Dramatis personae

A Jasper Gwyn, escritor de retratos.

El desempleo golpea fuerte. Aunque durante algún tiempo he resistido con la ayuda de mis padres, los recursos de la familia son ya escasos y he aceptado la última oferta recibida. El reclamo era sugerente: “Se precisa personaje para obra de formato medio. Absténganse los habituales”. Una dirección y una hora de cita. No había más indicaciones.

Al llegar, ya aguardaban en la puerta otros desesperados que, como yo mismo, bucean en las páginas de los diarios hasta encontrar alguna actividad en la que ocupar las larguísimas tardes de primavera. Por sus rostros comprendí que tampoco tenían esperanzas de ser contratados, de modo que las sobrias palabras del capataz (“Cuatro de ustedes cojan escobones y recogedores; otros dos que me sigan”) provocaron un atropello casi ridículo en aquel grupo de hombres acostumbrados al fracaso rutinario.

El trabajo es extraño; pero se realiza mecánicamente y exige poco esfuerzo. En una sala bien iluminada, un viejo artrósico que nos fue presentado como el artista nos observa al tiempo que el capataz enlaza consignas leídas en un papel: agrupaos un momento y barred el suelo como si hubiera polvo de ladrillos sobre él, parad y tomad aire, repetid la operación, parad otra vez y dejad una mano en reposo sobre las rodillas, pensad que sois una sola persona. Mientras tanto, los dos hombres que lo acompañaron el primer día sostienen un gran marco de madera dorada, vacío en su interior. El artista contempla la escena de trabajo ficticio a través del encuadre, frunce el ceño, fuma en pipa, entorna los ojos y carraspea. Aproximadamente después de dos horas, cae rendido y se duerme. Entonces, el capataz nos despide hasta la tarde próxima, no sin entregarnos antes unos sobres con el jornal.

Parece un empleo absurdo; sin embargo, después de varias semanas de faena hemos ido descubriendo lo determinante de una labor precisa y preciosa que el artista aprecia en lo que vale. En ocasiones, al regresar a casa, un punto de rebeldía me lleva a imaginar qué sucedería si alguno de nosotros apoyase la mano equivocada sobre la rodilla equivocada, rompiendo así la perfecta composición. Pero esta pequeña crisis de autoestima dura poco, porque sé que eso no sucederá nunca. El azar ha reunido allí una cuadrilla muy profesional y entregada a su labor, un perfecto mecanismo que no puede fallar.

Pierre Jahan (1947)

Pierre Jahan (1947)


In memoriam

Fernando Ortiz, el último gran poeta sevillano, murió el pasado 29 de enero de 2014. Descanse en paz.

Fernando Ortiz, el último gran poeta sevillano, murió el pasado 29 de enero de 2014. Descanse en paz.

Hace mucho tiempo, en una ciudad tan lejana como ésta en la que hoy habita, el microcuentista tuvo la osadía de escribir unos versos. Los dejó madurar unas pocas horas y, mientras aguardaba que la masa fraguase, entretuvo la espera leyendo unos poemas de Fernando Ortiz. Al cabo de dos o, quizás, tres composiciones que iban de lo alejandrino a lo hexasílabo, el narrador destapó la olla -o cajón, según algunos testimonios-, extrajo la pasta literaria de su interior y la depositó en la basura. Siguió leyendo.


La ceguera

ceguera

Mientras sucedía nadie fue capaz de imaginar que era el principio del fin. Enviamos a nuestros mejores hombres al frente, donde morían, quedaban mutilados o, simplemente, desaparecían. Los pueblos de la retaguardia quedaron en manos de mujeres que, ante la urgencia de la ocasión, crecieron en fortaleza; pero también de un residuo de varones incapacitados por la edad, las taras físicas y la pobreza de espíritu. Tan sólo fue cuestión de tiempo que el enemigo soplase sobre la llanura para que la frágil estructura de nuestra civilización se derrumbase. Quizás una inyección de sangre nueva hubiera fortalecido el organismo para resistir el viento devastador; no obstante, la venda con la que nos cegábamos nos impidió ver la realidad del destino.


Dies irae

Dies iræ, dies illa,
Solvet sæclum in favilla,
Teste David cum Sibylla!
Tomás de Celano

Ya está otra vez espiándome a través de la ventana, con sus ridículas calzas verdes y ese sombrerito que le pone cara de amanita phalloides, aunque sin la incertidumbre que el micorrizógeno atesora. A su lado chisporrotea como siempre la lucecita que es su eterna compinche, tan enervante y presuntuosa. Sé que están deseando que les deje el camino franco, porque fuera hiela y la niebla envuelve el edificio como en las peores noches del invierno, y que si lo hago me contarán alguna historia delirante sobre la sombra o las fieras que habitan al oeste de la isla. Pero no voy a hacerlo, esta vez no. No comprendo qué les pasa a estos dos. Al regreso de la última aventura fui lo suficientemente clara: “No estoy dispuesta a ser segundo plato de nadie”, le dije con la intención de que no gritase más “¡Bangueran!” y borrase de una vez su estúpida sonrisa de la cara. No me queda otra alternativa, así que desde este momento dejo de creer en las hadas y que se vayan al infierno el cocodrilo, los niños perdidos, Smee, Garfio, los indios, el Jolly Roger y, sobre todo, los insufribles Peter y Campanilla. Ni una lágrima pienso derramar por ellos. ¡Uf, cómo me duele el vientre! ¡Menos mal que sólo es así el primer día del ciclo!


Bridge

Fedra

Las reuniones de bridge del club de madrastras no son, desde luego, un remanso de paz. La tensión reprimida por la exquisita educación de las participantes explota tras las primeras manos, el acero tiñe las miradas y renace la maledicencia contenida. Segura de su belleza incontestable, la madrastra de Blancanieves lanza torpedos verbales que impactan en la línea de flotación de una Fedra que se reconcome y maldice entre susurros un azar empeñado en negarle los dos hombres de su vida. La ajadísima madrastra de Cenicienta reparte cartas mientras tanto y disfruta como ninguna del choque de trenes que se avecina. Sabe que no puede competir en lides de amor con tan reales hembras; pero existen muchas otras formas de alcanzar placer. El agrio sabor de la cizaña puede llegar a ser dulce como la miel y su aspereza tan suave como el delicado terciopelo de los labios de Hipólito.