han sido tan cáusticos en el uso de la burla, el sarcasmo, la misoginia o la xenofobia. Del látigo quevediano pocos coetáneos se libraron, en especial los más débiles. Si bien es cierto que era tradición asentada incluso entre intelectuales atacar a conversos o a mujeres, eso no disculpa la especial animadversión de Quevedo hacia esos colectivos. Soy consciente de que no debemos juzgar a personajes de otras épocas bajo los patrones de la nuestra, pero leer a Quevedo hace que te hierva la sangre en más de una ocasión por la ferocidad de sus ataques. Sin embargo, como avanzaba al principio, no consigo que me caiga mal del todo, en parte por ese arte suyo con la palabra y en parte también porque esa mala baba la repartía a diestro y siniestro, como si no fuese más que una vía de escape a su propia frustración. No es sencillo acercarse a la escritura de Quevedo sin tener buenas armas en competencia lectora. Hay maravillosos poemas que admiten una lectura 'fácil' (el más conocido el que habla del amor más allá de la muerte), pero sus acólitos realmente disfrutamos con esos textos que se repliegan sobre sí mismos en una espiral de significados, formando isotopías difíciles de desentrañar, como jeroglíficos hechos con palabras que nunca acaban de cerrar su sentido último. Disfrutamos con esos textos y también con su verso punzante y con su prosa gamberra, como la del Buscón.
Creo que la historia de la literatura tiene pocos personajes tan incisivos como Quevedo. Tal vez Larra habría fraguado un carácter y un estilo similar si hubiese tenido tiempo para ello. En el siglo XX, a pesar del auge del periodismo, en el que podría destacar esa agudeza verbal quevediana, no hallo herederos a su altura; se le aproximan en alguna de sus columnas Francisco Umbral o Juan José Millás, y paremos de contar.
Quevedo es querido y odiado a partes iguales, aunque la crítica literaria siempre lo salvará. Como homenaje también, os dejo este relato, que surgió a partir de una petición especial de mi amiga Mercedes Ruiz para el proyecto 'O Apostolo'. El relato tiene demasiados tintes autobiográficos como para ser tomado a broma, así que cuidado...



P.D: Si no se creen la amistad entre Quevedo y Góngora, miren a ver quién aparece en el icono de la pestaña del navegador en este enlace a las poesías de Quevedo.

