Convencedores

Lo siento. A estas alturas de la peli siempre me acaba saliendo un post como éste, una entrada en la que le doy vueltas a lo que hacemos en el aula; necesito estas líneas de catarsis, de terapia de grupo.

En estos veintisiete años de tiza he descubierto que somos fundamentalmente convencedores. El mayor número de nuestras neuronas lo empleamos en estimular, persuadir, disuadir, fascinar, seducir, embelesarengatusar, inducir, presionar, amenazar… El grueso de nuestra nómina paga ese esfuerzo; ese ímprobo empeño en el que cometemos una serie, inevitable, de errores.

  • En buena parte de los grupos por los que pasamos tropezamos con alumnos disruptivos. Si fuéramos al origen del problema -eludamos nuestra responsabilidad en el desaguisado- descubriríamos fallos de orientación y diagnóstico. Los encontramos demasiado tarde en aulas demasiado numerosas. Más que convencerlos, los presionamos, los amenazamos -vete a la calle, tienes un parte…- porque no quieren entrar en el vagón con la docilidad de los otros compañeros y el convoy tiene que partir. Esa conducta habrá producido -como en el siguiente vídeo- el consiguiente efecto dominó. Nos habremos mostrado convencedores pero habremos dejado de ser convincentes. Joselu, en Rebelde sin causa, describe muy bien este desencuentro.

  • Procuramos mostrarnos empáticos; salvar la distancia, sobre todo la emocional, que les separa de nosotros y del Neoclasicismo. No está mal como primer paso siempre que en el segundo sean ya ellos los protagonistas de su aprendizaje. Nada peor que un exceso de paternalismo o de identificación. Excelentes, al respecto, las recomendaciones de Santiago Moll para una gestión acertada de esa afectividad.

  • Las nuevas tecnologías son un arma de doble filo.
    • Corremos el riesgo de convertirnos en vendedores de humo si no las dosificamos, las ubicamos y las secuenciamos correctamente. Podemos engañarles y engañarnos. Será interesante volver la vista hacia atrás dentro de veinte años; en este momento las pantallas no nos dejan ver el bosque. ¿Qué grado de competencia analógica habremos conseguido o, en el peor de los casos, preservado?
    • ¿Qué crédito -por otro lado- puede tener para sus educandos un docente que no se sirve de sus canales? ¿Qué confianza puede ofrecerles un profe separado de ellos por una insalvable brecha digital
    • Recomendable y tranquilizador el artículo de Ainhoa Ezeiza, Aprendiendo a escribir sin coger el lapicero. 

Tras esta fe de erratas quisiera apuntar un par de certezas.

  1. Nada resulta tan educativo -también lo ha sido este curso- como el error, la dificultad, la equivocación; penalizarlo no beneficia el aprendizaje; lo estresa.
  2. Cada día este humilde convencedor está más convencido de que conviene trabajar por proyectos; de que nada resulta más convincente, más persuasivo, más estimulante.

Aster Navas