La ceguera

ceguera

Mientras sucedía nadie fue capaz de imaginar que era el principio del fin. Enviamos a nuestros mejores hombres al frente, donde morían, quedaban mutilados o, simplemente, desaparecían. Los pueblos de la retaguardia quedaron en manos de mujeres que, ante la urgencia de la ocasión, crecieron en fortaleza; pero también de un residuo de varones incapacitados por la edad, las taras físicas y la pobreza de espíritu. Tan sólo fue cuestión de tiempo que el enemigo soplase sobre la llanura para que la frágil estructura de nuestra civilización se derrumbase. Quizás una inyección de sangre nueva hubiera fortalecido el organismo para resistir el viento devastador; no obstante, la venda con la que nos cegábamos nos impidió ver la realidad del destino.