Sesquidécada: septiembre 1998

Revisando las lecturas de septiembre de 1998, encuentro pocos libros que me dejasen huella. La excepción se convertirá por tanto en protagonista de esta sesquidécada, y esa excepción lleva nombre propio: Fernando Lázaro Carreter. Creo que casi todos conocen sus recopilaciones de artículos sobre corrección idiomática: El dardo en la palabra y El nuevo dardo en la palabra, así como el imprescindible Cómo se comenta un texto literario, escrito junto con Evaristo Correa (con quien también había confeccionado los libros de texto de Anaya -momento ultranostálgico para muchos-).
Lázaro Carreter no necesita presentaciones entre la turba de filólogos que andamos ejerciendo nuestro oficio por esos mundos reales o virtuales. Forma parte de los referentes teóricos de nuestra formación como lingüistas, junto Dámaso Alonso, Emilio Alarcos, Menéndez Pidal, Rafael Lapesa, Violeta Demonte, etc. (un mundo de hombres en el que asoman pocas mujeres, por cierto). Estas figuras destacan entre el panorama de eruditos que hoy nos parecen de otros tiempos, con métodos que requerían a veces más paciencia que clarividencia. No es el caso de Lázaro ni de los mencionados, que brillaron con obras que han sentado las bases del estudio de la lengua como ciencia y que siguen siendo leídos, al menos entre los apasionados del tema, entre los que me incluyo.
Los artículos de El dardo en la palabra, publicados en la prensa española de los años 90, ponen el dedo en la llaga de la incorrección idiomática en los medios de comunicación. Lázaro Carreter dejó la dirección de la RAE aquel año de 1998 y murió apenas seis años más tarde, pero no creo que su corazón hubiese resistido de haber llegado a ver las patadas al idioma que se perpetran hoy día: sin duda, no le hubiese bastado con una columna semanal de denuncia. Debo aclarar que no soy un fundamentalista ortográfico -moriría varias veces al día en el aula-, pues entiendo que las normas son convenciones muchas veces arbitrarias y que debe primar ante todo la función comunicativa (bene dicendi) por encima de la corrección ortogramatical (recte dicendi). El problema es que esa benevolencia debería restringirse a mi alumnado, a las personas sin formación académica, a contextos muy informales de la lengua... Esa condescendencia no la merecen, sin embargo, profesionales que deben conocer bien su instrumento de trabajo: periodistas, políticos, docentes, juristas...
Como digo, en el aula la ortografía no ocupa un lugar principal, sobre todo porque los mayores problemas vienen dados por la ineficaz comprensión oral y escrita, así como por la pobre expresión oral y escrita. Puedes dedicar cientos de horas a rellenar fichas de ortografía (o a analizar oraciones), pero si no dedicas tiempo a leer y a escribir (planificar, redactar, revisar, reescribir...) poco conseguirás en este arduo camino. Quizá por eso, mis proyectos de aula de los últimos años no han incidido especialmente en cuestiones de lengua (no más allá de la lengua como instrumento) y se han centrado en objetivos literarios o comunicativos más generales. Sin embargo, el curso pasado conocí el interesante proyecto Ortografía y cómic, de Pilar Román, y me planteé llevarlo este año a clase, tal vez con 2º de ESO o con PQPI. No sé si este acercamiento heterodoxo a la ortografía hubiese convencido a aquellos eruditos, pero seguro que a Lázaro Carreter le habría encantado, pues también él tuvo sus veleidades literarias cuando escribió La ciudad no es para mí. Lo mismo dirían mis alumnos: "maestro, la ortografía no es para mí"; eso ya lo veremos.

Sesquidécada: agosto 1998

Aunque suene tópico, hay libros cuya lectura nos marca de manera indeleble para el resto de nuestra vida. Es posible que haya que esperar años para darse cuenta de ello, porque esos libros que persisten en la memoria no siempre son las lecturas que más nos han gustado o que más hemos recomendado, sino que son obras que, como los buenos vinos, han tomado cuerpo tras una digestión serena y reposada.
Esta sesquidécada rinde homenaje a una de esas novelas imprescindibles para entender el mundo en que vivimos o más bien para entender quiénes somos los seres humanos: me refiero a 1984, de George Orwell. Cuando hace quince años leía 1984, ya conocía otra de las obras maestras de Orwell, Rebelión en la granja, que también me había impactado notablemente, aunque me pareció demasiado esquemática y apologética. Con 1984 no tuve ninguna reticencia, pues me pareció una novela impecable, profunda sin olvidar lo narrativo, crítica sin dejar de ser literaria. Es difícil hablar de 1984 sin desvelar sus intrigas a quienes no la han leído, pero por otro lado, resulta aun más difícil encontrar a alguien que no haya oído hablar del Gran Hermano, de la neolengua o de la policía del pensamiento, elementos clave de esta obra orwelliana. Sin duda, los curiosos podrán encontrar suficiente información en la red sobre Orwell y su obra, pero quisiera aprovechar para recomendar una carta recién publicada en la que el propio Orwell habla de su novela y describe con gran lucidez lo que ha de ocurrir en las siguientes décadas. 
Creo que todos los ciudadanos de este Primer Mundo, tan satisfechos en nuestro ombliguismo, tan escasamente preocupados por la acumulación de poder en las manos de unos pocos -al menos mientras haya migajas que repartir-, tan soberbios en nuestro estado del bienestar -mientras dure-, deberíamos leer esta novela de Orwell y entender de una vez por todas cuál es el coste de todo lo anterior, cuál es el precio que estamos ya pagando por esas limosnas de vida burguesa. Se ha hablado siempre de 1984 como una distopía literaria, es decir como una ficción apocalíptica, pero resulta que nuestra realidad es mucho más apocalíptica que la soñada por Orwell hace más de cincuenta años. Ni siquiera necesitamos que unos burócratas borren la historia y la reescriban a gusto del Gran Hermano, porque hoy ese Gran Hermano asume que son los propios ciudadanos quienes borran sus memorias y reescriben en ellas al dictado de una sucesión de mentiras que se tapan unas a otras. Ya tenemos policía del pensamiento y vigilancia de las comunicaciones privadas. Tenemos gobernantes que castigan la transparencia y premian la delación, que inventan palabras para ocultar las verdades molestas, que utilizan la guerra para garantizar su paz. Es probable que en una sociedad normal, si alguien nos describiese este mundo en el que los poderosos desahucian y roban a los mismos miserables a quienes dicen servir, un individuo normal pensaría que se trata de una distopía, de modo que convendría reflexionar acerca de qué es lo normal y qué es lo atípico cuando hablamos de justicia, legalidad, igualdad o libertad. Sin duda, Orwell se quedó corto, pero para darnos cuenta de ello necesitaríamos más lectores y más críticos. Como decía Jean Guéhenno: "No sabe leer quien no discierne en un escrito la mentira de la verdad... Enseñar a leer a los jóvenes para que se confíen al primer papel impreso que caiga en sus manos no es otra cosa que prepararlos para una nueva esclavitud". En ello seguimos.

