O pequeno neno

Vin este conto no blog do meu amigo e compañeiro Aníbal de la Torre, hai xa tempo. Na súa versión aparece outro título, pero eu preferín recuperar o que usou a súa autora, Helen E. Buckley, no ano 1961, cando se publicou. Trátase dunha historia sobre a creatividade e a escola. E talvez as cousas non cambiaron tanto, como ás veces pensamos…

Unha vez un neno foi á escola. Era moi pequeniño e a escola moi grande. Pero cando descubriu que podía ir á súa clase con só entrar pola porta, sentiuse feliz.

Unha mañá, estando o pequeno neno na escola, a súa mestra dixo:

-Hoxe imos facer un debuxo.
-Que bo! -pensou o neno. A el gustáballe moito debuxar, e podía facer moitas cousas: leóns e tigres, galiñas e vacas, trens e botes.

Sacou a súa caixa de cores e comezou a debuxar. Pero a mestra dixo:

-Esperen, non é hora de empezar -e agardou a que todos estivesen preparados.
-Agora -dixo a mestra-, imos debuxar flores.
-Que bo! -pensou o neno-, gústame moito debuxar flores.

E empezou a debuxar preciosas flores coas súas cores. Pero a mestra dixo:

-Esperen, eu ensinareilles como hai que facer.

E debuxou unha flor vermella cun talo verde.

O pequeno mirou a flor da mestra e despois mirou a súa. A el gustáballe máis a súa flor ca da mestra, pero non dixo nada e comezou a debuxar unha flor vermella cun talo verde igual á que fixera ela.

Outro día, cando o pequeno neno entraba á súa clase, a mestra dixo:

-Hoxe imos facer algo con barro.
-Que bo! -pensou o neno-, gústame moito o barro.

El podía facer moitas cousas co barro: serpes e elefantes, ratos e bonecos, camións e carros, e comezou a estirar a súa bóla de barro. Pero a mestra dixo:

-Esperen, non é hora de comezar -e logo agardou a que todos estivesen preparados.
-Agora -dixo a mestra-, imos deseñar un prato.
-Que bo! -pensou o neno-. A min gústame moito facer pratos.

E comezou a construír pratos de distintas formas e tamaños. Pero a mestra dixo:

-Esperen, eu ensinareilles como é.

Entón, ensinoulles a todos os nenos como facer un profundo prato.

-Aquí teñen -dixo a mestra-. Agora poden comezar.

O pequeno neno mirou o prato da mestra e despois mirou o seu. A el gustáballe máis o seu prato, pero non dixo nada e comezou a facer un igual ao da súa mestra.

E moi pronto o pequeno neno aprendeu a esperar e a mirar, e a facer cousas iguais ás da súa mestra. E deixou de facer as cousas que xurdían das súas propias ideas. E aconteceu que un día a súa familia mudou para outra casa e o pequeno comezou a ir a outra escola. No seu primeiro día de clase, a nova mestra dixo:

-Hoxe imos facer un debuxo.
-Que bo! -pensou o pequeno neno, mentres esperaba que a mestra dixese que había que facer.

Pero a mestra non dixo nada, só camiñou dentro da súa aula. Cando chegou ata o sitio do pequeno neno, dixo:

-Non queres empezar o teu debuxo?
-Si -dixo o pequeno-, que imos facer?
-Non o sei ata que ti non o fagas -dixo a mestra.
-E como o fago? –preguntou o neno.
-Como ti queiras –contestou ela.
-E de calquera cor?
-De calquera cor dixo a mestra. Se todos facemos o mesmo debuxo e usamos as mesmas cores, como vou saber quen os fixo?
-Eu non o sei -dixo o pequeno neno.

E comezou a debuxar unha flor vermella cun talo verde…

La mariposa de Prezi

Hace algún tiempo conté la historia de Chuang Tzu, que soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que soñaba ser un hombre. Ahora, al adaptar una presentación hecha con Prezi, ya no sé si el sueño era realmente de Chuang Tzu. Tal vez también fuese un sueño mío, o incluso del escritor Eric Carle

Hermano cielo, hermana águila

En una época tan remota que casi todo su rastro se ha perdido en el polvo de la pradera, unas antiguas gentes vivían en esta tierra que hoy llamamos América.

Vivieron allí durante miles de años y sus descendientes se convirtieron en los grandes pueblos indios de los choctaw y cherokee, los navajos, los iroqueses y los sioux, entre muchos otros.

Pero llegó un momento en que los colonos blancos procedentes de Europa iniciaron una sangrienta guerra contra los indios. En el tiempo que dura una vida, reclamaron para sí, y se la quedaron, toda la tierra de los indios, y a éstos les dejaron tan sólo pequeñas porciones de tierra donde vivir.

Cuando las últimas guerras indias estaban llegando a su fin, uno de los jefes más valientes y respetados de las Naciones del Noroeste, el Jefe Seattle, se sentó a una mesa con el hombre blanco para firmar un documento que le presentó el nuevo Comisario de Asuntos Indios del Territorio.

