La cómoda: metáforas de la escuela (II)


La cómoda de la abuela siempre nos ha acompañado en casa. Crecimos jugando entre sus patas y guardando tesoros en sus cajones. La cómoda forma parte de nuestra historia familiar y a nadie se le ocurriría deshacerse de ella. Sin embargo, con el paso de los años, la cómoda se ha ido convirtiendo en un trasto que ocupa mucho sitio, un mueble poco útil cuyos cajones se atascan demasiado a menudo. Además, cada vez que se mueve para limpiar el polvo detrás, todo cruje y se astilla.
Hace poco, mi hermano el informático trató de acercarla al enchufe, pensando que podíamos cambiar las fotos antiguas por un marco de fotos digital; lo único que consiguió fue romperle una pata. Otro día, mi cuñado el diputado, la arrastró él solito hasta el cuarto de baño, pensando que sería útil para guardar toallas y cremas, y le rompió otra pata. Como sigan así, acabarán por destrozarla.
La única manera de mover la cómoda de la abuela es ponernos de acuerdo toda la familia y empujar con cuidado de un lado y de otro, pasito a pasito, centímetro a centímetro, ganando terreno muy poco a poco y sabiendo muy bien hacia dónde vamos.
A la cómoda de la abuela, como indica su nombre, no le gusta que le den mucho meneo, pero tampoco le agrada la idea de que la arrumben en el trastero. Nuestra cómoda, con tantos achaques como orgullo, mantiene su vocación de ser útil, para guardar la herencia familiar pero también como testigo de juegos y almacén de tesoros.



Crédito de la imagen: Mercado libre