Sesquidécada: julio 1998

En esta sesquidécada que recuerda algunas de mis lecturas de julio de 1998 habrá dos menciones muy breves y un largo extracto reseña. Cada cual que aproveche según sus intereses veraniegos.

En los confines del mundo es una antología de relatos de Lord Dunsany, un autor que redirigió la ficción fantástica hacia terrenos que supieron abrir otros genios como Lovecraft. Algunos de sus cuentos se pueden leer en la red.


Raymond Queneau es más conocido por sus Ejercicios de estilo que por sus novelas, aunque recomiendo la lectura de Zazie en el metro (acompañada si se quiere por su versión cinematográfica), una delirante ficción de una niña que quiere conocer el metro de París justamente un día en el que sus trabajadores están en huelga. Para los curiosos, Queneau  participó también en la Sociedad Matemática de Francia y fue fundador de OuLiPo, el taller de literatura potencial en que tantos experimentos literarios se cocinaron en los años 60 y 70.



Finalmente, vuelvo a mi venerado Max Aub, cuyos Diarios pude leer con fruición durante aquel verano. Creo que la edición de Manuel Aznar en Alba editorial está ya descatalogada, por lo que debe ser difícil encontrar una edición en la actualidad. Por ello, me he animado a recoger algunos extractos que tienen especial valor para mí. Espero que os gusten. Y recordad: "La certeza es la fe; la duda, la literatura".



  • 17 de enero de 1941


Ha habido dos pueblos elegidos: el judío y el español. Ambos han querido imponer su religión al mundo. Ambos lo han esperado todo del milagro - y en el fondo sus sentimientos lo esperan todavía-. Prodigiosa esperanza... De eso morimos matando.

  • 3 de febrero de 1941

La certeza es la fe; la duda, la literatura.

  • 14 de mayo de 1941

Crisis de la moral en sí. La gente traiciona no por servir un ideal o por propio provecho (Fouché, Danton) sino por abandono total de toda dignidad. Porque la traición ha llegado a ser una cosa natural. La gente no tiene adónde agarrarse porque todos los adversarios tienen como medios los exclusivamente utilitarios. Proclaman que los medios no le hacen, que lo que se busca es el fn, que una vez éste conseguido ya dignificaremos los medios. ¡Como si hubiera un fin en la historia!

  • 11 de enero de 1945

La gente ha dejado de leer novelas en la proporción de los periódicos y revistas que ve. Prefiere la aportación a granel, sin que haga trabajo de selección. Se debe en parte a que la “ficción” se huele a falso, sin darse cuenta de que la “información” lo es tanto o más.

