Sesquidécada: agosto 1998

Aunque suene tópico, hay libros cuya lectura nos marca de manera indeleble para el resto de nuestra vida. Es posible que haya que esperar años para darse cuenta de ello, porque esos libros que persisten en la memoria no siempre son las lecturas que más nos han gustado o que más hemos recomendado, sino que son obras que, como los buenos vinos, han tomado cuerpo tras una digestión serena y reposada.
Esta sesquidécada rinde homenaje a una de esas novelas imprescindibles para entender el mundo en que vivimos o más bien para entender quiénes somos los seres humanos: me refiero a 1984, de George Orwell. Cuando hace quince años leía 1984, ya conocía otra de las obras maestras de Orwell, Rebelión en la granja, que también me había impactado notablemente, aunque me pareció demasiado esquemática y apologética. Con 1984 no tuve ninguna reticencia, pues me pareció una novela impecable, profunda sin olvidar lo narrativo, crítica sin dejar de ser literaria. Es difícil hablar de 1984 sin desvelar sus intrigas a quienes no la han leído, pero por otro lado, resulta aun más difícil encontrar a alguien que no haya oído hablar del Gran Hermano, de la neolengua o de la policía del pensamiento, elementos clave de esta obra orwelliana. Sin duda, los curiosos podrán encontrar suficiente información en la red sobre Orwell y su obra, pero quisiera aprovechar para recomendar una carta recién publicada en la que el propio Orwell habla de su novela y describe con gran lucidez lo que ha de ocurrir en las siguientes décadas. 
Creo que todos los ciudadanos de este Primer Mundo, tan satisfechos en nuestro ombliguismo, tan escasamente preocupados por la acumulación de poder en las manos de unos pocos -al menos mientras haya migajas que repartir-, tan soberbios en nuestro estado del bienestar -mientras dure-, deberíamos leer esta novela de Orwell y entender de una vez por todas cuál es el coste de todo lo anterior, cuál es el precio que estamos ya pagando por esas limosnas de vida burguesa. Se ha hablado siempre de 1984 como una distopía literaria, es decir como una ficción apocalíptica, pero resulta que nuestra realidad es mucho más apocalíptica que la soñada por Orwell hace más de cincuenta años. Ni siquiera necesitamos que unos burócratas borren la historia y la reescriban a gusto del Gran Hermano, porque hoy ese Gran Hermano asume que son los propios ciudadanos quienes borran sus memorias y reescriben en ellas al dictado de una sucesión de mentiras que se tapan unas a otras. Ya tenemos policía del pensamiento y vigilancia de las comunicaciones privadas. Tenemos gobernantes que castigan la transparencia y premian la delación, que inventan palabras para ocultar las verdades molestas, que utilizan la guerra para garantizar su paz. Es probable que en una sociedad normal, si alguien nos describiese este mundo en el que los poderosos desahucian y roban a los mismos miserables a quienes dicen servir, un individuo normal pensaría que se trata de una distopía, de modo que convendría reflexionar acerca de qué es lo normal y qué es lo atípico cuando hablamos de justicia, legalidad, igualdad o libertad. Sin duda, Orwell se quedó corto, pero para darnos cuenta de ello necesitaríamos más lectores y más críticos. Como decía Jean Guéhenno: "No sabe leer quien no discierne en un escrito la mentira de la verdad... Enseñar a leer a los jóvenes para que se confíen al primer papel impreso que caiga en sus manos no es otra cosa que prepararlos para una nueva esclavitud". En ello seguimos.

Tras los pasos de Lázaro de Tormes (II)

En la entrada anterior dejé al pobre Lázaro en manos del cruel ciego a las puertas de Salamanca. Había recibido su primera calabazada y su primera lección, había aprendido que nada podía esperar de aquél con quien caminaba; pero también que ese mismo ciego brutal era la única tabla de salvación con que contaba:

“Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré.” Y fue así, que después de Dios, éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir.

El niño Lázaro pudo sentir cómo el poemilla de Catulo revivía en sus propias carnes y en su corazón:

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

(Odio y amo. Quizás te preguntes por qué lo hago.
No lo sé, pero lo siento así y sufro.)

Evidentemente, la intención de Catulo y la situación del pícaro están en claves muy diferentes; pero cualquiera que se acerque a la obra no podrá negar que la actitud de Lázaro hacia su primer amo oscila entre el amor y el odio.

