Sesquidécada: enero 1999


"Lo esencial es invisible a los ojos: solo se ve bien con el corazón." Antoine de Saint-Exupéry

Esa cita me acompañó durante años. Estaba en un cartel bien visible de un lugar que por entonces frecuentaba; no había leído nunca El Principito, porque mi maestro del cole, don Arturo, había preferido que leyésemos a Azorín. Como adolescente, me conformaba con anotar alguna cita y recordar ésta tan famosa que encabeza la primera sesquidécada del año. Así que ya había yo entrado en mi treintena, en enero de 1999, cuando me decidí a leer el clásico de Saint-Exupéry, y lo hice disfrutando de la versión original en francés. El Principito, con su complejidad existencial, vino a sumarse entonces a esa lista de libros que parecen escritos para niños pero que en absoluto lo son. Una larga lista que incluye la deliciosa prosa poética de Alfanhuí, la divertida burla política de Los viajes de Gulliver, la agridulce crítica social de Canción de Navidad, el alegato contraeducativo de Pinocho, la subversión moral de Pippi Calzaslargas, el despertar a la vida de La isla del tesoro, o el absurdo desorden del mundo en Alicia en el País de las Maravillas. Tal vez este 2014, cuando se cumplen 100 años de la primera edición de Platero y yo, sea un momento ideal para leer o releer esos "clásicos para niños" con la mirada que les corresponde. 

Crédito de la imagen: 'Le Petit Prince'