  • 22 de enero de 1945

Decimos: habiendo tanto que decir, tanto que, por mucho que hagamos, siempre quedarán casos que poner en relieve, ¿para qué inventar? Creo que no tengo derecho a callar lo que vi para escribir lo que imagino.

  • 17 de marzo de 1948

¿Quién habla estos días de Franco? Grajo feliz con la peste de los demás. El fascimo se nutre de cadáveres o de su olor. (...) No hay nada más espectacular que la muerte.

  • 28 de abril de 1950

Es curioso: ahora hace poco más o menos once años que salió uno de España, donde estáis enterrados: tú, Federico [García Lorca]; tú, Miguel [Hernández]. Es curioso: once años, y por persona decente.
Es decir, que si uno fuese un desvergonzado, un cínico, un deshonrat -que dicen por mi tierra-, o un rico -esto último con ciertas limitaciones-, entonces sí hubiese podido pisar esa tierra donde estáis enterrados de mala manera. Qué tiempos, ¿no?

  • 24 de marzo de 1951

Creo que la literatura tiene algo más que hacer que divertir: debe tener razón. Creo que la literatura tiene algo más que hacer que ser bonita: debe tener razón. Debe tener razón en todos los sentidos de la frase. No quiero creer que nada existe porque sí: la belleza menos que nada, ni la calidad.

  • 15 de octubre de 1951

Escribo por no olvidarme.

  • 1 de marzo de 1952

¿Qué queréis, que se dobleguen o callen todos a vuestro albedrío? Pues yo no. Salí de España por no callar -porque ésa es mi manera de combatir, porque mi profesión es la de escritor- y no callaré mi verdad.

  • 5 de abril de 1952

No admitiré nunca, creyendo como creo en el progreso, que se sacrifique la libertad en pro de un porvenir que sé no será más que un eslabón de un estadio futuro que, a su vez, será también la base de otro. Hay que retener siempre lo bueno -lo agradable, lo hermoso- y desechar lo malo -lo desagradable, lo feo-; y lo bueno y lo malo tal como lo juzgue cada uno. (...)
Todos los novelistas son ateos. Ya el arte en sí, por lo que tiene de creación, y contrario a la idea de Dios.
Toda religión es enemiga del arte.

  • 22 de noviembre de 1953

Nunca han estado tan distantes los puntos de vista del poeta y del político. La dictadura que hoy impera en la mayor parte de estados del mundo sólo permite la expresión que le conviene y ésta es, por ende, mediocre. Sólo los exiliados pueden permitirse el lujo -lo es- de escribir algo valedero, en espera de que, al prolongarse las dictaduras, sus voces se vayan extendiendo por consunción.

  • 25 de marzo de 1954

Queda la policía, mi odio hacia ella, la seguridad de que su prevalencia sobre el mundo de hoy nos lleva a una época oscura.

  • 20 de marzo de 1966

Ahora ha pasado demasiado tiempo -para mí-, no me tendrán que recordar sino descubrir. Y en España no se descubre a ningún escritor: sólo se olvida. Y a mí, ni eso: con  razón. Lo anterior valía muy poco, lo demás lo desconocían.
¡A las historias de la literatura!, que son una especie de recogedores de basura, clasificada para aprobar una asignatura de bachillerato.

  • 19 de mayo de 1972

España seguirá siendo lo que es, no lo que queramos que sea. Lucida, orgullosa, ignorante y creyente en Dios y en todos los santos (algunos laicos) y con la suficiente dosis de anticlericalismo para mantener viva la Iglesia.

  • 23 de mayo de 1972

Vuelvo a repetirlo, no entiendo a todos esos moribundos que aspiran a ser enterrados aquí, a pesar de sus ideas. Mientras reine Franco, no morirme en España ni por casualidad. Cualquier otro lugar sería bueno.