El caso es que, una vez sanadas las heridas, amo y criado hubieron de enfrentarse al camino y a los inmensos campos de cereal que rodean Salamanca.

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El destino final del viaje, según figura en la novela, son las tierras de Toledo, donde discurrirán los sucesos de los seis tratados siguientes.

Cuando salimos de Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la gente más rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este refrán: “Más da el duro que el desnudo.” Y venimos a este camino por los mejores lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no, a tercero día hacíamos San Juan.

Pero para llegar hasta Toledo, habían de atravesar llanuras y sierras y buscar cada jornada el alimento y el cobijo necesarios. Pongámonos en la piel del niño que nunca se ha alejado de las faldas de su madre, golpeado, obligado a crecer y a madurar en tan poco tiempo, y contemplemos con sus ojos la perspectiva que se abría ante él:

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En las largas caminatas, Lázaro y el ciego aprendieron a conocerse, sin duda. La novela deja constancia solamente de los golpes y engaños, pero por fuerza debieron ser también muy largas y provechosas las conversaciones. Resulta curioso que en la obra no se incluyan estas charlas que modelaron la personalidad de Lázaro y sí encontremos largas conversaciones entre Lázaro y su tercer amo, el escudero, con quien pasó mucho menos tiempo. Sin embargo no debemos olvidar que el autor es el dueño absoluto de su obra y que el narrador ha construido la suya para justificar la flagrante deshonra familiar del cínico adulto que firma la carta. En este sentido, ha querido mostrarnos con el ciego el “aprendizaje físico”, mientras que con el escudero nos mostrará el “aprendizaje moral”. Es probable que por este motivo no se nos de cuenta de los lugares atravesados entre Salamanca y la tierra toledana, donde está radicada la segunda referencia geográfica de la novela: Almorox.

Esta elipsis obliga al viajero que hoy quiera seguir el rastro de Lázaro a inventar su propio camino, aunque debe guardar siempre una cierta coherencia con los datos de la obra. Al salir de Salamanca camino de Toledo a través del puente viejo, a la pareja se le abrieron dos posibilidades principales: dirigirse hacia Alba de Tormes o hacia Peñaranda de Bracamonte. Fijándome en la referencia de que hicieron el camino por “los mejores lugares”, yo inventé mi propia ruta: Alba de Tormes, Madrigal de las Altas Torres, Medina del Campo, Arévalo y Ávila. No es el camino más recto, pero sí una buena ruta que hubiera llevado a los dos caminantes hasta las puertas de la sierra de Gredos y, tras ella, a Toledo. Además, es una senda contaminada de otras, como ya apunté en la entrada anterior, rica en historia y referencias literarias: la mística, los comuneros, la reina Isabel o Fray Luis siguen viviendo a la vuelta de la esquina de una fachada mudéjar, en las almenas de un castillo o tras las puertas de un convento solitario.

En Alba, Lázaro podría encontrarse de nuevo con el río que le vio nacer, en cuyas aguas se refleja orgullosa la torre del homenaje del que fue castillo de origen de la casa de Alba.

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Hoy solamente queda en pie la torre, y a sus pies una población tranquila en la que todavía resuena el último aliento de Santa Teresa de Jesús. Allí, en Alba, un 4 de octubre de 1582, Santa Teresa dio el paso hacia esa vida por ella tan deseada.

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.
Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

Es tanta la fuerza del personaje que se respira en el lugar, que el viajero pudiera caer en la tentación de abandonar su objetivo y lanzarse en pos del rastro de la santa. Pero debe ser fuerte, pues los pasos de Lázaro volverán a llevarnos al encuentro con Teresa de Jesús.

Vencida la tentación mística, encaminé mis pasos hacia Medina del Campo, buscando, al igual que Lázaro y su amo, “los mejores lugares”. Me parecía lógico que quienes vivían de la caridad y de la venta de oraciones y emplastos se encaminaran hacia la ciudad de las ferias, un rico emporio comercial en medio de la llanura castellana. Sin embargo, lo primero que percibí del lugar no fue el trasiego comercial, sino la gran mole del castillo de la Mota, imponente señor de la llanura.

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Y a sus pies, ahora sí, la ciudad y la plaza y la gente que iba y venía.

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No me cabe duda de que el ciego hubiera decidido ir un poco hacia el norte, aunque eso lo alejase de su objetivo prefijado, para obtener así buenos rendimientos que le permitiera lanzarse ya sin miedo camino del sur.