El gobierno de los Estados Unidos deseaba comprar las tierras del pueblo del Jefe Seattle. Con una presencia impresionante y unos ojos que reflejaban la grandeza del alma que habitaba en su interior, el Jefe se levanto para dirigir con voz retumbante unas palabras a los reunidos.

¿Acaso podéis comprar el cielo?, empezó el Jefe Seattle. ¿Acaso podéis poseer la lluvia y el viento? Mi madre me dijo que toda esta tierra es sagrada para nuestro pueblo. Cada aguja de pino. Cada playa arenosa. Cada niebla en los bosques oscuros. Cada prado y cada insecto zumbador. Todos son sagrados en la memoria de nuestro pueblo.

Mi padre me dijo: Conozco la savia que corre por los árboles como conozco la sangre que fluye por mis venas. Somos una parte de la tierra y ella es parte de nosotros Las flores perfumadas son nuestras hermanas. El oso, el ciervo, la gran águila… ellos son nuestros hermanos. Las cumbres rocosas, las praderas, los caballos, todos pertenecen a la misma familia.

La voz de mis antepasados me dijo: El agua resplandeciente que corre por torrentes y ríos no es simplemente agua, sino la sangre del abuelo de tu abuelo. Cada reflejo espectral de las claras aguas de los lagos nos habla de recuerdos de la vida de nuestro pueblo. El murmullo del agua es la voz de la abuela de tu abuela.

Los ríos son nuestros hermanos. Apagan nuestra sed. Transportan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Debéis tener para con los ríos la bondad que tendríais para con un hermano.

La voz de mi abuelo me dijo: El aire es precioso. Comparte su espíritu con toda la vida que él sostiene. El viento que me dio mi primer aliento también recibió mi último suspiro. Debéis dejar en paz a la tierra y el aire, para que sigan siendo sagrados y el hombre pueda gozar del viento perfumado por las flores de la pradera. Cuando el último hombre rojo y la última mujer roja hayan desaparecido con su naturaleza salvaje y su recuerdo no sea más que la sombra de una nube que atraviesa la pradera, ¿existirán aún las playas y los bosques? ¿Quedará algo del espíritu de mi abuelo?

Mis antepasados me han dicho. Esto es lo que sabemos: La tierra no nos pertenece. Nosotros pertenecemos a la tierra. La voz de mi abuela me dijo: Enseña a tus hijos lo que te han enseñado. La tierra es nuestra madre. Lo que le sucede a la tierra les sucede a todos los hijos de la tierra.

Escuchad mi voz y la voz de mis antepasados, dijo el Jefe Seattle. El destino de vuestro pueblo es un misterio para nosotros. ¿Qué ocurrirá cuando todos los bisontes hayan muerto y los caballos salvajes estén domesticados? ¿Qué ocurrirá cuando los rincones más secretos del bosque estén llenos del olor de muchos hombres? ¿Qué ocurrirá cuando la visión de las hermosas colinas esté empañada por la presencia de múltiples cables parlantes? ¿Dónde estará el bosque espeso? Desaparecido. ¿Dónde estará el águila? ¡Desaparecida! ¿Y qué ocurrirá cuando digamos adiós al rápido potro y a la cacería? Será el final de la vida y el principio de la supervivencia.

Esto es lo que sabemos: Todas las cosas están relacionadas como la sangre que nos une. Nosotros no hemos tejido la red de la vida, no somos más que un hilo de ella. Todo lo que hacemos a esta red, nos lo hacemos a nosotros mismos. Amamos esta tierra como un recién nacido ama el latido del corazón de su madre.

Si os vendemos nuestra tierra, cuidadla como nosotros la hemos cuidado. Guardad en la memoria el recuerdo de la tierra tal como era cuando la recibisteis. Conservad la tierra, el aire y los ríos para los hijos de vuestros hijos, y amadla como nosotros la hemos amado…

El hombre que contaba historias

Había una vez un hombre muy querido en su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas abandonaba el lugar y, al volver por las noches, los trabajadores del pueblo se reunían a su alrededor y le decían:

-Vamos, cuenta, ¿qué has visto Hoy?

Él detallaba:

-He visto en el bosque un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.
-Sigue contando, ¿qué más has visto hoy? -decían los hombres.
-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

Los hombres lo querían porque él les contaba historias.

Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas… Pero al llegar a orillas del mar vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y luego, al llegar cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos… Aquella noche, cuando regresó a su pueblo, le preguntaron como todos los días:

-Vamos, cuéntanos, ¿qué has visto?

Él respondió:

-No he visto nada.

[Oscar Wilde]


El hombre que contaba historias

Había una vez un hombre muy querido en su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas abandonaba el lugar y, al volver por las noches, los trabajadores del pueblo se reunían a su alrededor y le decían:

-Vamos, cuenta, ¿qué has visto Hoy?

Él detallaba:

-He visto en el bosque un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.
-Sigue contando, ¿qué más has visto hoy? -decían los hombres.
-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

Los hombres lo querían porque él les contaba historias.

Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas… Pero al llegar a orillas del mar vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y luego, al llegar cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos… Aquella noche, cuando regresó a su pueblo, le preguntaron como todos los días:

-Vamos, cuéntanos, ¿qué has visto?

Él respondió:

-No he visto nada.

[Oscar Wilde]