Sesquidécada: junio 1998

Junio de 1998 tiene sabor de letras hispánicas: Juan José Millás, Adolfo Bioy Casares, Luis Mateo Díez o José Saramago son los pobladores de aquellas lecturas de hace quince años. Esta sesquidécada se ocupará únicamente de los dos últimos, quizá porque más adelante haya tiempo de hablar de los otros.
Luis Mateo Díez es uno de los grandes escritores de finales del siglo XX que, a mi juicio, no ha tenido todo el reconocimiento que merece. Su prosa elegante pero sencilla, su humor fino, la indagación en las relaciones humanas y en los recovecos de la memoria, hacen de sus novelas un remanso de literatura de gran calidad. Tuve, además, la suerte de escucharlo en alguna de sus charlas públicas y pude comprobar que también en las distancias cortas sabe mantener ese discurso ameno y sobrio a la vez. Ya tuve ocasión en otra sesquidécada de recomendar algunas de sus novelas (Las horas completas o La fuente de la edad, geniales), pero la lectura que cumple ahora quince años es Camino de perdición, una especie de road movie o de odisea de lo cercano que, precisamente por lo próximo a la cotidianidad resulta aun más inquietante.

Poco puedo explicar de José Saramago que no hayan detallado ya cientos de artículos y ensayos sobre este escritor y pensador que supo advertirnos en más de una ocasión de que el emperador andaba desnudo. Al igual que con Luis Mateo Díez, resulta difícil seleccionar alguna de sus obras por encima de las demás. Ya hablé en este blog de una de mis preferidas, pero hoy toca mencionar el Ensayo sobre la ceguera, una alegoría sobre la humanidad que considero imprescindible, incluso por encima de otros clásicos de la literatura o la filosofía (menos panfletos de autoayuda y más Saramago, habría que decir). Al hilo de aquella distopía de una sociedad invidente que tanto me impactó, escribí una reseña de la que rescato algún fragmento:
La novela nos lleva a ese umbral del horror que supone un mundo sin referencias, en el que el dominio de la incertidumbre desemboca en la desesperación. Hay mucho de los clásicos del horror: la blancura de la ceguera es la blancura final de la Narración de Arthur Gordon Pym, el magistral relato de Poe, autor también recordado en esa escena dantesca del sótano del supermercado, o cuando los perros despedazan los cadáveres por las calles. (...)  La propia ceguera humana es la responsable del horror, de la aniquilación de unos seres por otros. El camino hacia la destrucción sólo procede de la incapacidad de "ver" lo que somos y de asumir "imaginariamente" lo que constituyen nuestros actos. La ceguera física no es más que una acentuada manifestación de una ceguera más profunda...
Para quienes no saben qué leer este verano, tras esta nota pueden elegir entre el discurso evocador del leonés o la inquietante realidad visionaria del portugués. Felices lecturas.

Sesquidécada: mayo 1998


¿Recuerdas cuándo leíste por primera vez el Quijote? Detrás de la lectura del Quijote hay infinidad de historias e intrahistorias. Raro es el famoso de la tele que no menciona la obra de Cervantes cuando le preguntan por el libro que salvaría de un incendio; casi tan raro como encontrar gente normal de la calle que de verdad se lo haya leído. Personalmente, aunque pienso que el Quijote es una obra excepcional, no me siento un apóstol de su lectura, y menos en el instituto. En mayo de 1998, hace quince años, leía por segunda vez, de principio a fin, el Quijote. La primera vez fue en 1994, con 26 años y un largo historial de lecturas detrás. A pesar de que siempre hubo un Quijote en la librería de mi casa, yo apenas había pasado de algunas lecturas parciales de los episodios más célebres. Intuía que había algo grande detrás, pero era consciente de que todavía no estaba preparado para ello -guardo entre sus páginas alguna hoja con decenas de palabras para mí desconocidas: "rodela, adarga..."-. Por eso pienso que la labor que tenemos los docentes de Secundaria es acercar el universo cervantino a los estudiantes, mostrar el contexto, leer fragmentos, adaptaciones, textos complementarios... abrir el apetito para cuando realmente estén preparados para leer el Quijote con placer.
Aquella segunda lectura de la que hablo en esta sesquidécada me pareció mucho más jugosa que la primera, porque estaba en condiciones de captar mejor las referencias, los guiños, la sutileza con la que Cervantes nos regalaba. Desde entonces no he vuelto a leer el Quijote de principio a fin. Lo he leído en dosis pequeñas, medianas y grandes, según me lo pedía el cuerpo, porque ahora me resulta difícil no volver a sus páginas cuando echo de menos consuelo, alegría, indignación o aventura. Vuelvo a él para leerlo a trocitos en clase, para sincoparlo o para doblarlo.
No me considero un apóstol del Quijote, pero siento un poquito de pena por todos aquellos que no han sucumbido todavía a su lectura, sea de principio a fin, sea a minúsculas dosis, dosis terapéuticas, dosis balsámicas, dosis de literatura pura cien por cien.