Medina del Campo es uno de los centros de Castilla; no en lo geográfico, evidentemente, pero sí en lo histórico. Allí murió la reina Isabel, por allí cruzaron los comuneros, y al pisar los suelos empedrados de la población, el eco de lo que fue tienta de nuevo al viajero para abandonar los pasos de Lázaro y dejarse llevar por otras rutas. Cuando se escribió el Lazarillo todavía no estaban completamente apagados lo rescoldos de la revuelta comunera y la sombra de la reina loca encerrada en la cercana Tordesillas debía aún proyectarse sobre Medina. El romance compuesto recientemente por Luis López Álvarez nos habla de ese mundo, de la tristeza de una reina prisionera, de unos nobles que se niegan a olvidar lo que fueron. Los tiempos estaban cambiando irremisiblemente durante la primera mitad del siglo XVI, y Castilla la Vieja estaba, poco a poco, perdiendo su lugar de privilegio. Ahora todo se decidía mucho más al sur, en Toledo, por ejemplo, hacia donde viajaban el ciego y su criado y hacia donde había huido del deshonor el tercer amo de Lázaro.

Al igual que en Alba de Tormes, las tentaciones de olvidar el objetivo de nuestra ruta son muchas en Medina. Hay que seguir siendo fuertes y cerrar, por tanto, este capítulo para abrir el de Madrigal de las Altas Torres.

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¿Qué queda hoy de Madrigal? Casi nada. Ruinas, referencias históricas y el nombre más hermoso de Castilla. En el palacio que Juan II poseía en esta población abulense nació la reina Isabel, bien protegida por las  torres que rodeaban la ciudad y de las que tan sólo quedan en pie veintitrés.

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El discurrir del tiempo provoca curiosas coincidencias, porque en esta misma población murió Fray Luis de León un 23 de agosto de 1591, mientras estaba enfrascado en la redacción de la biografía de Teresa de Jesús. Al igual que la santa abulense encontró en Alba de Tormes el camino definitivo hacia Dios, en Madrigal pudo Fray Luis liberarse de la prisión terrenal de la que tanto se quejaba ante su amigo Felipe Ruiz y acceder al conocimiento absoluto:

¿Cuándo será que pueda
libre de esta prisión volar al cielo,
Felipe, y en la rueda
que huye más del suelo,
contemplar la verdad pura sin velo?

Allí a mi vida junto
en luz resplandeciente convertido,
veré distinto y junto
lo que es y lo que ha sido,
y su principio propio y escondido.

Entonces veré cómo
el divino poder echó el cimiento
tan a nivel y plomo,
do estable eterno asiento
posee el pesadísimo elemento.

Veré las inmortales
columnas do la tierra está fundada,
las lindes y señales
con que a la mar airada
la Providencia tiene aprisionada.

Por qué tiembla la tierra
pro qué las hondas mares se embravecen,
dó sale a mover guerra
el cierzo, y por qué crecen
las aguas del Océano y decrecen.

De dó manan las fuentes;
quién cebe y quién bastece de los ríos
las perpetuas corrientes,
de los helados fríos
veré las causas, y de los estíos.

Las soberanas aguas
del aire en la región quién las sostiene;
de los rayos las fraguas;
dó los tesoros tiene
de nieve Dios, y el trueno dónde viene.

¿No ves cuando acontece
turbarse el aire todo en el verano?
El día se ennegrece
sopla el gállego insano.
y sube hasta el cielo el polvo vano;

y entre las nubes mueve
su carro Dios ligero y reluciente,
horrible son conmueve,
relumbra fuego ardiente,
treme la tierra, humíllase la gente.

La lluvia baña el techo,
envían largos ríos los collados;
su trabajo deshecho,
los campos anegados
miran los labradores espantados.

Y de allí levantado
veré los movimientos celestiales,
así el arrebatado
como los naturales,
las causas de los hados, las señales.

Quién rige las estrellas
veré, y quién las enciende con hermosas
y eficaces centellas;
por qué están las dos osas,
de bañarse en el mar, siempre medrosas.

Veré este fuego eterno
fuente de vida y luz do se mantiene;
y por qué en el invierno
tan presuroso viene,
por qué en las noches largas se detiene.

Veré sin movimiento
en la más alta esfera las moradas
del gozo y del contento,
de oro y luz labradas
de espíritus dichosos habitadas.

