De lo que fizo el Marqués de Montoro con su fazienda.

En este cuento todo es mentira salvo algunas cosas: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia o fruto de la imaginación de los lectores.

Ya saben ustedes cómo son los lectores…

Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio de aquesta manera.

- Es el caso, amado consejero, que ha sido aqueste un año de vacas flacas y a punto estoy de tirar de tijera de donde fuera menester pues justas andan las arcas y hasta vuestros honorarios, querido ayo, corren peligro.

- ¡Glup…! Señor Conde -dijo Patronio temiéndose un ere- antes de tomar decisión tan delicada quizá debiérais saber lo que le ocurrió al Marques de Montoro.

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El Conde preguntó qué le había sucedido mientras improvisaba mentalmente desafortunadas rimas (un poco de decoro, tesoro…) con tan sonoro (al loro…) apellido, preocupado ya por la moraleja con que debería finalizar el cuento.

- Correspondióle a aqueste señor un feudo en una situación que juzgó difícil y de la que resolvió salir recortando en prebendas, ferias y fiestas patronales amén de ahogando con impuestos, gabelas y aranceles a sus súbditos. Él mismo, para dar ejemplo, redujo de ciento veintidós a ciento veintinueve el número de cortesanos, prescindió de tres de los cinco bufones, de tres de los tres bibliotecarios, de uno de los nueve sumilleres, dejó sin centinela siete de las cinco almenas, convirtió la caballería en infantería ligera,  y se comprometió a  salir de picos pardos única y exclusivamente los cuatro últimos sábados de cada mes, salvo si aquestos cayeran en Cuaresma, en cuyo caso los recuperaría en diferido.

La quiebra del curtidor provocó la del alfarero; la de aqueste, la del molinero; la de aqueste echó al monte al panadero; acá y acullá se extendió la ruina. Aquesta forma de proceder sumió a sus siervos en la pobreza y soliviantólos; empujólos a probar fortuna en otros reinos; hizo huir hacia destinos más rentables a las caravanas de comerciantes (coméos antes los guisantes, tunantes…);  sumió al castillo en la tristeza y el desgobierno y lo dejó inerme.

Aprovechó aqueste despropósito el duque de Madina (le vinieron entonces al Conde a la cabeza pamplina, medicina, sobrina, gorrina y -aquí sonrojóse- empina) que apenas encontró resistencia cuando tomó con sus huestes la fortaleza y colgó  su pendón en la torre del Homenaje (guaje… cuida ese lenguaje, malaje…)

Vos, señor Conde, abrid y adecentad caminos, construid puentes, molinos, hospitales; comprad -y leed- libros; aligerad la muralla de aduanas; aseguraos de que nunca falten en la plaza juglares ni perroflautas; de que aquesta villa esté en la ruta de la farándula y del circo. Velad noche y día por la seguridad de los vuestros y no escatiméis en cuidarlos, educarlos y protegerlos porque así también se protegerá vuesa merced (corred, pardiez, corred…)

El Conde Lucanor siguió aqueste consejo, obró en consecuencia y como fuele bien mandó ponerlo en aquesta bitácora y resumiólo finalmente en aquestos prudentes versos (que no le hacen -ninguna- justicia):

Quien mucho la bolsa cuida,

su riqueza dilapida.

Nuevos cuentos del Conde Lucanor

Aster Navas