Sesquidécada: abril 1998

Esta sesquidécada iba dedicada en un principio a Calderón, un clásico del blog, y a su drama El mágico prodigioso, una obra sobre la que diserté en aquel abril de 1998 dentro del curso "La posibilidad de una tragedia española en el Barroco", dirigido por Evangelina Rodríguez Cuadros. Sin embargo, descubrí entre mis lecturas el Manual de crítica textual de Alberto Blecua y recordé, de repente, las motivaciones que me habían llevado a leerlo. Entonces se me hizo la luz, porque aquellas circunstancias constituyen quizá un elemento germinal de lo que soy y de las derivas que me llevaron hasta aquí.
Quienes conocen la carrera de Filología saben que las salidas profesionales se reducen básicamente a la docencia y a la edición de textos. Paradójicamente, la carrera estaba planteada sobre todo hacia la erudición, pues había poca formación pedagógica y mucha menos sobre la edición crítica de textos. De hecho, al margen de las ilustraciones de los libros de texto, pocos hemos podido ver de cerca textos antiguos, manuscritos, códices o borradores originales de escritores modernos, ni siquiera en versiones facsimilares.

Así que, para suplir esa carencia, en abril de 1998 estaba también inmerso en un curso de doctorado sobre la "Edición de textos en formato electrónico", que impartía José Luis Canet. Hay que recordar que en 1998 el correo electrónico era una tecnología emergente y los textos digitales una rareza. Por ejemplo, la Biblioteca Miguel de Cervantes estaba a la sazón empezando su andadura y reclutando becarios para digitalizar materiales. José Luis Canet había sido el responsable de la Biblioteca de la Universitat de València y había comenzado la tarea de digitalizar los ficheros. Debió de comprender entonces la necesidad de digitalizar también los textos de difícil acceso, por lo que nos ofreció a sus estudiantes la posibilidad de convertir el curso de doctorado en una práctica de edición y digitalización. Vuelvo a recordar que hablamos de 1998, con el dominio del navegador Explorer y la alternativa de Netscape, una época en la que más allá del editor de FrontPage de Microsoft, el código HTML había que trabajarlo artesanalmente, incluso utilizando ASCII para los acentos, las ñ o las cedillas.

En mi caso, escogí dos relaciones de sucesos, impresas en un pliego suelto de 1588, sobre las que tuve que trabajar en la edición y en la interpretación. Había que diseñar también la presentación digital, que se hacía con frames (no existía ni flash, ni CSS, ni nada parecido). Había que comprobar que el código HTML servía para Explorer y Netscape (lo que invalidaba, por ejemplo, las conversiones de FrontPage) y también la visibilidad en las distintas resoluciones de pantalla de los monitores de entonces. El trabajo fue un poco desesperante en ocasiones, sobre todo la parte técnica que requería dejarse los ojos con el HTML. Sin embargo, el resultado está ahí, válido 15 años después, no muy atractivo visualmente pero funcional y operativo:


Como decía al principio, la intrahistoria del manual de Blecua me ha llevado hacia dos asuntos que luego han resultado fundamentales en mi carrera: el mundo digital por un lado, y las relaciones de sucesos por otro, un tema que se convertiría en eje de mi tesis doctoral, aunque todavía ni yo mismo lo supiera. También gracias a aquella iniciativa colaborativa en red -antes de que existieran las redes sociales-, podemos disponer de textos digitales curiosos en la página de Lemir. Para quienes coleccionan anécdotas literarias, una recién licenciada y nada famosa aún Laura Gallego compartió este curso y nos dejó una versión digital del Claribalte. Algún día regresaré a estos asuntos, pues no fue esta mi única aportación a ese proyecto.