En Alba y en Madrigal, Teresa de Jesús y Fray Luis de León cumplieron con sus sueños, aunque desde otras perspectivas pudieran ser tachados como locuras. En cualquier caso, como bien explicaba Antonio Machado, cabe la duda de que el viaje físico y espiritual no alcanzase el final deseado.

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!

Como por arte de magia, una ciudad perdida en medio de Castilla se convierte, por azar, en el punto de reunión de diversos caminos: el de la reina Isabel, el de Fray Luis de León, el de Santa Teresa de Jesús y nuestro camino imaginado de Lázaro de Tormes. Son motivos más que suficientes para detenerse y caminar entre sus calles desiertas,  muros de ladrillos y tapias de conventos.

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Pero la prisa aprieta, y todavía resta una parada antes de poder dejar descansar a Lázaro y su amo a los pies de la Sierra de Gredos.

Porque buscando buenas poblaciones, no me cabe la menor duda de que el ciego hubiera decidido tomar el camino de Arévalo.

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Allí seguro que pararía algunas jornadas, transitaría entre sus plazas y se apostaría bajo los arcos de ladrillo o apoyado en los tapiales para ofrecer sus servicios a la población.

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Además, es Arévalo otra localidad en la que confluyen referencias, pues en esta población pasó su infancia la reina Isabel, protegida por los muros del castillo de los avatares de la corte. Tras esos muros fue educada y preparada para su asalto definitivo al poder.

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Y ya es tiempo de descansar, pues Lázaro y a su amo tienen por delante lo más duro de su viaje: las áridas tierras que circundan Ávila y la fiereza de la Sierra de Gredos. Después, ya vendrán los días de vino en Almorox, la dulce venganza de Escalona, la viva muerte de Maqueda y, por fin, Toledo.


Tras los pasos de Lázaro de Tormes (I)

Hablaban los ilustrados del “viajar con utilidad”, una actividad que trascendiese el mero entretenimiento para convertirse en un proceso de aprendizaje. Como asumo que cojeo del pie de la pedantería -mea culpa!- este verano me he lanzado a un viaje al fondo del Lazarillo de Tormes, ese libro que tantos hemos leído, desde diferentes presupuestos, pero que no creo que pueda comprenderse en su totalidad sin pisar las tierras, sin seguir las huellas, de su protagonista. Solamente plantándose ante la mole de las ciudades de Salamanca y Toledo, o ante la inmensidad de los campos de pan castellanos puede el lector hacerse una idea cabal del sufrimiento e incertidumbre del niño ingenuo, primero, y del cinismo pragmático que habita en el narrador adulto que da cuenta de su situación. Entre un momento y otro media un viaje vital, temporal y también espacial. A lo largo de seis jornadas he querido revivirlo en primera persona, siguiendo las referencias geográficas sobre las que descansa la novela y completando los huecos que la narración deja para que sea el destinatario del relato quien trace su propio camino. Al hilo de este viaje personal, los pasos de Lázaro de Tormes se me han mezclado con otros pasos: los de Fray Luis; los de Santa Teresa de Jesús y San Juan de de la Cruz; los de Isabel de Trastamara; los pasos comuneros de Bravo, Padilla y Maldonado; los de la monarquía borbónica que huye de un Madrid infernal para perderse entre jardines y bosques durante las primaveras y los veranos. La ruta se complicó, en definitiva, y no podía ser de otra manera para un “Vuestra Merced” del siglo XXI que sigue pidiendo explicaciones al pobre hombre de Tejares al tiempo que es incapaz de separar lo leído de lo vivido. Todo se termina por confundir, y el humilde objetivo de recorrer un camino narrado en 1554 resultó al fin un baño de historia literaria confuso, pero útil y esclarecedor.

“Pues sepa vuestra merced ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca.”

¿Dónde está esa aldea de Tejares en la que nacieron los padres y el propio Lázaro? Hoy no existe. No la busquen en el mapa. Peso a todo, sí podemos ubicar más o menos el lugar, pues en la orilla sur del río Tormes a su paso por Salamanca existe un barrio llamado Tejares. ¿Será ese el lugar? La novela nos dice que el padre de Lázaro tenía a su cargo un molino del río y que en ese río es donde nació el protagonista.

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“Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una  aceña, que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí: de manera que con verdad puedo decir nacido en el río.”

