Dramatis personae

A Jasper Gwyn, escritor de retratos.

El desempleo golpea fuerte. Aunque durante algún tiempo he resistido con la ayuda de mis padres, los recursos de la familia son ya escasos y he aceptado la última oferta recibida. El reclamo era sugerente: “Se precisa personaje para obra de formato medio. Absténganse los habituales”. Una dirección y una hora de cita. No había más indicaciones.

Al llegar, ya aguardaban en la puerta otros desesperados que, como yo mismo, bucean en las páginas de los diarios hasta encontrar alguna actividad en la que ocupar las larguísimas tardes de primavera. Por sus rostros comprendí que tampoco tenían esperanzas de ser contratados, de modo que las sobrias palabras del capataz (“Cuatro de ustedes cojan escobones y recogedores; otros dos que me sigan”) provocaron un atropello casi ridículo en aquel grupo de hombres acostumbrados al fracaso rutinario.

El trabajo es extraño; pero se realiza mecánicamente y exige poco esfuerzo. En una sala bien iluminada, un viejo artrósico que nos fue presentado como el artista nos observa al tiempo que el capataz enlaza consignas leídas en un papel: agrupaos un momento y barred el suelo como si hubiera polvo de ladrillos sobre él, parad y tomad aire, repetid la operación, parad otra vez y dejad una mano en reposo sobre las rodillas, pensad que sois una sola persona. Mientras tanto, los dos hombres que lo acompañaron el primer día sostienen un gran marco de madera dorada, vacío en su interior. El artista contempla la escena de trabajo ficticio a través del encuadre, frunce el ceño, fuma en pipa, entorna los ojos y carraspea. Aproximadamente después de dos horas, cae rendido y se duerme. Entonces, el capataz nos despide hasta la tarde próxima, no sin entregarnos antes unos sobres con el jornal.

Parece un empleo absurdo; sin embargo, después de varias semanas de faena hemos ido descubriendo lo determinante de una labor precisa y preciosa que el artista aprecia en lo que vale. En ocasiones, al regresar a casa, un punto de rebeldía me lleva a imaginar qué sucedería si alguno de nosotros apoyase la mano equivocada sobre la rodilla equivocada, rompiendo así la perfecta composición. Pero esta pequeña crisis de autoestima dura poco, porque sé que eso no sucederá nunca. El azar ha reunido allí una cuadrilla muy profesional y entregada a su labor, un perfecto mecanismo que no puede fallar.

Pierre Jahan (1947)

Pierre Jahan (1947)


Bridge

Fedra

Las reuniones de bridge del club de madrastras no son, desde luego, un remanso de paz. La tensión reprimida por la exquisita educación de las participantes explota tras las primeras manos, el acero tiñe las miradas y renace la maledicencia contenida. Segura de su belleza incontestable, la madrastra de Blancanieves lanza torpedos verbales que impactan en la línea de flotación de una Fedra que se reconcome y maldice entre susurros un azar empeñado en negarle los dos hombres de su vida. La ajadísima madrastra de Cenicienta reparte cartas mientras tanto y disfruta como ninguna del choque de trenes que se avecina. Sabe que no puede competir en lides de amor con tan reales hembras; pero existen muchas otras formas de alcanzar placer. El agrio sabor de la cizaña puede llegar a ser dulce como la miel y su aspereza tan suave como el delicado terciopelo de los labios de Hipólito.