Sesquidécada: marzo 1998

Una sesquidécada que se publica el Día de la Mujer ha de tener necesariamente como protagonistas a las mujeres. Allá por marzo de 1998, mis ocupaciones lectoras seguían centradas en la literatura conventual femenina, lo que me llevó a descubrir numerosas escritoras interesantes. Si os apetece conocer algunas de las poetisas más destacadas de los siglos de oro, podéis hallarlas en una antología preparada por Ana Navarro en la editorial Castalia. Sin embargo, en esta sesquidécada me quiero centrar en dos autoras muy especiales. La primera es Sor Marcela de San Félix, una artista de primera categoría que quedó eclipsada por tres circunstancias: ser mujer, encerrarse en un convento y ser la hija de Lope de Vega. Probablemente de no haber concurrido esas condiciones (sobre todo la primera), hoy figuraría en muchos más repertorios bibliográficos. Aunque su poesía amorosa tiene una orientación divina como ocurre en los autores místicos, es fácil ver que su sensibilidad artística y su técnica versificatoria está a la altura de otros tantos poetas de la época. Os ofrezco un fragmento de uno de sus poemas amorosos, pero en Internet podéis acceder a la obra completa recopilada por Electa Arenal y Georgina Sabat de Rivers, así como a diversos estudios sobre su producción poética:


Pues no puedo callar
    ni hablar tampoco puedo,
    entre callar y hablar
    desahogarme intento.
         Y callando lo más   
    y diciendo lo menos,
    podré cumplir en parte
    con estos dos afectos.
         Yo me abraso de amores,
    sin duda yo me quemo, 
    que me ha llegado así
    un infinito fuego.
         De cerca pudo herirme
    si bien estaba lejos,
    y en calor tan activo  
    se deshizo mi hielo.
         Es el amante mío
    fino por todo estremo,
    y agora, por mi dicha,
    ha dado en estar tierno. (...)


Dejo a imaginación de los lectores completar el contexto de producción de estos poemas, a cargo de una joven, hija de Lope de Vega y Micaela de Luján, enclaustrada a la edad de 16 años y que llegaría a ser en su vida "tres veces madre superiora, maestra de novicias, provisora, refitolera y gallinera". Probablemente, lo más jugoso de su producción habrían sido sus escritos autobiográficos, quemados antes de su muerte a instancias de su confesor.
ADDENDA 10/03/13:
Referencia al cuadro del entierro de Lope de Vega con Sor Marcela en la celosía del convento
Artículo de Espido Freire sobre Sor Marcela
Artículo de 1957 en el ABC de Sevilla sobre Sor Marcela



La segunda autora en esta femenina sesquidécada es Sor Juana Inés de la Cruz, una figura muy reconocida y reivindicada desde el ámbito de la lucha por los derechos de la mujer, una figura que casi todos coinciden en señalar como una de las primeras feministas en lengua castellana. Sus poemas más combativos son tan famosos que incluso nuestros alumnos del proyecto #piensamelamor están trabajándolos, pero no es tan conocida su faceta como dramaturga. En marzo de 1998 pude leer su obra Los empeños de una casa, una comedia de enredo y con intriga amorosa. Una vez más, al igual que ocurría con Sor Marcela de San Félix, sorprende la capacidad de estas mujeres de presentar una identidad tan 'mundana' en ese contexto recluido desde el que ejercían su voz pública. Para el lector actual es todo un reto tratar de leer entre líneas las inquietudes que estas mujeres podían filtrar a través de sus obras. Es un reto adivinar si existen mensajes en clave para todas esas otras mujeres silenciadas a las que podían llegar con sus escritos. Quienes deseen acceder a esta comedia, pueden encontrar una versión digital anotada y otra descargable en formato PDF. Creo que, cuatro siglos más tarde, estas mujeres aún tienen mucho que decir.