En este entorno bucólico, entre árboles y agua, con la imponente Salamanca al fondo, pasó Lázaro sus primeros años de vida, aunque de ellos nada nos cuenta la novela. Es en este lugar, tan al principio de la ruta del Lazarillo, donde se produce el primer cortocircuito lector. La escasez de datos que ofrece la obra sobre la primera infancia del protagonista me obliga a conectar con otro personaje vinculado a Salamanca. Y entonces aparece Fray Luis de León, que por los años en que se escribió la novela vivía, estudiaba y escribía ya en Salamanca. No sé si el paisaje de Tejares fue una referencia para el poeta, pero, visto hoy día, se encuentran en las orillas del Tormes algunas de las claves de su oda “Vida retirada”.

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.

Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrazando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.

El contento y la paz que rezuman los versos de Fray Luis se le rompen al pobre Lázaro con tan sólo ocho años. Las sisas del padre, la condena y la muerte posterior de Tomé González obligan a la madre de Lázaro a tomar una decisión capital: abandonar Tejares para “arrimarse a los buenos” en la ciudad.

“Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas.”

Una mujer heroica esta Antonia Pérez que toma a su hijo de la mano y atraviesa el puente romano que conduce a una nueva vida. Ahora diríamos que la mujer se “reinventó” para sobrevivir.

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Y allí, entre estudiantes y criados de nobles, pasó Lázaro los siguientes años de su infancia. No es de extrañar que sus juegos infantiles y los recados le llevaran por las fachadas de la universidad o por los aledaños de la catedral.

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La vida en Salamanca era, sin duda, muy diferente de la que llevaba en Tejares, y aunque en la novela sólo se nos hable del negro Zaide y del “hermanico”, ¿por qué no pensar que Lázaro pudo cruzar sus pasos con Fray Luis o con el músico Salinas o con don Pedro Portocarrero o con Felipe Ruiz? Yo quiero creer que, llevado por algún encargo de la madre, Lázaro se dirigió en algún momento a la puerta de la universidad y allí pudo oír el eco del órgano de Salinas y, al igual que Fray Luis, se vio transportado más allá de su propia realidad de caballerizas, golpes, necesidades y miseria. Ya sé que las fechas no coinciden, que Salinas no llegó a Salamanca hasta 1561, que el Lazarillo de Tormes se había publicado siete años antes y que la oda de Fray Luis suele fecharse en 1577; pero en el universo de las letras, en esa frontera difusa entre la realidad y la ficción, a menudo la exactitud temporal pierde importancia si es para conseguir un fin mayor.

El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música estremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora,
la belleza caduca, engañadora.

Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entrambas a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
estraño y peregrino oye o siente.

¡Oh, desmayo dichoso!
¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!
¡Durase en tu reposo,
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos a quien amo
sobre todo tesoro;
que todo lo visible es triste lloro.

¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos!

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Sin embargo, la vida de nuestro personaje habría de dar aún otro cambio radical. Ya era buen mozo y la madre creyó que debía convertirse en dueño de su propia existencia. Le encomendó al ciego para que aprendiese con él las lecciones de vida necesarias para subsistir. Es lógico pensar que los primeros días pasados con el ciego, Lázaro debió recorrer mil veces la Plaza Mayor, centro de la urbe y lugar de reunión de la población.

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Tras unos días pasados en Salamanca, el ciego tomó la decisión de abandonar la ciudad para buscar mejores ganancias.

Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí, y  cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos  llorando, me dio su bendición y dijo: ”Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto: Válete por tí.”

Lázaro se preparó para abandonar su vida anterior con miedo, es de suponer, pero también con una cierta esperanza en un futuro mejor. De nuevo, las palabras de Fray Luis se me presentan al pensar en lo que debió sentir el niño ingenuo.

No pudo ser vencida,
ni la será jamás, ni la llaneza
ni la inocente vida
ni la fe sin error ni la pureza,
por más que la fiereza
del Tigre ciña un lado,
y el otro el Basilisco emponzoñado;

por más que se conjuren
el odio y el poder y el falso engaño,
y ciegos de ira apuren
lo propio y lo diverso, ajeno, estraño,
jamás le harán daño;
antes, cual fino oro,
recobra del crisol nuevo tesoro.

Pero la fe en la bondad humana por fuerza hubo de durar muy poco tiempo. A la entrada del puente de piedra que cruza el Tormes camino del sur, Lázaro comprendió que le esperaba un aprendizaje de dolor, en el que la brutalidad y el cariño convivían.

