Sesquidécada: noviembre 1998

Elias Canetti protagoniza esta sesquidécada con una de sus recopilaciones de aforismos más conocida: El suplicio de las moscas.
Elias Canetti representa por sí mismo la Europa de las migraciones, tanto por su biografía personal como por la de su familia, de origen sefardí. Recomiendo vivamente la lectura de La lengua absuelta, el primer volumen de sus memorias, en el que cuenta su infancia y adolescencia marcadas por el aprendizaje de los idiomas que escuchaba a su alrededor; constituye sin duda un alegato multicultural que debería sonrojar a los nacionalistas de cualquier signo y en general a los obsesionados con el monolingüismo. En el terreno de la ficción, animo también a leer Auto de fe, una novela intensa sobre la pasión por los libros.
Dejo aquí algunos de los aforismos recogidos en El suplicio de las moscas:
  • Confiaba en vivir mucho tiempo sin que Dios se diera cuenta.
  • Nombrar es el mayor y más serio consuelo del hombre.
  • En cada frase añade al menos una palabra extranjera de un idioma que no conoce, ni tampoco los presentes, y todos asienten como si estuvieran al tanto.
  • La historia puede escribirse como si las cosas siempre hubieran sido como en nuestra época. Pero entonces, ¿para qué escribirla?
  • A Dios se le trabó la lengua al crear al hombre.
  • El mito es una historia cuya frescura aumenta con la repetición.
  • Siempre ocurre lo que él desea, pero cuatro o cinco años más tarde, cuando hace tiempo que desea otra cosa.
  • Se esfuerza por saber cada vez menos, y para eso tiene que aprender un montón.
  • Escritor es alguien que inventa personajes que nadie le cree y, sin embargo, nadie olvida.
  • Hay cierta tristeza en las palabras desnudas, pero yo no soy sastre, y antes que probarles un traje prefiero seguir triste.
  • Algunas palabras tienen tantos sentidos que vale la pena haber vivido sólo para conocerlas.
  • No olvides que para algunos eres tan tonto como pueda serlo para ti el más tonto de todos.
  • En la expectación con que te colma cada nuevo conocido sigues siendo un niño. En la decepción que le sigue no tardas en convertirte en un viejo amargado.
  • Queda muy poco de lo que soñamos de jóvenes. ¡Pero el peso de ese poco!