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Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo: ”Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro dél.”

Yo simplemente llegué, creyendo ser así; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres dias me duró el dolor de la cornada, y dijome: ”Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo”.

En un instante las esperanzas de Lázaro se hicieron pedazos. Las palabras de su madre debieron resonar entonces en su memoria: estaba solo y debía valerse por sí mismo. Del ciego solamente podía esperar un aprendizaje brutal que le enseñase a sobrevivir en un mundo de lobos.

“Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré.” DSC_0028.jpg


Cincuenta sombras de Calisto


CALISTO: Sempronio, lleva este mensaje a Melibea. Entrégale también esa caja de ahí.
SEMPRONIO: Sí, señor.
MELIBEA: ¿Qué me trae, Sempronio? ¿Acaso otro mensaje del señor Calisto? Veamos:
De: Calisto
Para: Melibea
Asunto: Cordón

Señorita Melibea. Ese cordón que me hizo llegar a través de Celestina se ha convertido ya en una pieza única de mi colección. Estoy deseando usarlo pronto y supongo que usted también. La espero el sábado; la víspera de festivo añadirá más aliciente a nuestros juegos.
SEMPRONIO: Señorita Melibea, mi señor también quiere entregarle esta caja.
MELIBEA: ¡Oh, una paloma!
SEMPRONIO: Se trata de la mejor paloma mensajera de la ciudad. Es capaz de entregar mensajes de hasta mil palabras en menos de cinco minutos. Muchos reyes matarían por tenerla.
MELIBEA: No puedo aceptarla. ¿O tal vez debería hacerlo si no quiero parecer descortés? Bueno, será sólo un préstamo. Dígaselo a su señor.
Cielos, qué serio es este hombre. Tendría que haberle preguntado algo sobre Calisto, sobre sus silencios, su manera de estar ausente, y sobre ese rechazo a subir escaleras.
De: Melibea
para: Calisto
Asunto: Regalos

Señor Calisto. Sabe que no me gusta que me trate como a una de esas jovenzuelas que acompañan a la puta vieja Celestina que tan amiga suya parece ser. Esta paloma que me ha enviado será solo un instrumento de comunicación. No quiero tener que agradecerle nada. Atentamente, Melibea.
Ahora solo tengo que prender el mensaje a la paloma y, ¡ale!, vuela con tu amo. Voy a darme un baño.
¿Por qué este cuerpo parece rebelarse contra mis deseos? ¿O es contra mi razón? Porque yo deseo entregarme a Calisto, o al menos, la diosa que llevo dentro así lo desea. Pero mi cabeza piensa lo contrario y se niega a someterse a la tiranía de ese noble que se cree el amo del mundo...
CALISTO: ¿De verdad piensas que me creo el amo del mundo?
MELIBEA: ¡Cielos! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo te atreves a entrar en mi baño? ¿Cómo has llegado tan pronto? ¿Y de qué manera accedes a mi pensamiento?
CALISTO: Sabes que puedo conseguirlo todo, incluso adivinar tus miedos y deseos. Pero no estoy aquí para darte explicaciones. He recibido tu mensaje y no me ha gustado nada el tono con el que mencionas a Celestina. Ya te dije que esa anciana había sido muy importante en mi vida.
MELIBEA: Ya lo sé, aunque nunca me has aclarado si ella también te ha hecho así de pervertido. Nunca me cuentas nada, por ejemplo por qué ese miedo a subir escaleras.
CALISTO: Señorita Melibea, aquí soy yo quien hace las preguntas y quien dicta castigos o entrega recompensas. Creo que voy a tener que usar ya ese cordón que me envió.
MELIBEA: ¿Me va a doler?
CALISTO: Te dolerá un poco, pero, si sigues frunciendo el ceño y mordiéndote el labio, no podrás sentarte hasta pascua de Pentecostés.
MELIBEA: Señor Calisto, sé que le gustaría que le dijera que soy su esclava, pero no tiene ningún derecho a presentarse aquí y amenazarme con castigos. ¿Por qué me mira así? ¿Qué va a hacer con ese cordón? ¿Y esas tenacillas? (La diosa que llevo dentro aplaude a rabiar)
CALISTO: Date la vuelta y apoya la frente en ese escabel. ¡Oh, Melibea! En esto veo la grandeza de Dios...